ELLA: Soy de dudosa moralidad, ¿sabes?
ÉL: ¿A qué llamas tú una dudosa moralidad?
ELLA: A dudar de la moralidad de los demás.

Marguerite Duras, Hiroshima mon amour

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A finales de los ochenta yo vivía en Londres y trabajaba en una compañía de servicios de catering de alto copete. Uno de los lugares donde solían enviarme era al palacio de Westminster, más concretamente al comedor de la House of Commons, donde me asignaron el ala del Partido Conservador, así que servía la mesa a esa pandilla de pijoteros, entre los que se contaba, naturalmente, Margaret Thatcher. En alguna ocasión barajé la posibilidad de meterle un LSD en la crema de puerros, pues en aquel entonces yo tenía una fe desmedida en la capacidad del LSD para mutar a las personas y, fuera como fuese, entre la guerra de Las Malvinas, el poll tax y demás, estaba legitimado para concluir que era prácticamente imposible que la personalidad de la primera ministra pudiera ir a peor. Por desgracia no realicé el experimento, pero unos cuantos años más tarde imaginé esa posibilidad en una comedia política titulada Caos, la cual puede verse como un lamento-risa de hora y media de duración dedicado a mi falta de audacia en aquellos momentos. Esta anécdota me viene al pelo para preguntarme en voz alta si nuestras obras políticas no son sino un reflejo de nuestra tibieza y falta de audacia en los momentos decisivos.

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Tal vez el acto teatral más político que se ha producido últimamente sea el incendiario discurso de agradecimiento de Harold Pinter por la concesión del Premio Nobel de Literatura. Lo mejor de ese texto es el lugar y la ocasión en que ha sido pronunciado. Es por ello que nos gusta, lo aplaudimos y, en su momento, lo recibimos y reenviamos a toda nuestra agenda de direcciones; no tanto por el texto en sí mismo, que no menciona nada que no supiéramos, nada que uno no pueda encontrar en las páginas del último boletín de Amnistía Internacional. Sin embargo, resulta un alivio que alguien tan significativo socialmente como lo es un premio Nobel se pregunte en voz alta a cuánta gente hay que matar para ser considerado un asesino de masas y un criminal de guerra y, a renglón seguido, proporcione los nombres y las direcciones de Tony Blair y George Bush al Tribunal Penal Internacional. Por supuesto, se trata de un alivio momentáneo, ya que ninguna detención se ha producido y ni ese discurso ni ningún otro van a suponer un cadáver o una mutilación de menos. Este hecho numérico decisivo, de infame contabilidad, me lleva a preguntarme en voz alta si una de las funciones del teatro político no será, precisamente, la de producir ante la audiencia el espejismo de que algo va cambiar y, por tanto, un rebajamiento de la tensión.

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Podríamos decir que hay un teatro político especulativo y que hay otro que interacciona con la comunidad. Mediáticamente a este último no se le presta tanta atención, pero en mi opinión es igual de valioso. Entre mis mejores experiencias teatrales citaría un taller que realizamos en Lebrija en torno a El retablo de las maravillas; nos valimos de ese juguete escénico cervantino para repensar los derechos humanos con la participación de actores no profesionales con algún grado de discapacidad. Asimismo recuerdo con gratitud el montaje que realicé con pacientes del Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Sevilla de una obra que escribí para ellos: El punto. Pero, supongo, me estoy alejando del tema principal.

No nos dice Pinter cuál pueda ser la función de ese teatro político. Menciona la cuestión de pasada y, finalmente, la elude. Sí nos habla, en cambio, del modo de proceder: «Evitar los sermones a toda costa». Claro. «Lo indispensable es la objetividad.» Más discutible, dada la imposibilidad de semejante cosa. «Hay que dejar que los personajes respiren por su cuenta.» Por supuesto, pero, en fin, nada que uno no deba tener en cuenta cuando se enfrenta a cualquier otro tipo de teatro. Sigue diciendo Pinter: «La sátira política no se adhiere a ninguno de estos preceptos». Vale, pero tomemos una de las más ejemplares obras de arte de los últimos años, Fahrenheit 9/11, de Michael Moore, y recordemos las impagables las imágenes en las que George Bush, a tiempo real, está siendo informado del ataque a las Torres Gemelas: hilarantes, grotescas, increíbles y ¿satíricas? No, no son satíricas, no pueden serlo, nos decimos, porque a quien vemos en la pantalla es a la persona de carne y hueso. Si un genial dramaturgo hubiera tenido la ocurrencia de representar ese momento a través de una ficción dramática del modo exacto en que ocurrió, es seguro que el público —y el mismo Pinter, que parece atribuir cierta inteligencia a Bush, cuando lo cierto es que desempeña su cargo no tanto por su cociente intelectual sino justamente por lo contrario: por ser manejable— hubiera pensado que el escritor estaba haciendo una especie de sátira. En realidad toda la película, todo el entramado, parece una gran sátira. Lo que una vez más me conduce a preguntarme en voz alta si el Idiota Criminal, un linaje que viene de lejos y es posible rastrear desde el principio de la historia, no es sino la figura interpuesta entre nosotros y el poder.

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Casi a mi pesar tengo que admitir que varias de las obras teatrales que he escrito pueden ser consideradas piezas de tema político, y no sólo eso: tienen como personajes a hombres cuyas decisiones afectan a millones de personas y cuyas acciones principales son, por tanto, acciones políticas. Me puedo preguntar por semejante elección, y la única respuesta, sincera aunque insuficiente, es que lo hice por motivos estéticos, esto es, que en cada uno de los casos tuve una intuición de índole dramática al respecto. Ofreceré algunos ejemplos:

Los borrachos: la ciencia y el poder. Leyendo la autobiografía de Otto R. Frish encuentro un par de líneas que llaman mi atención. En ellas se da noticia de una cena que tuvo lugar el seis de agosto de 1945 en el principal hotel de Santa Fe, capital de Nuevo México, para celebrar el lanzamiento de la primera bomba atómica no experimental sobre el mundo. Los celebrantes no son sino los científicos —varios premios Nobel entre ellos— que durante los años anteriores se habían encargado de hacer técnicamente factible un sueño, una hipótesis científica: la fisión del átomo, cuya primera forma fue la de la muerte. No existen más referencias documentales a esta cena macabra.

Los enfermos: la política y el poder. Está ampliamente documentado que Hitler tenía un gran interés en que sus enemigos no encontraran su cadáver y, para ello, se valió de distintas estrategias, ninguna de la cuales dio buen resultado; asimismo está documentado que uno de los puntos que debatieron Churchill y Stalin tras la caída de Berlín fue quién se iba a quedar con el cadáver del dictador.

Grande como una tumba: el arte y el poder. Reparo en que una de las únicas cosas positivas del reinado de Felipe IV fue su predilección por Velázquez.

Yo, Satán: la religión y el poder. Imagino un papa que, valiéndose del dogma de su infalibilidad, pone en aprietos a la institución que representa.

A posteriori es sencillo, o al menos no tan arriesgado, formular una poética, buscar coartadas, como si la elección de los temas hubiera sido premeditada. Podemos, por ejemplo, invocar al arte del actor, siempre entregado a luchar por algo más o menos inasible en ese espacio de máxima significación física y verbal que es el escenario y etcétera; o podemos invocar la naturaleza asamblearia del teatro y etcétera, o alguna otra cosa que se nos ocurra. Lo único cierto es que no sé por qué me fije en esos temas; lo único cierto es que fabular en torno a ellos me proporcionó el ímpetu indispensable —y el placer, por tanto, y el dolor que conlleva todo placer, claro está— para acometer la obra.

Los temas políticos han nutrido una buena parte del mejor teatro occidental. A la literatura dramática le resulta difícil zafarse de la política y, en realidad, a todo el arte, acaso porque uno de sus valores es el de ofrecer oposición al discurso oficial.

Una de las tareas primordiales del político profesional es la de construir un relato de los hechos que resulte más convincente que el formulado por sus rivales con la finalidad de perpetuarse en el poder; la pretensión del dramaturgo, en cambio, es mucho más modesta y apenas tiene consecuencias: contar los hechos de forma que sean significativos y reveladores de un determinado estado de cosas y, muy especialmente, de la forma en la que el poder actúa, nos miente y nos somete.

 

Notas:

El título corresponde a una cita de Noam Chomsky, de su libro 11/09/2001.

Caos está editada en la colección de la SGAE; se estrenó en el Teatro Alcázar de Madrid en el 2000 con dirección de Eduardo Fuentes y, posteriormente, en México en el Teatro Poliforum con dirección de Víctor Weinstock.

Los borrachos: Premio Tirso de Molina 1993, finalista del Premio Nacional de Literatura, Premio Ercilla al mejor montaje del año, con dirección de Alfonso Zurro. Estrenada posteriormente en México, Chile, Argentina, Italia y Francia.

Los enfermos: Premio Born 1996, editada por Bitzoc y estrenada con dirección de Pitus Fernández y, posteriormente, en La Abadía y en Francia.

Grande como una tumba: Premio Caja España 2000. Estrenada con dirección de Pepa Gamboa.

Yo, Satán: Estrenada en el 2005 con dirección de Álvaro Lavín y, en noviembre de este año, en Venezuela.