En 1983, El Teatro Fronterizo emprendió -en colaboración con el GAT de l’Hospitalet- la arriesgada aventura de llevar a la escena la obra más conocida y ambiciosa de Herman Melville: Moby Dick. Aventura que, para hacer honor a la verdad, se saldó con un relativo fracaso; aunque, todo hay que decirlo, también con un considerable acopio de experiencias enriquecedoras sobre los poderes y los límites -las fronteras- de la teatralidad.

Quedó también, como saldo, la evidencia de un mundo narrativo, el de Melville, sumamente vigente en sus dimensiones temáticas y en sus innovaciones formales. Un mundo narrativo, asimismo, cuya complejidad estructural y discursiva abre sugestivas incitaciones al trabajo de dramaturgia.

Especialmente uno de sus textos retuvo nuestro interés y, durante los seis años transcurridos desde entonces, reclamó y rechazó una y otra vez nuestras tentativas de dramatización: Bartleby, el escribiente. Escrito en 1853, pocos años después de la desmesurada proeza de Moby Dick, este relato extenso o novela corta parece ofrecer a Melville la posibilidad de concretar y reducir sus recursos narrativos, de afinar sus estrategias discursivas, al tiempo que le permite prolongar y ahondar sus pesquisas en torno a la indescifrable opacidad del mundo y del hombre.

Con una parquedad de elementos verdaderamente ejemplar, Melville se aproxima de nuevo al tema de la permanente lucha de la mente humana contra el misterio, de la obsesión perenne por interpretar los signos de lo real para que nada escape a la férrea soberanía del Sentido. Sólo que, en esta ocasión, la actividad interpretativa no se aplica a la mole inasible y fantasmal de una feroz ballena blanca, depositaria de los deseos y terrores de sus implacables perseguidores, sino a un pálido, humilde y silencioso escribiente llamado Bartleby, inmóvil y como varado en una oscura oficina de New York, alguien que no opone a las amables acometidas de su “perseguidor”, el Abogado, su jefe, más coletazos y dentelladas que una breve frase: “Preferiría no hacerlo”.

Contra esa cortés e inexplicable resistencia pasiva, se estrella una y otra vez la no menos inexplicable cortesía de su superior, que ve tambalearse paulatinamente todo su sistema de normas, valores y referencias, que ve incluso peligrar su reputación profesional, y que no es capaz de oponer a la “desobediencia civil” de Bartleby otra batalla que… la huida.

Texto ambiguo, abierto, polisémico, cuyo humor no elude al patetismo, cuya agudeza intelectual no evita una atmósfera inquietante -que Borges relacionó con Kafka-, y cuyo admirable trazado permite, y aun exige, una dramatización simple, escueta, centrada en la polaridad fundamental del relato: la extraña relación del Abogado y del Escribiente, del Amo y del Subordinado… y la no menos extraña inversión que en ella se produce. Centrada también en la tensión que instaura el prolijo discurso del primero, frente al cuasi-silencio del segundo.

El espectador -como lector- se encuentra confrontado a un doble enigma. Por una parte, la inexplicable conducta de Bartleby, su misterioso hermetismo, su indescifrada pasividad. Pero muy pronto se vuelve también enigmática la aparente transparencia del Abogado, y esa abundosa locuacidad que pretende basarse en el sentido común, en la normalidad, en la racionalidad, se revela paulatinamente como una cortina de humo -de palabras- que deja en la sombra las motivaciones de su locutor.

La intervención dramatúrgica, manteniendo la agilidad del relato y su diversidad de registros y significados, ha tratado de despojar la trama de personajes y situaciones inesenciales. Despojamiento que afecta también a la propuesta escénica, orientada hacia una teatralidad mínimamente espectacular y máximamente significante.

Como en anteriores espectáculos de El Teatro Fronterizo, Bartleby, el escribiente busca apoyarse fundamentalmente en la riqueza del texto original, en la coherencia dramatúrgica y en el rigor del trabajo actoral.