He contestado a menudo a esa pregunta, pero no me molesta apenas contestar otra vez, porque el tiempo se desliza rápido y el pensamiento cambia. El problema de los clásicos es el problema de la memoria social o nacional. En consecuencia, el por qué se vuelve evidente: es indispensable trabajar sobre la memoria social, sobre la memoria de la lengua, sobre la memoria de la cultura, en particular sobre la de nuestro país. Esto me parece evidente: la vida misma de toda acción cultural, artística, consiste en trabajar sobre la memoria histórica de la sociedad y sobre la memoria literaria, artística. No tengo complejos ni nostalgias respecto a esto. Creo que no es necesario “desempolvar” a los clásicos. Si se habla de “desempolvar” es porque se supone que había “empolvamiento”: un objeto intacto cuyo sentido se habría perdido ya que, tras su limpieza y bruñido, se lo vuelve a descubrir tal cual. Es precisamente lo que sucede con los objetos artísticos. O bien se deja el polvo y se continúa como antes, o bien se intenta otra cosa. Pues no sólo hay un polvo que no se puede quitar: hay también alteraciones en el objeto mismo. Un jarrón, si se ha conservado milagrosamente, puede aún servir.

Pero una obra de teatro es una cosa muy distinta. El objeto mismo se ha transformado en lo fundamental, aunque el texto esté perfectamente intacto. Ya no conseguimos leerlo como podían hacerlo aquellos para quien se escribió. Lo que leemos pertenece al orden de la memoria, del recuerdo; ello consiste en hacer que reaparezcan, en el presente de la vida, elementos deformados: de hecho, la correspondencia entre el individuo y el cuerpo social. Se trata de hacer regresar a la conciencia presente todo aquello de lo que sólo se tiene un recuerdo deficiente. Los textos son huella cuyo recuerdo, muy a menudo, se ha alterado, modificado. Ya no sabemos exactamente lo que quieren decir las palabras, ni a quién se dirigían.

Evidentemente, las hipótesis sobre cualquier obra clásica son múltiples, y todas son más o menos buenas; entre todas constituyen la memoria de una nación, de una sociedad, y es precisamente con tales objetos con los que hay que trabajar. No hay que intentar reconstruirlos “tal cual”; por el contrario, hay que esforzarse por hacer reconstrucciones imaginarias. Se trata de hacer comprender al público que el tiempo ha transcurrido, tomando conciencia nosotros mismos de esta perspectiva histórica, y mostrar el tiempo transcurrido en la extrañeza de los objetos que se reencuentra.

De esta manera es como aún se puede hacer funcionar los sistemas de relación entre las personas y entre los personajes. Es necesario mostrar que las relaciones entre personajes encubren otras relaciones: figuras sociales, mitológicas y políticas ocultas. Así se verá que esto alude a elementos cuya clave ya no poseemos. Y lo importante es volver bien extrañas, bien sorprendentes, bien insólitas estas obras, en vez de aproximarlas artificialmente a nosotros mediante la actualización. Es esto lo que da un alimento a la memoria y lo que, en consecuencia, asombra, provoca ese factor de enigma que es un factor fundamental del teatro.

Para mí, uno de los rasgos fundamentales del acto teatral es que aparezca como un enigma, (no como un enigma repulsivo, la palabra alemana Rätsel sería más adecuada) que pide ser resuelto. Interesa que la obra no sea transparente, que no entregue todas sus claves. Debe percibirse como un monstruo llegado de las profundidades de la Historia, de un “ailleurs” (“otro lugar”) por cuyos pasillos se puede circular. Me parece entonces que la contemplación de ese objeto surgido de las profundidades del tiempo posee un carácter enigmático, en el sentido propio del término. Enigmático es el carácter de aquello que va a golpear la imaginación, de aquello que, a su vez, va a quedarse en el recuerdo. A su vez, el nuevo objeto -puesta en escena, espectáculo- va a permanecer en la memoria de los que lo ven, va a convertirse en un punto de referencia en la historia de cada individuo que ha visto una sucesión de espectáculos.

La memoria trabaja sobre esos objetos. Por ello, el trabajo sobre les clásicos, si se considera a los clásicos como nuestra memoria, me parece absolutamente indispensable.

 

Traducció del francès de José Sanchis Sinisterra