Traducción de Maurici Farré.

 

Entre la ciudad de Roma y la ciudad de Alba
Hubo una lucha por el poder. Rodeando a los combatientes
Se encontraban los poderosos etruscos, armados. Para empezar el combate y antes del esperado ataque
Se situaron frente a los otros en orden de batalla,
Amenazantes. Los generales
Adelantándose a sus ejércitos se dijeron
El uno al otro: Ya que la lucha debilita
Al vencedor y al vencido, echémoslo a suerte
Para que un hombre luche por nuestra ciudad
Contra otro hombre que luche por vuestra ciudad,
Ahorremos los otros para el enemigo común,
Y los ejércitos golpearon sus espadas contra los escudos
Como signo de acuerdo y la suerte se echó.
El destino decidió que lucharan
Por Roma un Horacio, por Alba un Curiacio.
El Curiacio estaba prometido con la hermana del Horacio
Y el Horacio y el Curiacio
Fueron preguntados cada uno por su ejército:
El está/ Tú estas enamorado de tu/ de su hermana.
¿Debemos echar
Otra vez el destino a suerte?
Y el Horacio y el Curiacio dijeron:
No, Y lucharon entre hileras de soldados
Y el Horacio hirió al Curiacio
Y el Curiacio dijo con voz desvanecida:
Respeta al vencido. Yo estoy
Prometido con tu hermana.
Y el Horacio gritando:
Mi novia se llama Roma
Y el Horacio clavó al Curiacio
Su espada en el cuello y la sangre se derramó por el suelo.
Cuando volvió a Roma el Horacio
Transportado por los escudos de la tropa indemne
Y en sus hombros colgando el vestido
del Curiacio que él mismo había matado,
En la cintura la espada del botín,
En las manos ensangrentadas la suya
Acercábasele del lado este de la ciudad
Con paso rápido su hermana y detrás suyo
Su anciano padre, lentamente,
Y el vencedor saltó de los escudos, entre voces
De júbilo
Para recibir el abrazo de su hermana
Pero la hermana reconoció el vestido ensangrentado,
Obra de sus manos, y gritó y soltó sus cabellos
Y el Horacio reprobó la aflicción de su hermana:
Por qué gritas y desmadejas tus cabellos
Roma ha vencido. Ante tus ojos está el vencedor.
Y la hermana besó el vestido ensangrentado y gritó:
Roma.
Devuélveme lo que había en este vestido.
Y el Horacio, teniendo todavía en el brazo
El impulso de la espada
Con la que mató al Curiacio
Y a quién ahora su hermana lloraba,
Clavó la espada aún caliente por la sangre del llorado
En el pecho de la que lloraba
Y la sangre se esparció por el suelo. El dijo:
Vete con él, a quien quieres más que a Roma.
Como toda romana
Que llore por el enemigo.
Y mostró a los romanos la espada por dos veces ensangrentada
Y el júbilo enmudeció. Sólo desde las últimas hileras
Aún llegaban los ecos
De los vítores. Todavía no se habían enterado
De aquel espanto. Cuando entre el silencio de la plebe el padre
Llegó hasta sus hijos
Sólo le quedaba un hijo. El clamó:
Has matado a tu hermana.
Y el Horacio no ocultó la por dos veces
Ensangrentada espada
Y el padre del Horacio
Viendo la espada por dos veces ensangrentada dijo:
Has vencido. Roma
Domina sobre Alba.
Y lloró por la hija, tapándose la cara,
Y cubrió su herida con el vestido
Obra de sus manos, ensangrentado por la misma espada
Y abrazó al vencedor.
Hacia el Horacio ahora
Llegaron los lictores, separaron con haces y hachas
El abrazo, tomaron de la cintura del vencedor
La espada del botín y de la mano del asesino la suya
La por dos veces ensangrentada,
Y uno de los romanos exclamó:
El ha vencido. Roma
Domina sobre Alba.
Y de entre los romanos otro replicó:
El ha matado a su hermana.
Y los romanos gritaron con voces encontradas Honrad al vencedor
Juzgad al asesino
Y romanos contra romanos tomaron la espada en combate
Para decidir si el vencedor había de ser honrado
O el Horacio había de ser juzgado como asesino.
Los lictores
Separaron a los combatientes con haces y hachas
Y llamaron al pueblo a reunirse
Y el pueblo escogió a dos de entre ellos
Para juzgar al Horacio
Y a uno le entregaron en la mano
Los laureles para el vencedor
Y al otro, el hacha, símbolo de la muerte
Hallándose el Horacio
Entre laureles y hacha.
Pero su padre anteponiéndosele
Como gran derrotado, dijo:
Vergonzosa farsa que ni los mismos Albanos
Verían sin avergonzarse.
Rodeando la ciudad se encuentran los Etruscos
Y Roma destruye su mejor espada
Preocupaos por ella
Preocupaos por Roma.
Y de entre los Romanos, uno le respondió:
Roma tiene muchas espadas
Ningún romano
Es menos que Roma o Roma no es nada
Y de entre los romanos otro replicó
Señalando con los dedos la posición del enemigo:
Doblemente poderoso
Es el Etrusco si Roma está partida
En distintos pareceres y juzgando a destiempo.
Y el primero defendió así su opinión:
Acallar una discusión
Es cargar el brazo de la espada
Y encubre el desacuerdo
Debilitando al ejército.
Y los Retares separaron por segunda vez
El abrazo del Horacio, y los romanos se armaron
Cada uno don su espada,
El que portaba los laureles y el que sostenía el hacha
Cada uno con su espada, así, en la mano izquierda
Los laureles o el hacha y en la derecha
La espada. Los mismos fletares
Olvidándose por un momento
De las insignias de sus cargos, colgaron
En las cinturas sus espadas y tomaron
Nuevamente en sus manos los haces y las hachas
Y el Horacio agachóse
Hacia su espada, la ensangrentada, sumergida en el polvo
Pero los fletares
Lo impidieron con los haces y hachas
Y el padre del Horacio también
Tomó su espada y al querer
Alzar con la izquierda la ensangrentada
Del vencedor que era un asesino
Los lictores también se lo prohibieron
Y aumentaron los centinelas de las cuatro puertas.
Y el juicio prosiguió
En la espera del enemigo,
Y el portador de los laureles dijo:
Su mérito apaga su culpa
Y el portador del hacha dijo:
Su culpa apaga su mérito
Y el portador de los laureles preguntó:
¿Se ha de juzgar al vencedor?
Y el portador del hacha preguntó:
¿Se ha de honrar al asesino?
Y el portador de los laureles dijo:
Si se juzga al asesino
Se juzga al vencedor
Y el portador del hacha dijo:
Si se honra al vencedor
Se honra al asesino
Y el pueblo miró al indivisible uno
Autor de los diferentes actos y calló.
Y el portador de los laureles y el portador del hacha preguntaron:
Si lo uno no se puede realizar
Sin lo otro que lo hace irrealizable
Porque el vencedor/asesino y el asesino/vencedor
Son un hombre indivisible
¿Tenemos pues que dejar a los dos
De modo que ésta/éste sea una/un victoria/asesinato sin vencedor/
asesino
Y aceptar que el vencedor/asesino se llama nadie?
Y el pueblo respondió al unísono
(Pero el padre del Horacio no respondió):
Este es el vencedor. Su nombre: Horacio
Este es el asesino. Su nombre: Horacio
Muchos hombres hay en un hombre
Uno ha triunfado por Roma luchando con la espada
Otro ha matado a su hermana,
Sin necesidad. A cada cual lo suyo.
Al vencedor los laureles. Al asesino el hacha
Y el Horacio fue coronado con los laureles
Y el portador de los laureles alzó su espada
Tendiendo el brazo y honró al vencedor
Y los lictores soltaron
Los haces y las hachas y alzaron la espada
La por dos veces ensangrentada con diferente sangre
Y el portador del hacha soltó el hacha
Y los romanos todos
Alzaron cada uno su espada durante tres latidos
Tendiendo el brazo y honraron al vencedor.
Y los lictores envainaron sus espadas
Nuevamente en sus cinturas, tomaron la espada
Del vencedor de la mano del asesino y la soltaron
Otra vez en el polvo, y el portador del hacha arrancó
De la sien del asesino los laureles
Con los que el vencedor fue coronado devolviéndolos
Otra vez a la mano del portador de los laureles y cubrió
Al Horacio
La cabeza con una tela del color de la noche
A la que debía abrazar ya que estaba condenado
Por haber matado a una persona
Sin necesidad, y los romanos todos
Enfundaron cada uno su espada
Y las cuchillas quedaron cubiertas
De modo que las armas
Con las cuales el vencedor fue honrado
No participasen en la ejecución del asesino. Pero los centinelas
De las cuatro puertas, en la espera del enemigo
No envainaron sus espadas
Y las cuchillas de las hachas quedaron al descubierto
Y la espada del vencedor, sumergida en el polvo, ensangrentada.
Y el padre del Horacio dijo:
Este es mi último. Matadme a mí por él.
Y el pueblo respondió al unísono:
Ningún hombre es otro hombre
Y el Horacio fue ejecutado con el hacha
Y la sangre se derramó por el suelo.
Y el portador de los laureles, con los laureles
Del vencedor de nuevo en la mano, arrancados ahora
Y arrebatados de la sien del asesino,
Preguntó al pueblo:
¿Qué hacemos con el cadáver del vencedor?
Y el pueblo respondió al unísono:
Se ha de levantar el catafalco del cadáver del vencedor
Con los escudos de la tropa, salvada por su espada.
Y unieron como pudieron
Lo que no es unible
La cabeza del asesino y el cuerpo del asesino
Separados el uno del otro por el hacha justiciera
Ensangrentados cada uno por su sangre, para unir el cadáver
Del vencedor sobre los escudos de la tropa, salvada por su espada
Sin importarles su sangre, que corría por los escudos,
Sin importarles su sangre en las manos, y oprimieron En su sien el laurel arrancado
Y le pusieron en la mano, con los dedos deformados
Por la última convulsión, su ensangrentada y polvorienta espada,
Y cruzaron sobre el cadáver las espadas desnudas
Indicando que no había de ser mutilado el cadáver
Del Horacio, que había triunfado por Roma,
Ni por la lluvia, el tiempo, las nieves y el olvido.
Y lloraron por él con la cara tapada.
Pero los centinelas de las cuatro puertas
En la espera del enemigo
No ocultaron sus caras
Y el portador del hacha, de nuevo en sus manos el hacha Justiciera,
Aún caliente por la sangre del vencedor
Preguntó al pueblo:
¿Qué hacemos con el cadáver del asesino?
Y el pueblo respondió al unísono
(Pero el último Horacio calló):
El cadáver del asesino
Se ha de echar a los perros
Para que ellos lo devoren
Para que nada quede de él
Pues ha matado a una persona
Sin necesidad.
Y el último Horacio, llorando
De los ojos por dos veces, dijo:
El vencedor al que no hemos de olvidar
Mientras Roma domine sobre Alba, está muerto.
Olvidad al asesino como lo he olvidado yo,
El gran perdedor.
Y de los romanos uno le respondió:
Más tiempo que Roma domine sobre Alba
No será olvidado ni Roma ni el ejemplo
Que se ha dado o no se ha dado
Contrapesando con la balanza del comerciante
O separando límpidamente culpa y mérito
Del indivisible autor de diferentes actos
Temiendo la verdad impura o no temiéndola
Y un ejemplo a medias no es ningún ejemplo
Lo que no se ha terminado verdaderamente
Se convierte en la nada con las riendas del tiempo a paso de cangrejo.
Y le fueron tomados los laureles al vencedor
Y de los romanos unos se acercó
Al cadáver y dijo:
Permite que quebremos tu mano, vencedor,
Pues ya no eres sensible
A la espada que será utilizada
Y de los romanos otro escupió al cadáver y dijo:
Asesino, devuelve la espada
Y la espada fue tomada de su mano
Pero su mano con helada rigidez
Se aferró a la empuñadura de la espada
Con tal fuerza que hubo de romperle los dedos
Al Horacio, para que dejara la espada
Con la que había matado por Roma, y una vez
No por Roma, la ensangrentada una vez de más,
La que por otros hubiera podido ser mejor utilizada
La que había utilizado una vez bien y otra vez no.
Y el cadáver del asesino, partido por el hacha justiciera
Fue echado a los perros, para que
Lo devoraran por completo, para que nada quedara de él
Pues había matado a una persona
Sin necesidad, o por tanta, que no era nada.
Y de los romanos uno preguntó a los otros:
¿Cómo tenemos que mentar al Horacio en la posteridad?
Y el pueblo respondió al unísono:
Se le tiene que mentar el vencedor sobre Alba
Se le tiene que mentar el asesino de su Hermana,
Con un suspiro su mérito y su culpa
Y quien menta su culpa y no menta su mérito
Ha de vivir con los perros como un perro
Y quien menta su mérito y no menta su culpa
Ese, también ha de vivir como los perros
Pero quien menta su culpa en un tiempo
Y menta su mérito en otro tiempo
Diciendo de la misma boca en diferente tiempo otras cosas
O para diferentes oídos otras cosas
A éste se le ha de cortar la lengua
Pues las palabras han de permanecer puras,
Una espada se puede destruir y un hombre
También se puede destruir, pero las palabras
Se hunden en el lenguaje del mundo inabarcable
Haciendo conocibles las cosas irreconocibles
Y lo irreconocible es mortal para el hombre.
Y se colocaron en hileras sin temor a la verdad impura
Esperando al enemigo, testimonio momentáneo
De pulcra separación, sin ocultar el resto
Que no desencadenó el cambio imparable
Y se dirigieron todos de nuevo a su trabajo agarrando junto
Al arado, al martillo, a la lezna y al lápiz.
La espada.