A raíz de la diáspora producida por la Guerra Civil, una parte de mi familia fue a parar a Bolivia. Cuenta la mitología familiar que mi tío abuelo, de la rama Cerdá, de San Andrés, nieto de campesinos de Lérida, hijo de mozo de maquinista ascendido con el tiempo a maquinista de primera que condujo con su tren a Alfonso XIII poco antes de su abdicación y él mismo ingeniero de ferrocarriles por la Universidad de Barcelona -hasta la cual se desplazaba a pie desde San Andrés para ahorrar el dinero necesario para una entrada de gallinero del Liceo-… decía que mi tío abuelo, exiliado en México DF, extendió un día el plano de América Latina y, al descubrir una ciudad llamada La Paz, exclamó: “Aquí es donde yo quiero vivir” y para allá se fue con dos de sus tres hijos (el resto de la familia quedó retenido en España y nunca volvieron a encontrarse).

A mediados de los sesenta, en 1964 para ser exactos, una de sus nietas, Carmencita, mestiza, bisnieta de obispo (que fue ordenado después de viudo), nacida en el seno de una de las familias terratenientes más poderosas de Bolivia (arruinada cuando la reforma agraria), una preciosa muchacha de 18 años llegó a Barcelona para unas largas vacaciones de seis meses y se instaló en casa. Probablemente no venga a cuento decir que me enamoré con vehemencia de ella (pese a mis tres años recién cumplidos) y que la presentaba en todas partes como “mi novia” a lo que ella respondía riendo con una risa alegre y cristalina, la misma risa con que nos enseñó a los tres hermanos una canción que sí viene a cuento recordar aquí y que dice así:

Ferrocarril-carril-carril
Arica-La Paz, La Paz, La Paz
Un paso p’atrás, p’atrás, p’atrás.

Al ritmo de los primeros versos se avanzaba a grandes zancadas, con el último verso se retrocedía. Yendo de esta manera recuerdo, de pequeños, haber recorrido grandes trechos de bracete con mis hermanas a través del Paseo de Gracia, el Paseo de San Juan, las calles del Ensanche que conducían desde nuestra casa hasta la de mis tíos, o la de mis abuelos, etcétera.

Y pese a todo, pese a los muchos pasos “p’atrás”, siempre acabábamos llegando.

 

***

 

Muy bien, estamos en crisis. Y quizá sí sea necesario ese paso “p’atrás”. hay que reorganizar las filas y, para hacerlo, es bueno replegarse estratégicamente, mientras el repliegue no se convierta en una retirada en desbandada a sálvese quien pueda y con todos los diablos mordiéndonos el culo.

Muy bien, hablemos de la crisis, pero no todavía de la actual, hablemos antes de otra que fue causa de tragedias mayores y que acabó desembocando en una guerra mundial. Y hablemos no de la crisis, sino de dos vías -muy parecidas y, sin embargo, perversamente opuestas- que llevaron hasta las puertas de lo que pudo haber sido una solución, hasta que una de las dos vías colapsó entre el dolor de 50 millones de muertos.

1929, Wall Street, en poco tiempo una oleada de quiebras siembra la confusión y el pánico en todo el mundo. El índice de paro aumenta hasta cotas insostenibles. Y, sin embargo, hay dos países -Estados Unidos y Alemania- que logran superarla con métodos en el fondo hasta semejantes, un intervencionismo estatal que invierte fabulosas cantidades de dinero público para lograr la revitalización de la empresa privada. Son, en el fondo, dos modos diversos del estado de excepción del capitalismo moderno (la empresa de mil cabezas capaz de soportar el golpe de las crisis sectoriales aún se encuentra en fase de desarrollo y se impondrá en su forma multinacional sólo después de la Segunda Guerra Mundial.

La vía americana, el New Deal del presidente Roosevelt, fue tildada en su época y desde algunos sectores de comunista, tanto por sus mejoras en la legislación social como por el intervencionismo estatal en la reorientación del libre mercado. El New Deal ponía en práctica, directa o indirectamente, una teoría económica revolucionaria surgida de una relectura brillante de la teoría económica marxista desde las filas de la burguesía progresista -el Círculo de Bloomsbury- elaborada por Keynes y que, resumiéndola de forma muy simple, venía a decir que: para que la economía de un país funcione deben funcionar simultáneamente todas las partes de su economía, es decir, un parado sin subsidio es, literalmente, un comprador menos, lo que repercute en los beneficios de las empresas de artículos de consumo y, como efecto encadenado, se traduce en una reducción de plantilla, por tanto, más parados, menos compradores, menos beneficio, etcétera, en una bola de nieve que crece hasta convertirse en un alud.

Las vías que permitieron plantear una solución fueron, pues, una legislación laboral y social que favorecía al trabajador-comprador, una reactivación de los encargos estatales en grandes obras pública (como carreteras, puentes, etc., con el doble objetivo de absorber parados y mejorar la intercomunicación y facilitar, por tanto, el tránsito económico) y, última -aunque relacionada con ambas-, la cultura, con el encargo, por ejemplo, de obras monumentales de arte para lugares públicos con especial atención a los jóvenes valores y la activación de grandes investigaciones en las universidades. La vía cultural abría, sin duda alguna, una vía de progreso y de innovación que llevaba al futuro.

 

***

 

La vía nazi surge de una perversa demagogia y de una alucinada voluntad revanchista (que alcanza su cumbre una década más tarde con un enemigo imaginario, un chivo expiatorio, encarnado en los judíos, que en su progresiva expropiación proporcionaron, de paso, pingües beneficios con contrapartidas mínimas) y, sin embargo, tiene paralelismos sorprendentes con la vía americana.

Cuando Hitler sube al poder, el índice de paro bordea los límites del colapso total; pocos años más tarde el índice de ocupación bordea el cien por cien y, aparentemente, la recuperación económica almena ha sido milagrosa. También Hitler ha reactivado la economía alemana mediante grandes inversiones en obras públicas, además de los encargos masivos a la industria (de guerra), y ha exigido a su clase trabajadora la renuncia a cualquier mejora sustancial a cambio de la seguridad de un trabajo –“Tú no eres nada, tu País lo es todo”- y también mediante determinadas investigaciones a las universidades. La diferencia evidente con los Estados Unidos es una diferencia en los objetivos últimos del intervencionismo estatal.

Para el nazismo, el objetivo prioritario era la revancha de la derrota en la Primera Guerra Mundial y de su humillación en el Tratado de Versalles que, entre otras cosas, les imponía una democracia ultramoderna que nada tenía que ver con el desarrollo histórico-político de Alemania y para la cual ni su clase política, ni su clase empresarial, ni, sobre todo, la cultura media de su población estaba preparada: la historia de las mentalidades (una de las escuelas más recientes de la historiografía que se ha centrado, por el momento, en el estudio de las épocas medieval y moderna, pero que aún no ha hincado sus dientes en la historia contemporánea) podrá explicar global y detalladamente este fenómeno cuando se lo proponga.

La cultura, la cultura que quizá debamos llamar del espíritu (no la científica, que conoció en aquella época un tirón sorprendente), sufrió en la Alemania nazi (como lo sufriría en la Unión Soviética bajo Stalin), un sometimiento a objetivos propagandísticos (la propaganda sistemática que hoy condiciona todos nuestros actos conoció allí su despegue y sigue hoy estudiándose en las universidades por su carácter modélico) ajenos a todo objetivo de verdadero desarrollo del espíritu.

 

***

 

Pero quizá haya llegado el momento de abordar el concepto de cultura, porque ¿qué es la cultura en su forma más positiva, más elevada, más abstracta, más alejada, si se quiere, de su base social? Yo diría que cabría definirla como la expresión del ansia de conocimiento, la objetivación históricamente contextuada de la necesidad de saber. ¿Y la necesidad de saber? Yo diría que es la necesidad de superar las contradicciones en las que el hombre, en su constante transformación social, ha ido cayendo.

Seamos sinceros, si el nazismo no hubiese caído en contradicciones más graves que las que pretendía superar, si hubiera podido demostrar su idoneidad, ahora conviviríamos sin el menor complejo con el genocidio, con la eliminación sistemática de las unidades defectuosas -aquellas que biológica o socialmente transgredieran la norma establecida-, con cualesquiera de las otras aberraciones con que se identifica el nazismo, y seguiríamos haciendo poesía y creyendo en Dios -el concepto-comodín más formidable que ha creado el hombre-.

Pero difícilmente podía el nazismo alcanzar la idoneidad si lo que primero eliminaba de raíz era la posibilidad de detectar las contradicciones y de superarlas al imponer barreras al pensamiento abstracto y al reducirlo a su dimensión menos creadora, de propaganda unívoca, maniqueísta, en la que el bien y el mal quedaban establecidos por decreto. Un Reich no puede durar mil años en estas condiciones.

 

***

 

Llegamos, de este modo, a la larga fase de la Guerra Fría en los países occidentales, donde confluyen ambas vías modificadas a través de la reciente experiencia -una guerra total- y sintetizadas en una vía única gracias a las circunstancias de la política internacional de la inmediata posguerra. Porque lo que sí hizo el nazismo fue demostrar la eficacia de la industria de guerra como primum mobile camuflado de una economía de libre mercado aparente (un mercado semi-libre), porque en el sector militar el intervencionismo estatal no sólo no es discutido, sino incluso alentado, frente a una vía americana cuyas grandes obras posibles amenazaban con agotarse o volverse faraónicas.

Que las partes debían funcionar era algo demostrado y al establecimiento de este esquema se aplicaron los países capitalistas (y los comunistas, aunque dentro de un sistema más rígido, mucho menos ágil, que los ha llevado a la quiebra). Que los Estados Unidos estaban dispuestos a avalar y fomentar ese concepto -justificándolo ante sus electores como la necesidad de democracias y aliados fuertes- resulta evidente a través del Plan Marshall. Pero que el sector militar se convierta en el sector de arrastre de las diferentes economías sólo se justifica a través del enfrentamiento (posible) de un enemigo poderoso y dispuesto a jugar al mismo juego. Las contradicciones insuperables entre el sistema capitalista y el comunista sirvieron ampliamente a este propósito.

 

***

 

Enlazado con todo este proceso, aparece en los países occidentales la necesidad de una investigación constante en todos los campos y, de esta necesidad, surge un valor supremo que es el de “lo nuevo”. Lo nuevo es el señuelo para el consumo masivo, promete mejoras en la calidad de vida. Lo nuevo es la esencia de la industria de electrodomésticos, de la moda, de la automoción, incluso de la alimentación.

Y la cultura queda, en occidente, marcada de una manera obsesiva por la necesidad de “novedad”, novedad constante, radical. Sin embargo, es evidente que la novedad, como imperativo del arte, desemboca lamentablemente en una obsesión formalista -porque innovar en contenidos es innovar en el concepto globalizador de la sociedad, y eso no resulta nada fácil-. La búsqueda de la “novedad” es, por otro lado, lo más parecido al desarrollo “científico” del arte, porque lo formalmente novedoso es susceptible de un análisis, una critica y un debates inmediatos -cuando lo conceptualmente novedoso requiere, para el mismo proceso, un tiempo largo-.

Objetivamente, el paroxismo experimental de los años 80 no es diferente en esencia a la obsesión de novedad, al experimentalismo de los 50, 0 y 70. Pero si, frente a las décadas anteriores, la de los 80 parece absurdamente formalista es porque esta última es la década de la gran transición, la década del fin de la Guerra Fría, la década en que la historia vuelve a ponerse en movimiento.

 

***

 

Por fin hemos llegado a nuestra crisis, la crisis estructural en la que nos encontramos inmersos. El mundo ha cambiado, lo sabemos todos. También sabemos que del pasado inmediato debe rescatarse dos líneas de actuación: Una, el keynesianismo reconvertido a través del prefijo “neo” y que opera con sus mismos conceptos pero cuya zona de operaciones ha dejado de ser el Estado Nacional para extenderse a todo el mundo, entendiendo que es conforma la totalidad superior de las partes; la segunda es, una vez superada la oposición capitalismo-comunismo, la búsqueda de un primum mobile capaz de sustituir el eficacísimo armamentismo.

Perpetuar el armamentismo como motor es querer mantener la situación de Guerra Fría aunque desplazando el enemigo hacia otros países: los candidatos más sólidos al honor de convertirse en nuestros enemigos son, sin duda, los países islámicos, hoy revueltos por el fundamentalismo (que de ningún modo puede ser entendido como sistema en contradicción con el occidental salvo en la tradicional oposición religiosa que en la Edad Media no impidió una muy frecuente convivencia pacífica mutuamente enriquecedora). Pero la búsqueda de un enemigo se opone al mundialismo neokeynesiano, de modo que habrá que buscar un primum mobile distinto al armamentismo. Se perfilan, en este sentido, por un lado, el ecologismo (convertir la conservación de la naturaleza insaciable en principal forma de redistribución de la riqueza) y, por el otro, la reciclada Guerra de las Galaxias (aunque esta vez hacia un enemigo meteórico cuya probabilidad estadística de colisión con nuestro planeta, como ya ocurrió hace 65 millones de años provocando la extinción de los dinosaurios, es cada vez más alta, pero que hoy puede ser interceptada con la moderna tecnología).

El verdadero reto del neokeynesianismo es, por un lado, la mundialización efectiva de la economía (la dificultad enorme de la cual consiste en lograr la coordinación de la globalidad de sus partes a través de la activa potenciación de las economías del tercer Mundo) y, por otro, la mundialización de la cultura (y aquí sí es relevante y preocupante el fenómeno de los fundamentalismos… aunque quizá sólo sean un sarampión inevitable y benigno que anuncia una progresiva homogeneización de las culturas sin renunciar a la esencia de las culturas nacionales).

Hallar soluciones a todo esto, soluciones que se multiplican hasta el infinito cuando nos enfrentamos a las contradicciones y particularismos regionales, es el principal objetivo de nuestras culturas, crear la futura cultura de todos nosotros, pensada desde todos los puntos del globo terráqueo y cuya grandeza debe residir en la capacidad de superar todas las culturas regionales para sintetizarlas en una única cultura, multifacética y diversa, capaz de satisfacer nuestras necesidades desde Manchuria a Tierra del Fuego, desde Australia a Finisterre.

 

***

 

Pues bien, estamos en crisis, una crisis estructural a nivel mundial que precisa una urgente reformulación de contenidos. Y aquí hemos de pensar que el paso “p’atrás”, en cualquier campo cultural, suele ser un rastreo en el pasado de problemáticas semejantes y de las soluciones entonces planteadas y que aún puedan tener validez para la actualidad.

Pero vayamos de una vez al teatro, a la crisis del experimentalismo y al repliegue estratégico hacia la dramaturgia. Después de lo dicho parece evidente que el experimentalismo formalista entra en crisis a partir del momento en que éste es insuficiente para explicar el mundo que se avecina, para superar las contradicciones que el fin de la Guerra Fría plantea. Explicar el mundo, superar las contradicciones, parece requerir la recuperación del habla (Dios es el Verbo), y el teatro, como si hubiese superado una crisis de afasia, necesitaba volver a aprender a hablar: es el paso “p’atrás” imprescindible para volver a avanzar.

Pero es un paso “p’atrás” que, sin embargo, no puede obviar todos los pasos “p’alante” dados anteriormente. De hecho, las posibilidades de decir son infinitas, como infinitas son las contradicciones surgidas en el tránsito. El repertorio de formas, gracias al caudal de formas experimentadas en las últimas décadas, es inagotable, pero el problema no es tanto qué decir ni cómo decirlo, cuanto el objetivo común al decir lo que queramos decir.

Este es el modo, además, de volver a integrar en un objetivo común (Superando el objetivo de “lo nuevo”) las diferentes artes que habían ido distanciándose en la búsqueda autoconsumista de un formalismo esteticista y narcisista.

La apariencia de este paso “p’atrás” es una apariencia de caos y de desconcierto, las líneas de interés parecen multiplicarse hasta la disolución. Los creadores consolidados, los que hace muy pocos años eran los grandes creadores, parecen haberse acartonado. Las programaciones y repertorios parecen haberse vuelto conservadores, museísticos. El esteticismo parece insolente, el naturalismo retrógrado, las formas “revolucionarias” (ya clásicas y sin mordiente) gratuitas. Es preciso repensarlo todo y, mientras tanto, todo parece déjà vu, lo que sin duda es curioso porque, a fin de cuentas, cualquier cultura es una enorme y constante redundancia con mínimas variaciones. La sensación de déjà vu responde a una profunda inadecuación, la redundancia ya no es operativa.

Aunque el mundo esté en crisis, aquellos que vivimos de “hacer cultura” estamos de enhorabuena: hacía décadas que el mundo no era tan interesante, hacía décadas que los debates no eran tan urgentes, tan apremiantes. Hay que volver a la virulencia, al partidismo, a las descalificaciones, a los extremos. Hay que desenterrar el hacha de guerra y lanzarse a la arena de la cultura con ánimo indisciplinado y con la esperanza de construir un futuro mejor: ¡por fin una utopía!

 

***

 

Si observamos la larga carrera de fondo que ha hecho el teatro catalán en los últimos veinte años, veremos que no se trata en absoluto de un desarrollo orgánico. Había que construir: construir actores, directores, repertorios, dramaturgias universales, clásicas y contemporáneas, ¡dramaturgias nacionales! (libres del tufillo franquista, aunque reaccionarias hasta lo insoportable) y había que construir teatros (¡sin poder evitar que muchos de ellos acabaran convertidos en cines o simplemente demolidos!). Había que construir para demoler el franquismo y sustituirlo por una democracia de urgencia (aún amenazada por la nostalgia: ¡el 23F!), había que construir un país a la altura de los países occidentales, construir una cultura de alto nivel. ¡Las Olimpiadas! Y ese mismo año, en otra parte de España, la Expo 91 (¡qué tufillo a lenguaje publicitario!) y Madrid Capital Cultural. 1992, un año de reválidas. ¡Qué extenuante esfuerzo!

No, todo esto no tiene nada que ver con Keynes, ni con el armamentismo, no con el fin de la Guerra Fría. Nada más lejos de un desarrollo orgánico en el que las respuestas a viejas preguntas abocan a nuevas preguntas, en el que las contradicciones brotan con cierta previsibilidad y en el que toda acción tiene su reacción. Lo nuestro ha sido una merienda de negros, una orgía, una grand buffe en la que competían a partes iguales la buena voluntad, la improvisación (a menudo genial), la intuición y la mediocridad (que ha dado, a menudo, frutos óptimos, ojo).

¡Una crisis! Una crisis es justo lo que necesitábamos. Aprobamos la reválida del 92 con buena nota. A Franco ni o recordamos (para mí, que tenía catorce años cuando murió, es simplemente un personaje histórico, en el peor de los casos, una vergüenza en nuestro pasado colectivo). La democracia parece haberse encarrilado, y la medida de escándalos parece aceptable. Y, lo que es más, los países ricos parecen habernos admitido en su club (olvidando nuestra pasada indignidad, nuestra vieja y grosera miseria, el atraso de nuestras costumbres, nuestra incultura atávica que nos colocaba más cerca del Tercer Mundo que de esa Europa que tanto anhelábamos… ¡qué pronto olvidamos!

Nuestra crisis es esencialmente diferente a la crisis de los países ricos, porque a ésta última se suma nuestro cansancio por el esfuerzo realizado. Y, sin embargo, es una crisis oportuna, porque cabía el peligro de que continuáramos con nuestra buena voluntad, con la improvisación, la intuición, la mediocridad. Nuestra crisis nos obliga a una reflexión profunda, a buscar soluciones capaces de integrarnos en el mundo y ya no con la espada de la reválida colgando peligrosamente sobre nuestras cabezas.

¿Hay voluntad de abordar el futuro con valentía? La respuesta depende del optimismo de quien la responda después de haber ojeado el panorama. Pero sea cual sea el signo de la respuesta, una cosa está clara: ¡Hay que abordar el futuro con valentía!

Arica-La Paz, La Paz, La Paz”.

No olvidemos que La Paz es la capital más alta de nuestro mundo.