L’assagista Víctor Lenore, a partir de la lectura d’algunes de les obres més representatives del teatre explícitament sociopolític escrit per Lluïsa Cunillé al llarg dels darrers dotze anys, posa en valor el discurs crític amb què Cunillé retrata una realitat política endèmicament corrupta marcada per unes dinàmiques sentimentals que contribueixen a silenciar l’augment de desigualtat i misèria.

La experiencia de exponerse al teatro de Lluïsa Cunillé rescató dos frases del fondo de mi cabeza. La primera es de Robert Louis Stevenson, que solía decir que «todo el mundo, en un momento dado, se sienta en el banquete de las consecuencias». Este pensamiento podría aplicarse a casi cada uno de sus personajes, aunque muchos de ellos no hayan tenido ninguna capacidad de decisión en la factura que están pagando. Casi siempre son peones arrollados por el tifón del poder, el dinero y la historia (válganos la redundancia).

La otra frase, usada con frecuencia por el crítico literario Ignacio Echevarría, tiene que ver con el sentido de su oficio. En varios de sus artículos recuerda que el novelista Robert Musil defendía que el principal talento de un crítico residía en «¡La capacidad de tener razón!» Y es que, no nos engañemos, Cunillé es una artista, pero al mismo nivel es una potente voz crítica de la sociedad en que la mayoría malvivimos. Echevarría sitúa el valor de un crítico en «una mezcla variable de talentos, algunos innatos y otros adquiridos, entre los cuales cabe mencionar el buen gusto, la posesión de un criterio articulado, la confianza en ese criterio, la voluntad de compartirlo y la capacidad de persuasión». Todo esto puede definir a Cunillé mejor que los códigos clásicos del teatro comprometido de los siglos XIX y XX.

Creo que ha pasado suficiente tiempo como para que la mayoría convengamos que la autora convence por la capacidad de tener razón en casi todo: sobre la podredumbre de la reciente monarquía borbónica, sobre el esperpento del nacionalismo catalán, sobre la deprimente fragilidad de nuestro tejido cultural, sobre las miserias cotidianas en nuestro país y sobre diversos delirios de la militancia antisistema. «Libertad, igualdad y homeopatía, estas son las auténticas esencias de la izquierda de hoy en día», resume un personaje de Assajant Pitarra. Todo sin perder nunca el humor más crudo: «Pero, ¿todavía quedan obreros en Barcelona?», añade otra.

Vivimos una situación política extrema, hasta el punto de que suena perfectamente natural que se apueste por usar un burdel como metáfora del sistema. Los prostíbulos, como es sabido, también se conocen como «casas de tolerancia», un concepto este último muy querido por el neoliberalismo porque los tolerantes nunca interfieren en su implacable avance. En Dictadura, el estudiante exclama una cita ambigua que aun así podría servirnos de advertencia: «La tolerancia es la celestina del Anticristo». Es algo que podemos comprobar cada vez que abrimos un periódico, una revista del corazón o nos damos un paseo por Instagram. El sistema de dominación actual hace tiempo que no es intolerante, pero eso no significa que se haya vuelto más tolerable. Es el mismo autoritarismo de siempre, pero con sonrisas y colorines. Así lo resume un personaje de El bordell: «La vieja rata de la banca prefiere el hábito de su gremio de la puñalada en la espalda acompañada de una palabra amable en los labios».

Sumergirse en las conversaciones de los personajes de Cunillé empapa al lector en una sensación de desamparo, de vulnerabilidad frente al triunfo de los que mandan. Se trata de la gota malaya que fue destruyendo la clase media y también las posibilidades de ser clase media, incluso en muchos casos las de una vida digna y estable. Pero también desamparo ante el derrumbe de la izquierda, que podemos ver muy claro en la delirante activista de El carrer Franklin (2014), todavía balbuceante ante su padre, siempre con prisa por el próximo desahucio e incapaz de articular su discurso de una manera digna. Esta obra cómica y sombría muestra como muchos viven (vivimos) con la esperanza de ganar un sorteo de la lotería o de que llegue la próxima revolución, sin asimilar del todo que es más probable lo primero que lo segundo. Habitamos un desierto social con decoración chic sobre el que planea el espectro de Santa Margaret Thatcher de los Mercados, cuyo prestigio sigue intacto en nuestros días.

En Saturnal, una obra apocalíptica con protagonismo de la cultura, late la amenaza de fin de los tiempos, algo que ahora empezamos a imaginar con cierto realismo. El título se inspira en la añoranza de la época del dios Saturno, que «coincidió con la edad de oro del ser humano, la auténtica, cuando los hombres y las mujeres eran iguales a los dioses y vivían libres de pensar, trabajos y miserias». Da igual que este sea un tiempo mitológico, ya que sirve para hacer contraste con un presente donde la ansiedad, los recortes sociales y la catástrofe ecológica dinamitan gran parte de la potencial belleza de nuestras vidas. Un fragmento: «Finalmente no he podido hacer frente a la vieja costumbre nacional de ignorar los libros ni acomodarme a la celeridad de estos tiempos, y cerraré mi librería definitivamente», explica la protagonista. «Sí, te comprendo muy bien. Lo mismo ocurre con la música. Hasta los adagios se tocan ahora en prestissimo volando…», le completan. La única dignidad posible parece ser la de «los modestos músicos de la orquesta del Titanic», que siguen haciendo su trabajo y ofreciendo algo de belleza ante el desastre. Siempre quedan personas íntegras con las que, de vez en cuando, nos cruzamos (y que nos recuerdan lo que está en juego en este campo de batalla).

Las instituciones apenas sirven ya de protección, desde la monarquía corrupta hasta los alcaldes de pueblo. A estas alturas, algunos incluso descartan la cultura como mecanismo de propaganda, optando por abandonarla en mitad del temporal. En la tensa trama de Al contrari! queda claro este conflicto, con la pregunta de si es mejor quemar un teatro en ruinas o mantenerlo. Por encima de estas consideraciones, la obra contiene pasajes desarmantes sobre lo complicado que resulta alcanzar la autonomía en un mundo tan sombrío: «Mi hermana y yo no éramos especialmente listas, ni simpáticas, ni guapas, ni destacábamos en la escuela ni en ninguna otra cosa. Pero éramos las chicas más independientes del mundo, hacíamos lo que queríamos sin escuchar nunca a nadie. Y míranos ahora: ella (alcaldesa) depende completamente de un partido corrupto y de un electorado que la menosprecia, mientras que yo (directora teatral) dependo de un público cada vez más esquivo y desconfiado, que ya no sé lo que quiere».

Una consideración menor: durante tres décadas me he dedicado a escribir sobre música popular. La principal lección de este tiempo ha sido que las canciones reflejan siempre los conflictos de su época, por mucho que hagan esfuerzos por ignorarla, despreciarla o elevarse por encima de ella. ¿Qué es lo esencial de este medio siglo largo donde España ha pasado de los coros y danzas de Falange al trap cañí de Rosalía? Diría que el proceso importante son las mutaciones de un neoliberalismo español, que pasó de desarrollista y gremial con la dictadura hasta la ley de la jungla que impera en nuestros días. El punto de inflexión, seguramente, fue el rodillo de los años ochenta, con el socialismo de Felipe González licuando todas las certezas del franquismo (casa, trabajo, religión, familia…) en favor de los ídolos de plástico y la efervescencia del mercado libre. Pasamos de la intensidad emocional de la copla al desvarío narcisista del pop movidero, con sus himnos muchas veces indistinguibles de las campañas publicitarias. En un momento dado, muchos quisieron ser un bote de Colón y salir anunciados por la televisión, mientras la izquierda de barrio perdía pie, atrapada entre la necesidad de supervivencia y la inoperancia de los viejos códigos. De manera sutil pero contundente, esa transformación queda recogida en muchos diálogos de Cunillé.

Algunas de las características que destaco pueden verse en la recopilación de piezas de entre los años 2007 y 2017, publicadas por Arola Editors y el Teatre Nacional de Catalunya. Hablamos de una década marcada por el desastre financiero originado por las hipotecas subprime y por el paso de las certezas sociales a la total incertidumbre (algo visible en Islàndia, pero también en otras obras). El profesor Laurent Gallardo comparó los personajes de la autora con «las pandas de fracasados» que pueblan el clásico Manhattan Transfer de John Dos Passos, un paralelismo que funciona, aunque creo que ganaría complementándolo con una referencia a esos diálogos de La escopeta nacional, aparentemente triviales pero tremendamente reveladores, donde se mezclan los anuncios racistas de ColaCao, la criada gallega de las películas de Marisol, los lemas anarquistas, la devoción al Barça, los autógrafos de Lola Flores y el contubernio de Múnich. O en la jota transgénica chino-aragonesa de Salón Primavera. Por increíble que parezca, en ese magma seguimos.

La música está siempre cerca: la propia Saturnal presenta como antihéroes al hilo musical y las composiciones ambientales, responsables hace tiempo de matar «a la verdadera música». Pero, sobre todo, se critica «la falta de silencio» de nuestras sociedades, como destaca un personaje de manera explícita. Tampoco se renuncia a contrapuntos interesantes: en El bordell, un travesti decadente silba La internacional frente al espejo del lavabo. «Ah, viejos fantasmas se escurren bajo las puertas cuando estoy solo», celebra. La obra Dictadura se centra en los personajes que pagan a la dueña de una pensión para poder ver el festival de la canción de Benidorm de 1967 en el que va a hacer su primera aparición triunfal Raphael, figura clave del franquismo pop. En esta pieza despliega la cualidad ambivalente de la música popular, muchas veces alienante y al mismo tiempo capaz de inyectar un rayo de imprescindible alegría en las situaciones más sórdidas.

Releer en 2021 los textos de esta autora subraya la sensación de estar ante la radiografía de un enorme y veloz cambio social, el que abarca desde el nacionalcatolicismo al neoliberalismo posazanarista que ha permeado por completo nuestra izquierda (incluso se puede argumentar que el activismo del 15-M es solo una añoranza de la situación económica de la clase media en los años ochenta). En este último medio siglo, la inmensa mayoría de vínculos sociales se fueron centrifugando como detergente en la lavadora. Cunillé no hace una radiografía cualquiera, sino una tomada desde abajo, espiando los tiempos muertos de los perdedores, que no tienen más remedio que venderse, traicionarse o autoengañarse.

Cuando los sociólogos del futuro quieran informarse sobre cómo era la vida cotidiana en nuestra historia reciente, se darán cuenta enseguida de que series tipo Cuéntame no son de mucha utilidad, sino que es mejor acudir a materiales más ásperos, heterodoxos y desatendidos, por ejemplo las canciones hip-hop, los ensayos sobre cultura cotidiana de Manuel Vázquez Montalbán o el teatro de autores como Lluïsa Cunillé (o de su colaborador Paco Zarzoso). Sus obras reflejan los conflictos de los peatones de la historia, esos millones de personas que transitan por aceras, callejones y arcenes. «En las paredes te diría que no colgases carteles, ni pinturas, ni cuadros famosos o conocidos, sino gente de la calle, anónimos, y también cosas que te inspiren, pero sin llegar a condicionarte», aconseja una mujer a la directora de un teatro. En las obras de Cunillé no palpita ninguna ideología precongelada, sino que chocan personajes en conflicto que lidian con la ambigüedad y con los estragos del tiempo.