«La Cábala, que no es sino una de las formas, quizás la más importante, en que se manifiesta la mística judía, es un fenómeno de escritura que parte del texto escrito, la Biblia, para desembocar finalmente y después de largos recorridos de reformulación e interpretación, en el mismo texto ahora reformado y reinterpretado. (…) Este concepto genera lo que podríamos considerar el elemento más controvertido de la Cábala: la tradición como traditio, es decir como “entrega”, “enseñanza” o “narración”. En estas tres ideas se encierra lo que podría abarcar una amplia definición de la expresión cabalística. La traditio no es sólo o únicamente la entrega de mano a mano o de boca a boca de una ley, de ciertas prescripciones o de ciertos relatos, no es sólo “la entrega” fiel , exacta y certera de una verdad perteneciente a la historia, sino que su propia etimología contempla la idea de una tradición que recibe de otra manera, que modifica y que deja de ser absolutamente fiel a todo su pasado, que se transforma de mano a mano, que “entrega” finalmente pero no siempre en la misma dirección. Entrega al otro, a lo contendiente: desapego, oposición, distracción».

Esther COHEN: Palabra inconclusa. (Ensayos sobre Cábala).

 

Antes de empezar, querría aclararte a ti, lector, que este tema, el de La tradición, es para mí un laberinto complejo, un cúmulo de fragmentos y preguntas sin resolver, una mezcla de memoria y fabulación poco definida y, sobre todo, algo que me lleva desde lo más profundo hasta lo más superficial, sin distinguir después del viaje con qué me siento más identificada.

Por una parte, está el lugar donde me he criado la mayor parte de mi vida: El Masnou. Están los ochenta y los noventa; los inicios de la normalización lingüística; las casas adosadas de los nuevos ricos, Mecano… Es decir, mi actualidad, que interviene evidentemente en la «entrega» de la tradición.

Por otra parte, está el aprendizaje, la academia y mi profesión. Mi formación en Teatro y Filosofía. Los clásicos griegos, Shakespeare, Spinoza, Nietzsche, Valle-Inclán, Beckett, Lispector, Koltés, Brossa, Belbel, Sanchis Sinisterra… La necesidad de conocer el pasado de mi oficio, los cimientos y su evolución.

Y, finalmente, está la historia de mi familia, mis orígenes… Aquí la cosa empieza a complicarse y tal vez exija una explicación más detallada. Empecemos por mi abuelo paterno: León Szpunberg, judío ucraniano que salvó su vida de milagro huyendo de los pogromos de principios del siglo XX. Mi abuelo y su gran biblioteca, su acento ruso al intentar hablar castellano en la Argentina, sus lecturas de Descartes en francés y su animadversión a Wagner. Mis viajes a Buenos Aires. Nuestras charlas. Y mis otros abuelos también, con la reunión de cuyos orígenes casi que dibujaríamos Europa entera. Y lo poco que los conocí. Porque también mis padres tuvieron que huir, con la dictadura argentina del 76, y yo con ellos. Así que llego a la conclusión de que mi tradición también tiene mucho de nómada o de escapada.

La tradición es una mezcla de influencias, viajes, huidas, acentos, olores, despedidas tristes y descubrimientos afortunados.

Recuperar la tradición es también recuperar una memoria. O las muchas memorias que se dan cita en la mía, individual y única.

 

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Después del estreno de mi obra L’aparador (Sala Tallers del TNC, 2003), texto que escribí en catalán y que principalmente trata de Barcelona, cierta prensa se refirió a mí como «autora argentina residente en Barcelona». Esto me viene ahora a la cabeza, cuando intento ligar mi actualidad, mi profesión y mis orígenes. ¿Residente argentina en una ciudad donde vivo desde los tres años?

Veamos:«Permiso de residencia: Concesión oficial hecha a un extranjero por la autoridad del país en el que se encuentra, con tal de que pueda residir un tiempo determinado.» (Diccionario de uso del español de María Moliner).

Si bien siempre ha estado presente en mí la idea de extranjería, de diferencia, de no-lugar, no sólo en mi escritura, supongo, sino fundamentalmente en mis vivencias y mi manera de relacionarme con el entorno, nunca diría que yo soy una «residente»: tengo DNI español, he vivido la mayor parte de mi vida en Catalunya y, además, no creo en la identificación mecánica que se establece entre el lugar de nacimiento y la identidad cultural.

Sin embargo, no se trata de buscarle la objetividad a la palabra «residente», todos sabemos que esa palabra tiene muchas connotaciones implícitas, sobre todo en estos tiempos en los que la Europa primermundista está llenándose de gente sin papeles que intenta sobrevivir como puede, acaso simplemente, como en el poemario de Neruda, para lograr una «residencia en la tierra».

Si a mí me preguntan de dónde soy, hago una «pausa» considerable y pregunto al otro si realmente tiene ganas de que se lo cuente. Si estoy cansada, digo que «más o menos soy de aquí». En realidad puedo contestar bastantes cosas, pero ninguna será exclusiva. Puedo decir que soy de El Masnou, pueblo costero donde me crié. Puedo decir que soy de la Argentina, país donde nací y de donde tuvieron que exiliarse mis padres y con ellos la niña de tres años que era yo en ese entonces. Puedo decir que soy española. Mi DNI así lo indica. Puedo decir que soy catalana. Mi padre insiste en que tanto mi hermana como yo lo somos. Podría decir que soy judía, pero tampoco eso me aclara un lugar de origen. Soy judía en tanto que me reconozco en algunos signos culturales, rituales, fiestas, chistes y tal vez en un espíritu precisamente nómada… Mi madre no es judía, así que para los judíos ortodoxos tampoco lo soy; sin embargo casi siempre he vivido con mi padre, con él celebramos el Rosh Hashaná y el Yom Kipur, aunque también celebro el Fin de Año cristiano y la Navidad con mi madre, que es hija de una siciliana muy católica, lo cual me aclara menos un lugar de origen, pero amplía mi «tradición» gastronómica: en mi casa se disfruta tanto de la pizza como del Guefiltefish.

Mis tres primeros años de vida los pasé en la Argentina, moviéndome con mis padres al ritmo de su militancia, de casa en casa. Era la época del terrorismo paramilitar que luego pasó a ser terrorismo de Estado, mi padre era profesor de literatura en la universidad, poeta de los que se llamaban «sociales» y redactor de un diario de izquierdas, aparte de judío (esto no es un simple añadido: cabe decir que los militares argentinos se ensañaron mucho con los judíos). Cuando empezaron a desaparecer algunos amigos y compañeros de militancia y profesión, y empezaron también las amenazas y persecuciones, mis padres pasaron a la clandestinidad. A mediados del 77, la situación era insostenible y mi madre convenció a mi padre para dejar la Argentina e irnos a París. Allí pasamos unos meses y luego vinimos a Barcelona. Dicen que los primeros años de una vida son fundamentales para trazar una personalidad. No sé dónde empieza uno y su historia pero, si miro más atrás, también me viene la imagen de mi abuelo huyendo en carro de Ucrania a causa de los pogromos y el antisemitismo de esa época, y las listas del Yad Vashem donde aparecen los Szpunberg exterminados por el nazismo. Mis abuelos emigraron de Europa a la Argentina y luego mis padres huyeron de la Argentina hacia Europa. Un círculo que, como todo círculo, nunca se sabe dónde cierra.

Me reconozco parte de todos esos recuerdos fragmentados e inconexos. Y aunque nunca tomé conciencia clara de ser yo una inmigrante, o acaso viví una infancia y adolescencia donde precisamente trataba de disimular mis diferencias, siempre estuvo allí, en el inconsciente más profundo, la idea de NO-LUGAR. Y también la necesidad de hallarlo.

Tal vez se trate de una dialéctica, a veces cargada de tensión, a veces cargada de disfrute, entre una tradición que me viene dada y una necesidad de adaptación al entorno. Dialéctica que aporta cierta dosis de incomodidad, diferencia, disconformidad, cuestionamiento y, por supuesto, humor e ironía: una serie de sensaciones imprescindibles para que se dé la escritura. Y que me acercan más a la tradición de un teatro de la «incomodidad» (no tanto al estilo de un teatro críptico o incomprensible, sino más bien al estilo farsesco del grandioso El inspector de Gógol, que se abre con la tan pertinente cita «No culpes al espejo si ves tu rostro deforme») que no a la de un teatro del puro «entretenimiento».

 

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El autor dramático tiene mucho de localista, está precisamente ligado a un espacio físico: la sala de teatro y su entorno. Y ese teatro suele formar parte de una política cultural, de un juego de subvenciones, de una programación. Y ahí es donde el artista, por razones «administrativas», se ve obligado a adquirir una identidad concreta, definible, pronunciable, que sirva para decir: «Este autor es tal y cual». Esa identidad formal poco tiene que ver, claro, con las vueltas que dan las identidades interiores, las vueltas que dan la cantidad de identidades pequeñitas y los diferentes lugares que podrían ser la patria de uno. Acaso, para la gente de teatro, el principal lugar de «residencia en la tierra» es el escenario.

Debo decir que a veces me preocupa la necesidad que percibo en Catalunya de buscarle calificativos y denominaciones a cada autor que asoma la cabeza. La prisa excesiva que hay en definirlo y determinarlo. El camino de cada artista es largo, difícil y profundo. Los críticos y los entendidos deberían respetarlo más y condenarlo menos. Y los artistas respetarse más a sí mismos y también condenarse menos entre sí. Estar menos pendiente (¡si es posible!) del entramado administrativo, profesional y «mercantil», y más pendiente de la pulsión social, cultural, afectiva…

Entiendo la inmediatez que implica el teatro, la necesidad de rescatar y crear una tradición teatral que a veces tambalea; respeto profundamente este país y la necesidad de defender una cultura demográficamente minoritaria. Sin embargo, el arte tiene sus propias reglas y la tradición artística sus propios caminos. Para que ésta exista hay que dejarla existir, con más libertad y menos restricciones, más salas teatrales y menos institucionalización del arte, más espacios de creación y menos calificativos. Y, sobre todo, no ahoguemos cualquier intento de «entrega», de traditio.

La escritura es una búsqueda. Tal vez la búsqueda de un lugar que lo imagino real al mismo tiempo que ficticio, que tiene una tradición pero que está siempre por volverse a crear: el teatro.