Con ese leve gesto… se levantan los vientos de su sueño lejano y acuden hacia aquí, presurosos, conduciendo rebaños de nubes vagabundas.
Con este otro… les ordeno abatirse sobre el mar y encrespar su serena superficie.
¡Soplad, soplad más fuerte! Levantad olas altas como montes nevados, haced que mar y cielo se confundan.
Y, ahora, que el vientre de las nubes estalle y se
desgarre, que vomite agua y fuego sin descanso, que el fragor de los truenos sobrepase la voz de mil cañones.
Truenos muy próximos e intensos. Decrece algo el sonido de la tormenta.
Hermosa, hermosa tempestad…
Ay de las naves que, perdido su rumbo…
¡Miranda!
…Ay de las naves que se acerquen a estas remotas latitudes y se atrevan a enfrentar su furia.
Ya me parece verlas sacudidas como frágiles nidos de…
¡Miranda! ¡Las gotas!
Ya me parece verlas agitarse, temblar, resquebrajarse, tan pronto alzadas hasta el bronco cielo, como hundidas en las heladas simas del océano.
Oigo los gritos del terror, el llanto, las plegarias aulladas contra el viento, las blasfemias… Y Dios, arriba, mesándose las barbas, sin poder hacer nada, incapaz de entender cómo se ha formado tamaña tempestad sin su permiso…
¿No me oyes, Miranda? Necesito las gotas: es la hora. Los ojos me arden, me rezuman orín. Legañas de salitre los cercan y los ciegan. No puedo más.
¿Qué hacías? ¿Dónde estabas? ¿No has visto la soberbia tempestad que he desencadenado con mis artes? Mira, mira hacia el norte. Aún está allí, ¿verdad? ¿Verdad que es espantosa?
¿Quieres que la acerque a nosotros? ¿No te gustaría sentir un poco de miedo?
¿Qué te pasa, hija mía? ¿No te interesan mis prodigios? ¿Te aburres con mi magia?
Ah, Miranda, Miranda… No sé qué te ocurre últimamente. He llenado esta isla de aromas, de figuras, de músicas… ¿Quieres oír música? Me basta hacer así, y así, y así… Ya está… ¿Te gusta?
Calcino mi cansado cerebro soñando maravillas y horrores para ti. Mi lengua se encallece cada día pronunciando conjuros, mi espalda se enjoroba cada noche sobre los libros de las ciencias negras. De esta roca desierta y mortecina, perdida en el océano, he conseguido hacer un paraíso, tan sólo para ti… ¿Qué más puedes querer?
El mundo que abandonamos —tú eras muy pequeña, no puedes recordarlo—, el mundo de los hombres, con esas cloacas verticales que llaman ciudades, no es más que una pálida leprosería comparado con esto, con este mundo encantado que para ti concibo, genero y regenero con mis artes… ¿Me estás escuchando?
Allí todo es soberbia, y ambición, y crueldades. La injusticia gobierna en todas partes, no existe la lealtad, el respeto ni el amor. Ni el amor, Miranda, todos los vínculos se pudren como tripas de cabra.
Y la basura… Si vieras: todo es allí basura, desperdicios, mierda. La gente vive a todas horas sobre su propia mierda. Las ciudades son monstruos que vomitan basura… ¿No me atiendes?
Mientras que aquí… ¿No es maravilloso? Todo se desvanece en el aire después de ser creado y gozado… ¡Basta de música! Y se desvanece…
La isla nos proporciona lo que necesitamos para vivir. Sin excesos, es verdad. No vivimos en la abundancia ni en la variedad, pero tenemos esta gruta amigable, y comida, y debida, y aire puro, y sol… y leña para los largos inviernos…
Y ahora que hablo de leña… ¿dónde está Calibán? ¿Ha traído ya la leña? Empiezo a tener frío, sobre todo en los pies… Aunque mis pies, los pobres, siempre están helados. Apenas si les llega ya la sangre… y mis piernas, a veces…
¿No tienes frío tú? No comprendo cómo puedes llevar tan poca ropa. Las tardes ya refrescan y, además…
Además debes tener cuidado con Calibán. Es un perro lujurioso, hija mía. Tú aún eres inocente, pero has de saber que ese miembro que cuelga o que se yergue entre sus piernas es una flecha envenenada, un hierro al rojo vivo, una serpiente atroz que sólo anhela entrar en tus entrañas y rasgártelas. Guárdate de Calibán, Miranda, guárdate…
Ariel es otra cosa: no es por ahí por donde me preocupa. Ese untuoso hipócrita, ese lacayo servicial, espiritual, clerical, aunque siempre está masturbándose a escondidas —tú no sabes lo que es eso, claro—, ese Ariel, digo, tiene otras inclinaciones… ¿No has notado como, en mis encantamientos, cada vez que puede, aparece vestido… de ninfa marina?
Pero no es prudente confiarse. Estos seres quiméricos son caprichosos y mudables. Crees conocerlos, dominarlos, tenerlos sometidos a tu antojo y, cuando menos lo piensas, se te rebelan, se transforman, cambian de forma y de sentido. Usurpan por su cuenta algo semejante a la vida y, si no vas con tiento, pueden llegar a ser tus amos.
Ariel y Calibán aún me obedecen, los tengo bien sujetos a mi voz. Pero si mi voz se apagase, si perdiera su fuerza y tersura, ¿qué podría ocurrir? Mi voz…
Dame el jarabe de agrimonia, Miranda… y vete preparando ya el carminativo de jengibre, porque los gases, lo presiento, no van a dejarme dormir en toda la noche.
Ah, mis noches… ¡Qué infierno! Si esta dulce niña se asomara, siquiera unos momentos, al tenebroso pozo de mis sueños, ¡cómo se espantaría! ¡Con qué asombrado pánico miraría a su padre!
Así como mis huesos, con los años, han ido echando espinas que me hieren las carnes desde dentro, así los laberintos de mi alma, con las penas, se han llenado de monstruos y pecados que laceran y pudren mi conciencia…
Putas del infierno, demonios coñudos que envenenáis mis sueños… ¡atrás! ¡Atrás os digo! ¡Fuera! ¡Dejad de perseguirme y torturarme! Bastante penitencia tengo ya con mis achaques: el asma, la ciática, las lombrices, los eczemas, la úlcera, los cólicos, la flatulencia, el reumatismo, la hidropesía, las hemorroides, las varices, la migraña, el insomnio…
¿Eres tú, Miranda? Gracias, hija mía. ¿Qué haría yo sin ti? ¿Qué sería de Próspero, con todo su poder, su ciencia y su arte de prodigios… sin estas tiernas manos que endulzan su vejez?
También mis manos secas cultivan y sazonan tu juventud, ¿verdad? Hago crecer con ellas colinas en tu cuerpo, hija mía. Mira, mira tus pechos cómo cantan la obra de mi amor y mi paciencia. Tu espalda se retira blandamente y, de pronto, brotan aquí dos mágicas mejillas. Y tu vientre, Miranda… Tu vientre es la ladera dulcísima que lleva hacia la puerta de la gloria…
Brusco sonido lejano de algo que cae.
¿Qué hacéis aquí vosotros? ¿Quién os ha invocado? ¿Cómo osáis tomar forma en mi presencia sin que mi voz os llame? Desaparece, Ariel. Vuelve a ser aire. Que te esfumes, te digo. Y tú, vil Calibán, mísera tierra: regresa al barro que te pertenece.
¿Te das cuenta, Miranda? Se rebelan. Se encarnan a su antojo, se presentan aquí sin anunciarse, sin pedir permiso… y, para colmo, se atreven a burlarse de mí… ¿De qué os reís, malditos? ¿Qué es lo que os hace gracia?
¿Queréis que os dé con qué reír a gusto? ¿No te acuerdas, Ariel, de los gemidos que lanzabas, prisionero en la hendidura de aquel pino? Tus lamentos, recuérdalo, hacían aullar a los lobos y entraban en el pecho de los airados osos… ¿Quieres volver allí? ¿Quieres que raja un roble y que te entierre en sus entrañas otros doce inviernos?
Para ti, Calibán, puedo encontrar mejor castigo: puedo llenarte el cuerpo de calambres, puedo cambiar tus médulas por arena ardiente y hacer que rujas de dolor, puedo provocarte espasmos infinitos y enviar nubes de abejas a taladrar tu piel…
De nuevo grita, golpes, pasos rápidos, chasquidos.
¡Fuera de aquí los dos! ¡A vuestros antros! ¡Desvaneceos! Volved a vuestras madrigueras pestilentes, que pronto voy a encomendaros trabajo digno de tan buen talante. Animosos estáis, a lo que veo, y con ganas de juego… Pronto podréis jugar hasta agotaros, no os preocupéis…
Hazme una hierba valeriana, hija: me viene la dispepsia nerviosa…
Ya vas a ver, ya vas a ver, Miranda, qué fiesta te preparo. Durará varios días con sus noches, y será la ilusión tan verdadera, tan vivas sus personas, tan reales sus pasos y aventuras, que tú misma dudarás si es o no cierta.
Voy a volcar en ella todos mis poderes. Nunca mi fantasía habrá tejido tapiz tan esmerado. Nunca mi magia habrá creado encantamientos tales. La isla toda se volverá un teatro de ocurrencias. Y tú serás espectadora… y principal protagonista.
También yo me reservo un pequeño papel. Seré un anciano y noble duque de Milán, a quién su pérfido hermano arrebató sus derechos y, en alianza con el rey de Nápoles, gran enemigo mío… digo, suyo… abandonó en el mar sobre un barco podrido, en compañía de su tierna hijita… ¿Me oyes?
Verás cómo te gusta… Haré que salga en ella un joven príncipe, hermoso y lleno de virtudes, que te amará nada más verte, y tú también a él. Y yo, Miranda, bendeciré dichoso vuestro amor. Se llamará… Fernando, por ejemplo. ¿Te gusta el nombre? ¿Verdad que sí? Fernando… Y habrá otros caballeros, miserables los unos, honrados los otros, y merineros, y espíritus y bailes y peligrosos y aventuras…
La excitación le produce ahogo y tos.
Tráeme la vestidura mágica: Voy a empezar a prepararlo todo. Habrá al principio una terrible tempestad, como la que he ensayado esta tarde. Se levantarán los vientos, y encresparán el mar, y cubrirán los cielos de nubes tormentosas, y un barco, desviado de su rumbo por fuerzas misteriosas, será arratrado por la tempestad hasta esta isla donde…
¡Miranda! ¿Adónde vas? ¡Vuelve aquí! ¿No me oyes? ¡Te ordeno que vuelvas! ¿Adónde querías ir? ¿No sabes que ése es un camino prohibido? ¿No te he dicho mil veces que por ahí no puedes, no podemos…?
Pero, ¿qué haces? ¿Te has vuelto loca? ¿Qué te ocurre, Miranda? ¡Miranda, deja eso! ¡No, por favor! ¡Detente! ¡Miranda, no, no, no!
¡Basta, basta, por Dios! ¡Los libros no! ¡Y eso tampoco! ¡No, no, no! ¡Cuidado! ¡Miranda, por piedad!
La voz se aleja, perdiéndose entre sus propios ecos, mientras sigue el estruendo.
¡Ariel…! ¡Calibán…! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Aquí!…
Nada otra vez. Nada siempre. Yo solo. Sólo yo. Y esta sórdida gruta… Triste magia trucada… Telones, candilejas, bambalinas… Mis sueños… mis fantasmas… mis años…, mis achaques: lumbago, estreñimiento, sabañones… Dedicar a la tumba un pensamiento de cada tres…
Quedar aquí cautivo… en isla tan estéril… Dedicar a la tumba un pensamiento de cada tres… Quedar aquí cautivo… En isla tan estéril… Todo se desvanece en el aire… después se ser creado y gozado y sufrido…. ¿Dónde han ido a parar las cataplasmas de mostaza?… Mísero Próspero… mísero… mísero… mísero…