Estamos ensayando Lúcid, de Rafael Spregelburd, en el Casal Català de Buenos Aires, en pleno barrio de San Telmo, donde la historia y la belleza se conjugan. Se trata de una producción de la Sala La Planeta de Girona, con equipo artístico catalán y director/autor argentino. Aprovechando esta ocasión (he venido hasta aquí, mi ciudad natal, a hacer la ayudantía de dirección en este proyecto), el equipo de redacción de (Pausa.) me propone que escriba algo sobre la actividad teatral porteña. Intento implicar a los actores, pero aquí sólo apetece zambullirse de pleno en la movida que te ofrece la ciudad. (Aparte de comer bife de chorizo y algún alfajor de dulce de leche…) «Què explicarem quan tornem? Com explicar això? Només pots dir a la gent que ha de venir… Venir a Bs. As. a veure teatre…» [¿Qué contaremos al volver? Cómo explicar esto? Sólo puedes decir a la gente que tiene que venir… Venir a Bs. As. a ver teatro…] Y reflexionar una vez que hayamos vuelto… ¿Qué podemos aprender ? Comparaciones aparte, es inevitable sentir cierta envidia sana, sobre todo por la gran cantidad de salas independientes en las que en Buenos Aires es posible hacer teatro. Autores y directores de todo tipo presentan sus obras en espacios que parecen improvisados. Espacios algunos más pequeños o precarios que el Antic Teatre de Barcelona o Àrea Tangent. La otra noche, por ejemplo, vimos Crave, de Sarah Kane, dirigida por Cristian Drut, en un local más pequeño que el antiguo Malic, con apenas iluminación, casi sin lugar para el «escenario»… Teníamos a los actores tan extremadamente delante de nuestras narices, a un metro más o menos, que si no hubieran actuado con credibilidad, el defecto hubiera sido proporcional a la cercanía: extremo. Sin embargo, la verdad teatral y la entrega de los actores era tal que la cercanía supuso un elemento a favor.

Hemos visto unas treinta obras y sólo dos veces hemos ido a un teatro oficial.

Las escuelas de teatro están llenas de alumnos, son muchos los dramaturgos jóvenes que escriben y que empiezan a ensayar sus obras antes de haberlas acabado. Los autores/directores trabajan con un margen para la improvisación, generalmente ensayan con los actores a horas indecentes, actores excelentes que no cobran por ensayar. Buenos Aires permite probar, permite experimentar, permite contrastar, permite crear. Eso sí: poquísimas veces permite vivir del teatro.

En Buenos Aires existe esa franja alternativa e independiente —que, por otra parte, está considerada una franja teatral prestigiosa, la mayoría de las veces más admirada por los críticos y los propios artistas que la franja oficial o comercial— donde los dramaturgos se forman. Está claro que uno aprende teatro haciendo teatro, y haciéndolo desde la libertad y el riesgo creativo. Ni en las escuelas oficiales se aprende a hacer teatro ni tampoco en los teatros oficiales. En las escuelas oficiales, el exceso de academicismo coarta a los alumnos, los mantiene en una especie de burbuja pedagógica donde priman más los planes de estudios, las calificaciones y los créditos académicos que las manifestaciones artísticas personales. Por otra parte, a los teatros grandes, tanto oficiales como comerciales, uno debería llegar cuando ya ha podido experimentar en un espacio más independiente. Si no, los jóvenes artistas se ven obligados a seguir desde muy pronto las fórmulas teatrales preconcebidas y el gusto de la institución o las exigencias del teatro comercial. En Buenos Aires, en cambio, hay más lugar para el riesgo. Y lo digo en todos los sentidos. De los cuatro actores argentinos que allí preparan la versión argentina de Lúcido, sólo una actriz (mal)vive más o menos del teatro.

No se trata de idealizar la realidad argentina ni mucho menos, ya que basta recordar las crisis continuas que ha sufrido este país para querer salir corriendo. Sin embargo, y no entraremos ahora en afirmaciones maniqueístas tales como «la necesidad hace al artista» o «la falta de recursos estimula la creatividad», sí que es llamativa la gran variedad de teatro que ofrece esta ciudad, la calidad e interés de muchas de las obras y, sobre todo, la cantidad envidiable de público teatral de todas las edades que va a ver los últimos estrenos. El público es exigente con sus autores, espera mucho de ellos.

Los autores, por otra parte, se dirigen a un público real, no a una entidad política. Hacen teatro para la gente. La relación público-autor es más directa. También más asidua.

No es de extrañar que la movida teatral argentina sea una de las más interesantes a escala internacional y que los autores argentinos estén siendo solicitados por los teatros más importantes del mundo.

Esta ciudad está viva. A veces me hace pensar en la movida madrileña, en la España de la primera democracia… Cuando se tenía la sensación de que algo nuevo era posible. No se sabe hacia dónde va esta ebullición, muchos comentan que después de la crisis del 2001 la recuperación ha sido demasiado precipitada, y que pronto «todo se irá al carajo»… Otros hablan de la «continua corrupción»… Sin embargo, y siempre mientras tanto, Bs. As., entre su caos y su inestabilidad, es una verdadera cantera de artistas.

A continuación publicamos un texto breve que, entre ensayos, salidas al teatro y «romances porteños», ha escrito una de las actrices de Lúcid. Cristina Cervià hace un repaso de los espacios alternativos más importantes de Buenos Aires.