OBRA DIARIA #054 // 21.05.2020 //

 

 

Vagón de metro. Las puertas se abren y entra una mujer mayor, SAGRARIO. Empuja una cesta de ir a la compra con restos de basura, comida, cartones, mantas. Huele mal, va descalza, tiene los pies y las uñas negras, el pelo apelmazado. Fuma una colilla que ha cogido del suelo, tose, escupe. Se tambalea por el movimiento, o por el alcohol, o por las dos cosas. Habla a los pasajeros, con una letanía que se entiende solo en ocasiones.

 

SAGRARIO.– Muy buenos días. Buenos días. Buenas tardes. Buenas noches. Les pido por favor su atención unos instantes. Lejos de mi intención molestar a nadie. Ustedes ya han vivido esto. Lamentablemente forma parte de su día a día, porque lamentablemente cada vez somos más compañeros los que estamos atravesando esta situación de mendicidad. Créanme, señora, señores, que yo soy la primera que preferiría estar en otro sitio. Estar, por ejemplo, en islas Mauricio comiendo langosta, percebe, como hacen deportistas, políticos y terroristas moros con nuestro dinero. Pero no. Estoy aquí. Ustedes también están aquí, en este vagón de metro. Y eso es una verdad, y vamos a aferrarnos a ella.

 

Ahora que ya nos hemos aferrado a algo, lo que tanta falta hace en estos tiempos convulsos, ¿verdad?, yo me veo en la tesitura, creánme que nada agradable, de contar algo a ustedes, algún tipo de historia o fábula, cuyo propósito último, como bien saben ustedes y yo, no nos engañemos, será el de pedir a ustedes, a cambio de dicha fábula, una remuneración preferentemente económica, en forma de dinero efectivo, lo que viene siendo una limosna, limosna que servidora de ustedes pretende intercambiar por bienes y servicios indispensables, indispensables, como una cama en el albergue La esperanza o un bocadillo de queso o, quizá, ¿por qué no?, un cartón de vino que haga más llevadera, primero, la noche, después, la totalidad de la existencia. Pero nunca, repito, nunca, se intercambiará el susodicho dinero o limosna por droga, lo que hago explícito aquí, al principio de esta alocución mía, para los que andan diciendo que si la Sagrario se droga que si la Sagrario anda por los polígonos. No es cierto. Esa vida quedó atrás, y lo que queda ahora es lo que ven ustedes: la pura existencia resplandeciente, la piscina infinita del presente, en esa piscina nado, esa es ahora mi droga, señores.

 

En aquel tiempo, comienza la fábula, malvivía yo con un noviete búlgaro que tenía y que me trataba muy mal y que me pegaba un día sí y otro también, los días eran largos y no se veía un futuro manifiesto, cuando un día entré, quién sabe si por casualidad o si movida por ese calor interior que se ha venido en llamar inspiración, en la estación de Mediodía, llamada a posteriori de Atocha. Iba yo con la intención de pedir, que no de robar, porque robar no he robado nunca, y no se me dio mal la mañana porque saqué, recuerdo, alguna moneda, pesetas mayormente en aquel tiempo. Dicha estación acababa de ser reformada por un buen amigo mío, Rafael Moneo, que después dejó de hablarme a resultas de expresar yo un juicio negativo sobre su trabajo. Así de frágil es el ego de los arquitectos de fama y fortuna, señores. La reforma incluía, como conocerán ustedes porque habrán pasado por allí en sus quehaceres diarios, un inmenso jardín tropical, con palmeras cubanas y palmeras washingtonianas y heloconias y aves del paraíso. Me encontraba yo sentada en dicho jardín contando mis monedas cuando me di cuenta de que algo se movía a mi lado: era una tortuga. Había trepado hasta donde yo me encontraba y me miraba con ojos enfermos, estirando su cuello y pidiendo comida. Su situación se me antojó no muy diferente de la mía, y enseguida le cogí cariño a ese anfibio tristón y de caparazón blando, de nombre latino apalone spinifera.

 

He de decir ahora, en aras de la correcta progresión del relato y por tanto, de su hipotético valor pecunario, que aunque ustedes me ven así ahora, arrastrando este cuerpo maltrecho de vagón en vagón del Metro, en una existencia anterior yo fui un importante biólogo británico del siglo XIX, de nombre Alfred Russel Wallace. Digo esto por dos motivos: 1) porque es verdad, y b) para llamar la atención de ustedes. Yo fui en otra vida naturalista, explorador, geógrafo, antropólogo y biólogo, y formulé la teoría de la evolución a través de la selección natural de manera independiente a la de mi rival, ese que acaparó laureles, el que me robó vilmente mi trabajo, Charles Darwin, mi némesis. A consecuencias de ese robo mis sucesivas reencarnaciones fueron descendiendo en la escala social hasta llegar a la posición en la que me encuentro ahora, la última o si acaso penúltima. Pero me queda en mi interior un remanente de amor a los animales en general y a las tortugas en particular. Fue probablemente por eso que le cogí cariño a este animal, y que percibí en un momento, como solo se perciben las cosas en los sueños, que allí en el estanque de Atocha había tortugas de Florida, plecostomus, peces de colores y especies invasoras como galápagos americanos, trachemys scripta, me di cuenta también de que allí había un problema incipiente de canibalismo entre las tortugas, que vivían hacinadas, sin futuro, vi, en definitiva, a través de mi cuerpo pero con el entendimiento de mi reencarnación anterior, que aquello era un holocausto tortuguil. Decidí hacer algo.

 

Con cuidado de que no me vieran los vigilantes de seguridad, cogí a esta tortuga que se me había acercado. Era pequeña, del tamaño de un donut, de color marrón, verde y amarillo. Se veía que, como yo, había sufrido y que era, como yo, descendiente de reyes. Al momento sentí empatía por la criatura, la llamé Lourditas como mi difunta hermana, y decidí salvarla. La metí en una bolsa de plástico del Eroski y le di unos Cheetos naranjas y fosforitos que habían sido la parte más sustanciosa de mi almuerzo. Se los comió muy ufana. Salimos de allí y vivimos unos meses de romance, Lourditas y yo. Quiero decir que fuimos lo que se dice felices. Yo le contaba cosas y al tiempo ella empezó a contarme también sus cosas. Venía de las islas Galapagos, donde tenía primos y familia. Como yo, había sufrido la incomprensión de sus semejantes, fuera por envidias o por otros inescrutables motivos. Teníamos mucho en común y encontré en ella una compañera como nunca había tenido. Ella me ayudó mucho cuando conseguí librarme del búlgaro. Nos hicimos un pequeño hogar debajo del viaducto de la calle Segovia. Pero al cabo de un tiempo yo la notaba nostálgica y me comunicó que echaba de menos vivir en un ambiente más propio a su condición de anfibio, principalmente echaba de menos el elemento agua. Con gran pesar la llevé al estanque del Retiro y allí la dejé. Fue una despedida emotiva. Hubo lágrimas, no me avergüenza decirlo. Después yo la echaba mucho de menos, y me dio por pensar que estaría muy sola allí en el estanque, así que me dio la idea de volver a Atocha a buscarle una compañera, porque la soledad es lo peor que hay y yo a esa vieja bruja la conozco muy bien y no quería que Lourditas pasara por lo mismo. Pero cuando llegué a Atocha los de Seguridad ya me habían cogido la matrícula y querían llamar al Samur Social y yo les decía que con el Samur Social nanai porque me llevan siempre al Centro de Acogida y yo al Centro de Acogida no quiero ir por mis razones que me las guardo para mí y por mantener lo que me queda de mi libertad humana, hominis libertas. Así que me escapé, pero ya no volví más a Atocha y no le pude encontrar a Lourditas una compañera. Esto me atormenta.

 

Tiempo después, oí que se habían llevado a todas las tortugas de Atocha y que estaban en el Centro de Fauna José Peña de Navas del Rey. Bueno. Eso no se lo cree nadie. No creo que exista el susodicho centro ni probablemente ese caballero José Peña al que no tengo el placer de conocer, ni tampoco la propia localidad de Navas del Rey. Yo os digo lo que pasó: cogieron a las tortugas y las envenenaron con aguarrás que yo lo vi o me lo contaron y les sacaron la carne y con ella hicieron los sucedáneos de pollo de nombre McNuggets de McDonalds, que hay un negocio inabarcable con eso y justo justo empezaron a comercializarse en aquellos días de la desaparición de las tortugas, mira tú qué casualidad.

 

Pero a mí me gusta pensar que a todas todas las tortugas no las mataron porque yo salvé a una, yo salvé a Lourditas que estará sola y triste y desamparada, como estoy yo, pero viva, como estoy yo, y este pensamiento me consuela y me acuna por las noches, si acaso me han cerrado el albergue La esperanza o si acaso los rumanos me han quitado el sitio en el cajero Bankinter de la calle Preciados, que es, de los que yo conozco, el más amplio y resguardado, y me toca quedarme en la calle, en tales situaciones pienso en Lourditas y me digo: “Estás sola, Lourditas, pero tienes todo el estanque para ti, míralo así, qué amplitud, que infinitud a tus miopes ojos anfibios”, y pienso en los niños que le tirarán Cheetos y mierdas que sé que a ella le gustan, y con ese pensamiento, y solo con ese, consigo conciliar el sueño y eso es lo que quería contarles y fin y Santas Pascuas.

 

                  Un silencio largo. Largo. Más largo.

 

Ahora yo tengo por costumbre pasar esta bolsa y pedir dinero pero esta vez no lo voy a hacer. No, porque veo que no les ha gustado la historia y veo que tienen otras cosas en las que pensar, como en sus plazos de la hipoteca y en sus dolores de vientre y en sus amores no correspondidos. Bien. Piensen en ellos, piensen en todo ello. Yo pensaré en mi existencia anterior como brillante naturalista, y pensaré en mi existencia futura, que podría perfectamente ser en forma de tortuga. También la de ustedes. La existencia futura de ustedes, digo, podría perfectamente ser en forma de tortuga. Así lo espero y brindo por ello.

 

                 Le pega un mordisco a un cartón de vino. Bebe. El líquido le cae por la comisura de los labios.

 

Ahora voy a quedarme aquí, quieta, esperando, y el que quiera darme algo, que se levante y me lo dé. Pero yo no voy a pedir nada. Bastante he pedido ya. Bastante se me ha dado.

 

                Se sienta a esperar con su cartón de vino.

               Estalla una música sublime, como por ejemplo el Concierto para violin en la menor de Johann Sebastian Bach, BWV 1041, en su primer movimiento (Allegro), mientras las luces se apagan lentamente.