Es un tópico decir que la obra de arte trasciende a su creador y adquiere una vida autónoma, independiente del destino biográfico de quien la produjo. Es un tópico, ciertamente, cuando se aplica a aquellas obras cuyo soporte material -arcilla, mármol, lienzo, papel, celuloide…- asegura su permanencia y su transcurso más allá del gesto creador. Pero en ese arte de lo efímero que es el teatro, el tópico se convierte en paradoja, casi en contrasentido.

¿Cómo afirmar la autonomía de un producto estético que sólo existe encarnado en el quehacer instantáneo de sus creadores? ¿Cómo hablar de permanencia, de independencia de un espectáculo con respecto a quienes lo erigen, en un espacio y en un tiempo concretos, a golpes de músculo y aliento? ¿No es evidente que la obra representada se esfuma, se desvanece, se extingue tras la propia representación, y que sólo resurge en la pura inmanencia de su circunstancial repetición? ¿Dónde, pues, la pretendida trascendencia?

Y, sin embargo, algo de esto puede aplicarse a Ñaque. En cierto sentido -que es también un sentido incierto, oscuro-, Ñaque nos trasciende, persiste como algo autónomo, contingente, duradero, más allá de los avatares vitales de quienes lo creamos, pronto hará diez años. Parece vivir al margen de la voluntad y del destino de cada uno de nosotros que, en el trascurso de esta década, hemos transcurrido por caminos diversos, hemos envejecido, nos hemos dispersado, transformado, cansado… para volvernos a encontrar inevitablemente, fatalmente, una y otra vez -hasta casi cuatrocientas- como al imperioso conjuro o llamado de este pequeño monstruo, de este tierno fantasma, de este modesto, efímero artefacto que responde por Ñaque.

Es tal como lo digo -apenas exagero-: es él quien nos convoca porque, como de todos es sabido, esa vaga entelequia llamada EL TEATRO FRONTERIZO ha carecido, entre otras muchas cosas, de capacidad para rentabilizar y explotar, ni siquiera artísticamente, sus éxitos y fracasos.

Los dieciséis espectáculos producidos -la mayoría de ellos en precarias condiciones- durante sus doce años de inestable existencia, esos dieciséis desiguales jalones que recuerdan el trayecto recorrido por EL TEATRO FRONTERIZO, han ido quedando a nuestras espaldas. Pero Ñaque se empeña en saltarnos al pecho a cada vuelta del camino, nos asalta, tozudo, con remotas misivas, intempestivas citas en Liubliana, Torino, Manizales, Lisboa, Maguncia, Caracas… y ello después de habernos arrastrado por imposibles locales del cinturón rojo de Barcelona, de la parda estepa castellana, de las verdes vegas andaluzas…

También nos ha aupado, es cierto, hasta suntuosas salas de algunas grandes capitales. Pero, justo es decirlo, algo parece incomodarle ante tan repulidos auditorios metropolitanos. O viceversa. No aguanta mucho tiempo el dorado y el rojo de ciertos coliseos. Su vocación es nómada, suburbial, fronteriza: llegar hoy a un lugar más o menos desaliñado y partir mañana con el alba, dejando una memoria de risas desabridas, de silencio agridulce, de sudor y piojos.

A veces lo olvidamos. Juntos o separados, los que urdimos aquel tosco artificio nos vamos embarcando en proyectos de más altos vuelos, de más rica andadura, de más o menos riesgo. Pero él no nos olvida. Con los oídos alerta, espera agazapado en Dios sabe qué limbo de tercera clase hasta que, inopinadamente, renace de su polvo y sus cenizas como un Ave Fénix de astroso plumaje. Y nos obliga a recordarle, a recordarnos, a recrearle, a recrearnos.

También nos obligó durante un tiempo a procurarle nueva encarnadura. Cuando los tumbos de esta mudable profesión separaron a los actores que le dieron origen, hubo que encontrar otros capaces de arrastrar el arcón de sus pingajos por nuevos derroteros. Con carne y sangre frescas, siguió negándose al olvido y la muerte… hasta reunir de nuevo a sus antiguos amos… ¿O esclavos?

Y, de pronto, han pasado diez años. Diez años de vida. ¿Quién los ha dado a quién? ¿Hemos estado haciendo Ñaque estos diez años, o Ñaque nos ha estado haciendo a nosotros, confrontándonos una y otra vez -hasta casi cuatrocientas- con aquellos que fuimos? ¿Qué cúmulo de rostros, de lugares, de temores, de gozos, de pérdidas, de dones, han inscrito su huella en nuestra piel, al hilo intermitente y persistente de este fugaz encuentro de Ríos y Solano?

Vosotros que ahí, en la semipenumbra de la sala, ejecutáis el solemne rito de mirar y escuchar, si acaso estuvisteis también allí aquella noche, pronto hará diez años, cuando Ñaque nació, o en algún otro de sus avatares, acompañadnos esta noche en el recuerdo. Si no estuvisteis, si compartís hoy, por primera vez, esta rara, paradójica aventura de un ser efímero que se empeña en durar, acompañadnos en la esperanza. Empiezo a sospechar que, efectivamente, los piojos son inmortales.