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Un hombre y una mujer sentados a una mesa, frente a frente. Sobre la mesa dos tazas de té y una tetera.

Hombre. ¿Sabes? Las noches de invierno no me gustan nada. El viento me asusta. Desde siempre, sí, desde siempre. (Silencio). Pero ahora que estás tú, aquí conmigo, es otra cosa. Nunca me hubiese levantado a prepararme una taza de té. El camino hacia la cocina es tan largo para alguien que le teme al viento… ¿Cómo soportarlo en soledad? Imposible. (Pausa). Pero ahora que estás tú aquí, hasta tendría la fuerza de hacerlo. Algún día lo haré, por ti. Te prepararé un té en una fría noche invernal. A ti te gusta, ¿verdad?, prepararme este té caliente y poder estar juntos, uno frente al otro, el otro para el uno, uno que hacen dos, tan sólo por el otro… Dos, dos tazas de té, te quiero. ¿Verdad que te quedarás conmigo el resto de mi vida, y de la tuya? Dos tazas de té caliente, en una ventosa noche invernal. Tal parecer nunca me atreví a soñarlo. (Pausa). Levanta tu taza y brindemos, firmemos nuestro pacto de amor con la eternidad.

(Levantan las tazas y las chocan, mirándose en silencio. Beben. Bajan las tazas.)

Mujer. Me sentía bien aquella noche. Por primera vez tenía a quien prepararle un té, sentirme necesitada. (Pausa). El viento a mí no me asustaba. No me asustó nunca, no, desde nunca. Sólo una extraña sensación, cuando me levanté a preparar el té, camino hacia la cocina. Temor a la soledad. ¿Imposible? ¿Por qué? Porque estabas tú, allí. Pero yo esperaba que te levantaras tu también, para preparar juntos el té, en esa fría noche invernal. ¿Te acuerdas? Aquella noche te prometiste que un día te levantarías para prepararme una taza de té caliente… Y a mí, ya no me gusta hacerlo. Este té que te preparo ya no nos caliente. (Silencio). ¿Juntos? Tu mirada se ha helado. Qué importa el viento, si el frío está dentro. Somos ahora nada más que dos personas enfriándonos frente a una taza de té. (Pausa). Todavía te quiero. Levántate, ven conmigo a la cocina, en esta noche invernal. No estoy enfadada, todavía. Sólo espero. Lo harás, ¿verdad?

(Levanta la taza de té y brindan. Beben largo rato. Bajan las tazas).

Hombre. Ahora lo sé, sí. Aquella noche estabas enfadada, fría. Pero no… no me lo dijiste, … ¿o sí?… no… ni me lo demostraste. ¿Cómo podía saberlo, si seguías levantándote a prepararme el té? Y yo creía que te gustaba. ¿Por qué lo has ocultado durante tanto tiempo? Hubiese sido tan fácil, con sólo decírmelo. ¿Y sabes?… el té ya no tenía el mismo gusto. (Silencio). ¿Prepararte un sabroso té? Sí, lo hubiera hecho, con sólo pedírmelo, porque yo ya no temía al viento. (Pausa). Y ahora, otra vez tengo sed, y nuestras tazas se han vaciado. ¿Quieres un té, me quieres todavía? ¿Oyes?: ya no sopla el viento. Ven, ven conmigo a la cocina, llenaremos nuestras tazas otra vez, nos calentaremos, y satisfechos, olvidaremos esta melancolía.

(Pausa. El hombre coge la tetera y sirve dos tazas de té. Beben en silencio. Luego de un rato que están bebiendo, ella con la taza de té en la mano comienza a hablar.)

Mujer. Aquella noche no fui contigo a la cocina. Era ya demasiado tarde. Y al levantarte tú, super qué era lo que yo quería. Nada más que oír el silencio, evocar lo que allí no estaba, ni estaría. Descansar tranquilamente en mi soledad. (Pausa). ¿Temprana resignación? Puede ser. Pero ya no podíamos escuchar al viento… ¿Cómo saber entonces, si era invierno o verano, otoño o primavera? Allí fuera se sucederían las cuatro estaciones, tan sólo como telón de fondo a nuestro frío, el frío que deja en la piel algo que se ha acabado. (Silencio). Y en esa inmovilidad, fruto tardío de la melancolía, esperé que regresaras con las dos tazas de té que nos habían acompañado durante tanto tiempo, para brindar juntos por la nostalgia de un sueño perdido. (Pausa). El tiempo se había agotado, sin dejarle lugar al amor, al odio o al enfado. Sólo que quise quedarme contigo. Los recuerdos nos unían. Y también el placer, nunca soñado, de seguir bebiendo juntos el té, en la soledad de dos personas que ya no temen, ni esperan ya más nada… Y sólo el hábito, reconfortante, de encender la cerilla, calentar el agua, y preparar no una, sino dos tazas de té.