L’escriptora Cristina Morales s’aproxima a l’obra La nit (2006) de Lluïsa Cunillé. En una època en què el treball es filtra fins als espais més íntims, Morales evidencia la crítica irònica implícita en uns personatges que viuen asfixiats per un món laboral precari que ni és vida ni els permet ser lliures.

 

Salí en pijama y pantuflas al locutorio para imprimir La noche (original en catalán La nit) de Lluïsa Cunillé. Me cae bien mi vecino el del locutorio porque no lleva la mascarilla de los cojones pero sí las vende por 50 céntimos, y yo siempre le compro una porque aunque no me guste la tengo que llevar para ir a comprar vino al supermercado. Así llegó por primera vez a mis manos la obra de la dramaturga badalonesa.

Me da buen rollo lo sencillo y, a la vez, desafiante del título para una obra tan breve (dos euros con veinte pagué, o sea, veintidós páginas de Word a letra hermosa). Como el verso de Pepe Sales de Visquin les nits, morin els dies que integra el poema Lefa’m [2019 (1984), La Breu Edicions, Barcelona], que nos suena a las complejizadoras lectoras que somos un verso fácil, infantil, escaso (somos muy tontas y muy poco refinadas las lectoras complejizadoras). Pero si ampliamos el foco vemos la mala leche, y nunca mejor dicho:

 

Lefa’m

Lefa’m blau

àngel de nit

que passes de mi.

 

Jo de l’amor no sé què dir

En realitat era el coixí

L’àngel no hi és al dematí

i tan sols hi ha lefa en el llit

Visquin les nits, morin els dies[1]

 

El gusto refinado que requiere, para su degustación, el punk, es el que pide de nosotras ese poema de Sales y esta [N]oche de Cunillé. Vamos a entrar en una obra que se ocupa de recolectar vacío. O a la inversa: vamos a enfrentarnos a una obra que succiona el aire respirable de la sala, como esos simuladores de la NASA para entrenar a los astronautas; nos pega una patada en el culo para que entremos y cierra tras nosotras la hermética compuerta, y búscate la vida o asfíxiate al minuto.

“El trabajo os hará libres”. Eso es lo que había escrito en la puerta de entrada de Auschwitz. Desde entonces nadie, ni el más optimista de los hombres, podrá creer jamás que el trabajo libera ni hace feliz a alguien.

Esta frase la pronuncia la MUJER, el primero de los cuatro personajes de la pieza en darnos la bienvenida al depósito de coches siniestrados donde la acción se desarrolla. Nos hace pensar, además de en el tremendo esteta que ha sido Hitler (hace más de setenta años de su suicidio y aún sale cada dos por tres en citas de libros, documentales o vídeos musicales), en que Cunillé no tiene interés en descubrirnos a las tontas lectoras complejizadoras que ya venimos bien politizaditas en los males laborales, nada nuevo.

Mi acupuntor dice que según la tradición del Ying y el Yang la alternancia entre día (Yang) y noche (Ying) es necesaria. No puede haber luz sin oscuridad, movimiento sin quietud, calor sin frío. Ese equilibrio y esa alternancia son inevitables, y cualquier alteración de los mismos lleva a consecuencias nefastas. Tal vez, si aprendiéramos a leer los signos que preceden a las mutaciones, las noches no nos pillarían en bragas. Mi acupuntor también me dice que necesito más calma y me pincha puntos tranquilizantes del meridiano del corazón, del pericardio, o me pone una aguja-antenita en el medio de la cabeza. Yo le espeto una frase de otra dramaturga catalana, Angélica Liddell, que en ¿Qué haré yo con esta espada? (La uña rota, Segovia, 2016, estrenada en el Festival de Aviñón el mismo año) exclama: ¿¡Para qué quiero la calmaaaa!?

La noche es una obra de calma exasperante: no busca que nos sublevemos desde el patio de butacas ni desde el sofá en que estamos leyendo. Los personajes son ásperos y resignados, el tono es purulento como el capitalismo y la alienación que denuncia.

La protagonista es ELLA, el personaje que, como la Eloísa de debajo del almendro de Jardiel Poncela (1940) o el Mario de las cinco horas de Delibes (1966), está ausente (nuestra ELLA no está ausente pero sí sistemáticamente callada, lo que la dota de mayor dramatismo) y su ausencia es la excusa de expresión de los demás. Avasallada por los tres largos monólogos de los otros personajes que la visitan en su lugar de trabajo, ELLA trabaja de noche y, dado que Cunillé deliberadamente no nos da ningún indicio de lo que hace durante del día, asumimos que sus horas de sol no revisten novedad alguna con respecto a las nocturnas horas laborales. Nadie, cuando llega a su casa, deja el trabajo en la puerta, dice la MUJER, y avisa: parar es morir. Porque la MUJER es un producto de la precariedad disfrazada de dinamismo, de una sociedad frenética que no nos deja parar ni estando de vacaciones. La MUJER se autodefine como un cataclismo (Yang) que ha venido a desafiar el estancamiento (Ying) de la vida de ELLA. Pero el desafío (la amenaza de que es su sustituta en el puesto de trabajo que ELLA desempeña en el depósito) no se resuelve, y la MUJER tiene que hacerse a un lado para ceder el paso al siguiente personaje.

EL HIJO dice haber sobrevivido a una guerra y otra vez se presenta el conflicto como resolución del apalanque nocturno, otra vez esa dicotomía (todo lo que nos es vida es muerte, madre). Su intervención nos hace pensar: ¿a qué le tememos más? ¿Al nuevo día que vendrá tras esta noche o a que la noche nunca acabe? La vida laboral del siglo XXI consiste en atrincherarse detrás de un mostrador o de la pantalla de un ordenador, resguardándonos del enemigo (o sea, de cualquier atisbo de vida merecedora de ser vivida: la vida es el enemigo). ¿Es lo que te está pasando a ti, ELLA, noche tras noche en el despacho de un almacén de coches accidentados, rodeada por máquinas muertas, por los fantasmas de quienes perdieron sus vidas en accidentes de tráfico? No hay tanta diferencia entre la guerra y uno de esos empleos, solo que aquí dejan que te desangres más despacio, le dirá el HIJO hablando el filósofo ácrata Agustín García Calvo por su boca, o cantando el vocalista de At-Asko por su boca: Demasiados años de rutina letal, / el agujero negro de la enfermedad mental. / Ese documento parece un obituario / pero es un informe de vida laboral.[2]

La sospecha de que toda La noche no sea más que un dialogo entre fantasmas nos acompaña desde el principio del texto y se hace más fuerte a partir de la intervención del HIJO. El peligro no consiste en lo que nos pueda pasar durante la noche sino en lo que nos perdemos si no salimos de ella, siendo una clara metáfora del trabajado alienante y siendo La noche un thriller laboral.

La intervención del HOMBRE, el último personaje que sale de esa noche más oscura de lo habitual por el apagón que ha dejado la ciudad sin luz, refuerza la sensación de pérdida y apuntala el vacío como la propuesta literaria de Cunillé en esta pieza: no hay más contenido que una formalidad desamparada recorriendo el texto. El HOMBRE encarna otro tipo de afectividad, potencialmente más carnal, pero que tampoco llega a concretarse.

Un despido, el retorno de un hijo de la guerra, una declaración de amor: son retórica. La oficina de ELLA es la fortaleza de El Desierto de los Tártaros de Dino Buzzati (1940), ubicada al límite de un desierto donde nunca pasa nada. ELLA nos recuerda al cumplido soldado ―Drogo― que vive a la espera de que algún día llegue el enemigo (los tártaros). Pero el enemigo nunca llega, los años pasan y acaba por darse cuenta de que se le ha ido la vida obedeciendo una orden absurda. La entelequia del enemigo y la fantasía de su venida traería, perversa y paradójicamente, la paz a Drogo. El ensoñado enemigo que le traería la paz a ELLA sería el futuro mejor que, por supuesto, nunca llega, porque garciacalvianamente hablando, el futuro es un vacío… que no nos deja vivir, cambiándonos la vida por un futuro[3].

 

 

[1]Léfame / Léfame azul /ángel de noche / que pasas de mí. / Yo del amor no sé qué decir / En realidad era el cojín / El ángel no está por la mañana / y solamente hay lefa en la cama / Vivan las noches, mueran los días (Traducción propia).

[2] At-Asko (2020): «Lorazepam». En La resaca de los muertos [LP], Barcelona, Nuoro, Tortollí y Cagliari: Sa Manta Records, Fast ‘n’ loud Records, Tifiamo Rivolta Co-produzioni.

[3]García Calvo, Agustín (2011): “El futuro es un vacío que no nos deja vivir / Entrevistado por Javier Bassas Vila y Felip Martí Jufresa”, Barcelona Metrópolis, n.º84, otoño (octubre-diciembre), pp. 18-25