Palabra antipática por donde se la mire, la tradición me resulta por lo menos tan ajena y tan opaca como la palabra kosher. Es decir: tengo delante de mí unos palitos malteados, una suerte de imitación vernácula del Brezel alemán, y veo con asombro que al dorso del paquete se exhibe con orgullo la palabra «kosher». Kosher quiere decir apto. ¿Apto para qué? Los alimentos kosher son aquellos que en su confección siguen una serie de normas de higiene tan antiguas como la Torá. Ahora bien, sabemos que hoy en día muchos de estos hábitos, como la precaución de los judíos ortodoxos de no comer cerdo por temor a ciertas infecciones muy comunes en aquellas épocas, ya no son necesarias. Sin embargo, son precauciones que se toman porque sí. Por tradición.

Naturalmente me doy el lujo de no tenerle ningún respeto a la palabra porque soy argentino, que es lo mismo que haber nacido en un lugar donde el peso de la tradición oprime tanto como el de una pluma. La Argentina se jacta —a veces con dolor— de no tener verdaderamente un pasado. Y si bien es esto lo que obliga sistemáticamente a los argentinos a formularse una única y acuciante pregunta existencial (¿qué somos los argentinos?), es hora de aprovecharse por una vez de las ventajas.

La tradición anquilosa la practicidad de las cosas, y repite rituales, eterniza formas que alguna vez pueden haber tenido cierto sentido hasta agotarlas por completo. La tradición enquista las formas en un objeto solemne. No tanto por su seriedad sino por el hecho de que la «forma tradicional» se mira a sí misma, se especta sola, en ausencia de un posible otro que la mire, de otro o de otros, que en general ya han muerto. La tradición es a la artesanía lo que la búsqueda es al arte. La artesanía supone la repetición tradicional de una forma que en algún momento fue arte (una ruptura, una búsqueda de lo trascendente por la vía de las formas). La artesanía busca la estabilización y serialización de los objetos bellos; el arte, en cambio, la expansión del criterio de belleza hasta zonas que incluyen —por ejemplo— lo abominable. La tradición impone sus formas con el peso y el sello de «lo tradicional», y sé de algunos países en los que esta tradición es ley y es autoridad. Una autoridad —incluso— democrática. Porque luego se pretende suponer que la tradición la construyen los pueblos, que es exactamente lo que los pueblos han acordado como «forma solemne y autosuficiente de su pasado inquieto».

Yo tengo mis dudas al respecto. ¿Son las tradiciones realmente el arca donde se atesora el pasado vivo y móvil de una comunidad de sentido, o son más bien el lugar donde se acuña sólo la parte solemne de ese mismo pasado, que en sí es un hecho rico en contradicciones? Tengo para mí que la tradición no es el arca que eleva a los pueblos por sobre las aguas de la inundación, sino más bien el ancla oxidada que los fija a una identidad que persistirá cuando deje de llover, dentro de esos cuarenta días y esas cuarenta noches de incertidumbre y de deriva.

No demonizo a la institución de la tradición. No es mi asunto, ni mi enemiga. En todo caso, si la tradición no es el producto lógico y eficaz de lo que un pueblo decide para sí como pasado, al menos sí es cierto que su presente se decide siempre a partir de ella, ya sea a su favor o en su contra. Sobre todo en su contra. Hay vanguardias, escisiones violentas en la ruta tradicional de una comunidad de sentido, que luego se acumulan como nuevas capas de tradición y se institucionalizan. Así, la tradición teatral de mi país es —o parece ser—, a los ojos contemporáneos, la del pastiche, la del híbrido, la de la forma impura.

Mi país es el producto del choque de tradiciones enfrentadas, imposibles: el sueño de Europa violentamente injertado en la tierra indoamericana, como un tomatito cherry, las tradiciones de unos países abandonados por sus habitantes, tradiciones que nunca terminan de fijarse en estas tierras tan planas, tan proclives a la erosión de los vientos, tierras que miran sólo hacia sus costas, esperando el mar, o el futuro, en vez de reunirse en torno del fogón de un pasado estilizado, siempre falaz.

Tal vez sea la falta de fe en esta tradición espuria, la de los argentinos, la que nos hace valorar más el futuro que el pasado. Y es con esa facilidad como esta porción del mundo ha construido su imaginario, tomando siempre lo que mejor le ha venido desde cualquier lugar del mundo. Porque nuestra tradición es también una suerte de tabula rasa que se escribe con tiza y se borra a cada rato.

Y no está del todo mal, se lo aseguro. Al menos eso no está del todo mal.

El problema es el temor a la tecnología, que por algún motivo incierto parece oponerse a la idea de la tradición. Ahora leo que Bill Gates dice que en un futuro, que es casi ya, dejará de haber libros y discos, Internet mediante. He de decirlo otra vez: tengo mis dudas. Desconfío de la tecnología tanto como de la tradición. Pero —una vez más— soy argentino, y la piedad del mundo me permite desconfiar de cualquier cosa.