(Una cama muy baja en el centro del escenario. A su izquierda un lavabo y un espejo, apoyado el uno y clavado el otro en un trozo de pared falsa. Alguien está durmiendo en la cama, a su derecha una silla, sobre ella unos pantalones y una camisa cuidadosamente doblados. Suena un despertador, él saca una mano y lo apaga. Sigue durmiendo. Pasado un tiempo se incorpora violentamente quedándose en pie sobre la cama frente al público). Abro los ojos y me levanto. Me visto (cogiendo las ropas que hay sobre la silla), siempre empezando por los pantalones y con la suerte de que al dormir en camiseta, calzoncillos y calcetines, ya sé que quizá no sea muy higiénico, pero en invierno da calor, el dormir con ellas, las prendas, y no deja que el frío te atrape de buena mañana, tengo la mitad del trabajo hecho. (Ya vestido va hacia el lavabo). Me lavo la cara (lo hace) y me limpio los dientes (se enjuaga la boca y se queda quieto mirándose en el espejo. Se vuelve hacia el público). Y no tengo que pensar en nada. Quiero decir, claro que pienso, pero no en las cosas que hago. Se dan cuenta, cada mañana hago las mismas cosas sin tener que esforzarme en hacerlas. (Se queda un momento quieto, después se dirige resueltamente hacia la cama y se sube en ella). ¿Costumbre?. ¿Hábito?… Mentira. Son meras y simples convenciones de la realidad, como la idea de INFINITO. (Concentrándose) Abro los ojos y me levanto (los cierra y se acuesta). Me visto (sacándose la ropa la va dejando en el suelo), siempre empezando por los pantalones (mientras se saca los calcetines) y con la suerte de que al dormir en camiseta, calzoncillos y calcetines (se queda desnudo), ya sé que quizás no sea muy higiénico, pero en invierno da calor (tiritando) y no deja que el frío te atrape enseguida, tengo ya la mitad del trabajo hecho. Me lavo la cara y me limpio los dientes (sin moverse). (Se incorpora y mirando al público). Se dan cuenta, simples convenciones de la realidad. (Se levanta y se viste) costumbres, hábi­tos…¡quiá! Convenciones. Como la del infinito.

(Se encamina al lavabo y empieza a afeitarse). Quién ha visto alguna vez eso que llamamos infinito. Nadie, en todo caso alguien muy parecido a nadie o a nada, Dios. Pero en lo que respecta a Dios, uno no puede ser juez y testigo. Me refiero a que Dios es infinito, pero infinito no es Dios, de la misma manera que el todo contiene a cada una de las partes, pero no se halla contenido en ninguna de éstas. (Se queda quieto, pensativo. Mira al público). Se dan cuenta: Yo (señalándose el pecho con el dedo índice), tú (señalando al espejo), él (señalan­do al techo), nosotros (haciendo el gesto de abarcar el espacio en torno a sí), vosotros (apartando ahora el mismo espacio), ellos (señalando al público). (Empieza de nuevo) Yo (señalándose el pecho), tú… pura y simple convención. Tenía un pariente que cada vez que decía YO se tocaba los cojones. A nadie se le ocurrió pensar que pudiera tener su yo localizado en dicho lugar, a excepción de su psicoanalista, que hablaba de una extraña asociación entre encajonar y encajonar, el yo, supongo. A mi pariente le tuvieron que tratar de ladillas. (Repite en silencio los gestos. Se detiene). Costumbre, hábito…¡quiá!. Conven­ciones de la realidad. Infinito. (Decididamente) Yo (señalando al espejo). Tú (señalándose). Él (señalándose y señalando al espejo). Nosotros (apartando). Vosotros (abarcando) y ellos (haciendo ambas cosas). Se dan ustedes (señalán­dose) cuenta de que yo (señala al público) estoy hecho de convenciones, de infinitos (se detiene, parece querer decir algo. Terriblemente cansado va hacia la cama y empieza a desnudarse). Abrir los ojos. Levantarse siempre empezan­do por los pantalones y con la suerte de que la camiseta, calcetines y calzonci­llos ya duermen, no muy higiénicamente en invierno, pero atrapando el calor (se mete en la cama). Yo (señalando hacia arriba) enseguida que tú (señalándose) de el todo a las partes, o sea, a la convención del infinito hábito para tener la mitad del trabajo hecho, me limpiaré los dientes y… Infinito no se encuentra muy bien, señor. Todo empezó con unas arcadas que anunciaban la proximidad del vómito. Infinito hizo todo lo posible para ponerse bien y acudir al trabajo, señor. Pero al vómito le continuó una terrible descomposición que hace pensar a Infinito, que Infinito puede haberse contagiado de cólera, en masculino, claro. Infinito se descompone a grandes pasos, señor. Pronto no quedará de Infinito mas que las ganas de no faltar al trabajo, señor.

 

OSCURO