OBRA DIARIA #051 // 19.04.2019 //

 

(Sale el niño, Teo, de año y medio. Lleva una trompeta.)

 

Me llamo Teo.

Me llamo Teo pero no soy el Teo de los cuentos.

Soy otro Teo. Soy un niño de año y medio.

Esto al principio me causaba mucha confusión.

Ya no. He aprendido a distinguir la ficción de la realidad.

¿Cómo? Muy fácil. Aprendiendo los nombres de las cosas.

 

Este, por supuesto, no es mi lenguaje. Yo no hablo así.

¿Cómo voy a hablar así si tengo año y medio? Sería de locos.

 

Mi lenguaje no es este. Mi lenguaje es más sencillo.

Consiste en palabras sueltas. Por ejemplo: bibe, mamá, papá, teté, jabu, gato, elefante (que digo papante), guaguau, pato, moto, casco, agua, paloma (que digo palala), Chaplin (que digo Patin), tren, parque, nena, oh oh, zapato (que digo papato), trompeta.

Seguro que alguna se me olvida, pero por ahí va.

Igual unas… ¿cincuenta palabras?

A cien no llego. Ya digo que no tengo ni dos años.

Estoy en mi curva de aprendizaje, no os penséis.

Percentil cincuenta o sesenta, debo de ser.

Hay muchas palabras que aún no sé, claro. Palabras como “traslado”. Palabras como “obstáculo”.

Palabras como “peripecia”.

Intento no agobiarme, pero la verdad, la cantidad de palabras que no sé es abrumadora.

Si pienso en ellas, me entran sudores y tengo que tocar la trompeta para liberar el estrés.

Así.

 

(Toca la trompeta con furia.)

 

¿Vosotros sabéis lo que es buscar una palabra y no encontrarla?

Hostia puta. Se pasa mal.

¿Os podéis imaginar lo que es ver algo que tiene una forma y un contorno, una cosa que puedo llevarme a la boca y morder, y que huele, y que seguro que tiene un nombre, y no saber cuál es?

Perdón, sí. Se ve que sí lo sabéis. Se ve en vuestras caras.

Perdón.

 

A veces uno piensa que está solo en este mundo de cosas innombradas, en este mundo de cosas informes, no separadas, en esta lava de objetos y sensaciones y miedos y placeres que no identifico porque no sé sus nombres.

A veces uno piensa que está solo. Qué presunción.

 

Por donde estoy pasando yo, habéis pasado todos. Se ve en vuestras caras.

Cuando crezca, aprenderé a nombraros a todos.

A ti. A ti. Y a ti.

Oh, qué gozo que cada uno tengáis un nombre.

Quiero aprenderlos todos. No da tiempo. Ya voy tarde.

Por la noche, cuando esté en mi cuna con los ojos abiertos, mirando las estrellas que mis padres han pegado en el techo para mí, diré vuestros nombres y me reiré solo.