Me enviaron a París con una lista de exiliados: judíos o comunistas. Junto a su nombre había una «J» y una «K» porque él era ambas cosas, judío y comunista. No me fue difícil encontrarlo. Era el tipo de hombre que, esté donde esté, pasa casi todo el día en la biblioteca. Durante varios meses, cada mañana hice lo mismo: pedir un libro y buscar un pupitre cerca del suyo. Visto allí, entre libros y papeles, parecía tan inofensivo como en las fotografías. Era el primero en entrar y el último en salir de la biblioteca. Vivía en una pensión, no lejos de la Biblioteca Nacional. La luz de su cuarto estaba encendida hasta muy tarde, porque él seguía leyendo y escribiendo. ¿Cómo se sostenía? Hacía pequeños trabajos para revistas suizas, que firmaba con seudónimos: Benjamin Schinpfening, Agesilaus Santander, Benedicto Valterio… Críticas, artículos, traducciones… Proust, Baudelaire… Pero eso no era suficiente ni para pagar la pensión. Su mujer, de la que se había separado, le enviaba dinero de vez en cuando. No recibía ayuda del partido, no tenía ningún contacto con el partido comunista francés, ni tampoco con comunistas alemanes del exilio. Cuando ocupamos Polonia, sus amigos, los que habían escapado a tiempo a América, intentaron convencerle de que se reuniese con ellos. Él contestó: «En Europa todavía hay posiciones que defender». Siguió creyéndolo hasta que ocupamos Francia. Entre septiembre y noviembre de 1939 fue confinado en el campo provisional de Nevers. Allí, alguien debió de decirle que, siendo judío y comunista, su única posibilidad era el camino Fietkau. Lo llamaban así por Louisa Fietkau, que sabía cómo atravesar los Pirineos evitando los puestos fronterizos franceses. Sí, han oído bien, los puestos franceses, ¿hace falta recordar de qué lado estaba la policía francesa en aquella guerra? El 13 de marzo de 1940, cinco personas se presentaron ante la señora Fietkau: dos mujeres, el hijo de una de ellas, él y otro hombre. Ella les advirtió de que era peligroso: un antiguo sendero de contrabandistas. Pero ellos sabían que el verdadero peligro era permanecer en Francia. La señora Fietkau les dijo que volviesen al atardecer de la primera noche con luna y que renunciasen a llevar equipaje, pero él apareció con un maletín negro, como de médico. Ella le pidió que dejase el maletín, pero él contestó que el contenido de aquel maletín era más valioso que su propia vida. Echamos a andar, porque no había tiempo para discutir. Cada pocos pasos, él tenía que pararse a tomar aliento, y la señora Fietkau le pedía que abandonase el maletín, pero al escuchar esto él volvía a caminar. La madrugada nos sorprendió en plena montaña, lo que les hizo temer que la policía francesa los descubriese, pero, diez horas después de haber salido, llegamos al lado español. Lo más difícil, atravesar los Pirineos, estaba hecho. Aquellos siete kilómetros por la cordillera eran más peligrosos que los setecientos que los separaban de Lisboa, de donde cada semana salían tres barcos hacia América. Pero al llegar al final, descubrieron algo que no esperaban: la policía española había cerrado la frontera. No queriendo volver a Francia, ellos decidieron pasar la noche en una pensión del pueblo fronterizo de Portbou. A la mañana siguiente, al no encontrarlo por ningún sitio, pedimos al dueño de la pensión que nos abriese su cuarto. Allí estaba, sobre la cama. Las mujeres se echaron a llorar, aunque apenas lo conocían, y el chico acabó llorando también. Yo estaba decepcionado. Cierto que llevaba siete años fuera de la Alemania que tanto amaba, y que en el exilio no había dejado de tener miedo como judío y como comunista, y que ahora, en aquel lugar entre Francia y España, más que nunca parecía no tener sitio en el mundo. Pero, yo me preguntaba, me lo sigo preguntando: ¿tiene derecho al suicidio un verdadero revolucionario? ¿No es el suicidio un gesto egoísta que un revolucionario no puede consentirse? En el suelo estaba la ampolla de cristal, muchos llevaban ampollas de morfina o de cianuro en aquellos tiempos. Tuve que registrar todo el cuarto hasta dar con el maletín. Dentro de él encontré este manuscrito. La última anotación, que seguramente hizo aquella noche con su letra pequeña y apretada, dice: «Ni siquiera los muertos están a salvo del enemigo». Al conocer la noticia de su muerte, la policía española decidió abrir la frontera, y las mujeres y el chico pudieron pasar. Sé que llegaron a Lisboa y dos meses después fueron vistos en Buenos Aires.