Personajes:

Rogelio
Menea
Hombre

 

(En una noche de verano de mucho calor. Exterior: Un chiringuito en el puerto, al fondo, las luces de la ciudad. En la terraza, tres mesas. En la de la izquierda están sentados Rogelio -sesenta años, ciento diez kilos que sudan al menor movimiento- y Menea, menos viejo que lo que su cuerpo declara y bebedor profesional. A la derecha un hombre escondido en la penumbra de este espacio.)

ROGELIO. (A Menea) Bebe. Bebe, así revientes. (Al hombre) Eso es lo que les jode, amigo, la claridad. La jodida caridad que les ata a la mierda. No, no parece usted periodista, parece un policía. Quien dijo que la claridad es una virtud, seguro que no la padeció. Créame usted amigo, si quiere usted joder a alguien, téngale compasión. ¿No, tú?

MENEA. Sí, patrón.

(Pausa.)

ROGELIO. ¿Cuánto hace que vienes por aquí?

MENEA. Bufff…

ROGELIO. ¿Y alguna vez te ha faltado algo?

MENEA. Nunca, nada, patrón.

ROGELIO. ¿Comida?

MENEA. La que quiero…

ROGELIO. ¿Bebida?

MENEA. La que quiero y más…

ROGELIO. ¿Y por qué? Anda díselo.

MENEA. Porque tiene usted este negocio, patrón.

ROGELIO. ¿Se me puede acusar de algo?

MENEA. Sólo de dar la caridad… de dar la caridad a gente como yo, patrón. Usted es un empresario, compadre.

(Pausa.)

ROGELIO. Un empresario, ya lo ha oído. Este es mi negocio y estoy limpio. Todo lo que haya podido oír sobre mí es mentira. No se puede acusar a alguien sin que se pueda probar nada. ¿Qué pruebas tienen? Yo le diré qué pruebas tienen, ninguna. ¿Qué pruebas tienen, tú?

MENEA. Ninguna, patrón… no puede probar nada.

ROGELIO. Porque no hay nada que probar. ¿Estaría yo aquí trabajando si hubiera hecho lo que dicen que he hecho? ¿Estaría yo trabajando si el dinero se me saliera por las orejas? ¿Dónde estaría yo ahora?, vamos, díselo.

MENEA. En el Caribe.

ROGELIO. Con una negra aquí y otra aquí. En el Caribe, amigo y no aquí intentando tirar este negocio “palante”. ¿Es una política sensata, amigo? Meterse con el pequeño empresario intentando calumniarlo con historias de gánsteres y así. ¿Tengo yo cara de traficante o algo parecido? ¿Tengo yo cara, tú?

MENEA. No, patrón.

(Pausa.)

ROGELIO. Vienen y me van aquí sentado, viendo pasar la vida pacíficamente, sin meterme en nada, con la responsabilidad que da el ser propietario de un sitio así, modesto pero mío, mío de cabo a rabo, ¿compadre? Yo no le debo nada a nadie. Es una simple cuestión de mercado, usted quiere beber, sentarse y disfrutar del lugar. Yo tengo lo que usted quiere. ¿Qué hay de malo en eso, dígame? No le debo nada a nadie, amigo, ¿Comprende? Usted quiere algo que yo puedo ofrecerle. Entre nosotros, se trata de una simple transacción de mercado y nada más Nada más, ¿no?

MENEA. No hay nada ilegal… entre una transacción de mercado y entre un propietario.

ROGELIO. Créame amigo, no es fácil. Llegan aquí y me encuentran sentado en mi lugar, construido para ofrecer lo que ofrezco, nada ilegal, desde luego. Pero tengo una clientela que no compra. No compra porque no tiene con qué pagar. Y entonces me venden y yo tengo que comprar. ¿Qué pretenden que haga? Tú, dile qué vendes.

MENEA. (Enseñando su pierna) Soy un lisiado.

ROGELIO. Vende su miseria. Me vende su miseria y yo la compro. Yo la compro. Un mafioso, ¿haría esto? ¿Haría una cosa así? No. pero yo lo hago. Le doy de comer y le dejo beber hasta que se cae. ¿Se me puede acusar por eso? ¿Por darles de beber a cuatro mierdas que ni siquiera pueden pagárselo? ¿Qué eres tú?

MENEA. …Un mierda…

ROGELIO. Así se vende y así lo compro. Lo compro como mierda. Imagínese que nadie compara su mierda. ¿Sabe qué pasaría? Saldrían de ella. Eso harían. Así sin más. Ellos mismos, por su propio pie. Entonces ya no habría mierdas y usted, amigo, usted se quedaría sin trabajo. Sabe, amigo, salirse es fácil. Yo lo descubrí. No basta con ser dueño de todo esto, no se deje engañar, amigo, hay que tener algo más. Escúcheme bien, y sepa apreciar el consejo en lo que vale, quién sabe si no ha de servir a usted mañana. El secreto está en la mirada. En la mirada. Créalo o no, amigo. Yo fui uno de ellos, hablo con conocimiento amigo, escoria, carroña, leña para quemar. Créame, amigo, yo he caído todo lo bajo que se puede caer. ¿Qué tienen los de arriba que no tenga yo? Los estudié, amigo. Los estudié y los analicé. No desprecie el análisis, amigo. No basta con mirar, hay que caer en ello. Yo analicé, analicé y comparé. Y un día caí en ello. Fue como una revelación, puede usted creerme. Algo tan simple como eso, pero que explica por qué los de arriba están arriba y los de abajo, abajo. El deseo está en la mirada. Entiéndalo bien, amigo, en la mirada, no en lo ojos. Hay que mirar siempre de aquí (Se coloca las manos debajo los ojos) para arriba. Siempre de aquí (Se coloca las manos debajo los ojos) para arriba. Siempre de aquí para arriba, y no hay más. No hay más, amigo. ¿Se me puede acusar de algo por eso? No tiene nada contra mí. Yo tengo negocios, bien y quién los tiene. Negocios, amigo, sólo negocios. Nada más. De aquí para arriba, amigo. Ahí está la cosa. ¿Se me puede acusar de algo por eso? No es crueldad. Y no se equivoque, amigo, eso no tiene nada que ver con tropezar. Sólo tropiezan los que miran donde pisan, los otros aplastan. Esa es la diferencia Puede que usted crea que eso es cruel, amigo. Pero nada es cruel ni no cruel. ¿Es cruel que cada vez que usted se corre millones de espermatozoides mueran? ¿Tiene usted la culpa? No. Usted quiere correrse, amigo. Ese es el instinto. Y si no lo hace vaya a que le vea un buen médico, amigo. Es la naturaleza, y la naturaleza no es buena ni mala, es. Todos podemos mirar al mundo desde arriba. Sólo hace falta tenerlos bien puestos, amigo. Todos. Está al alcance de cualquiera que tenga el valor de decir: es mío, me pertenece y voy a cogerlo. ¿De qué se me acusa? ¿De tener cojones? Los tengo. El mundo es de los que miran alto y lejos y lo demás para los mierdas como este. Acérquese amigo. La casa invita. Y no me tenga miedo, si yo hubiera hecho todo lo que dicen que he hecho (El hombre se levanta y se acerca. Saca una navaja.) no estaría aquí, amigo, créame, estaría en el Caribe con un par de mulatas y bebiendo caipiriñas. (Le clava la navaja en la nuca. Rogelio se hecha atrás, su cuerpo se contrae por unos instantes y queda con la cabeza colgando para atrás y los ojos muy abiertos. El hombre limpia la navaja y sale tranquilamente.)

(Pausa.)

MENEA. La he cogido tonta, patrón… A mi o me da por la llorera y los tangos, o me da meona o me agarra el sueño… Permítame usted, patrón, que es malo mirar así. Le sirvo. Tengo cuidado no se le den la vuelta los ojos… Le voy a contar un secreto, compadre… porque siempre se ha portado de puta madre conmigo… que sí, patrón… que sí. Yo antes también miraba parriba. Pero ahora no lo hago nunca… Es malo… Es malo mirar así. No mire usted ahí, patrón, que no hay nada… Nada… Todo eso que uno no sabe ni done empieza ni donde termina. Y qué quiere que le diga, patrón… demasiado lejos… demasiado arriba… no sé. Mire usted, (Coge algo de la mesa) aquí abajo todo es más fácil. Veo algo y lo cojo… Lo veo y lo cojo. Pruebe usted a coger algo de ahí arriba… No hay dónde agarrarse, se vuelve uno loco… No puede uno agarrarse a nada porque ahí no hay nada. Esto es para los tontos, patrón. Para los tontos que sueñan. Nosotros no soñamos, patrón… dormimos, pero no soñamos. Y cuando cogemos algo, por Dios que lo cogemos de verdad. Lo garramos por los cojones y no lo soltamos… aunque tengamos que escupir los intestinos, compadre… Aunque tengamos que echarlos por la boca… Es usted un tío cojonudo, patrón… Con usted da gusto conversar. Diga usted que sí, patrón… Con usted da gusto… (Se duerme con la cabeza sobre la mesa, entre las manos.)

(Oscuro. Final.)