[1]Para mí, la ópera sigue siento una representación de cuentos de hadas para mentes no infantiles, pero sí abiertas a la ingenuidad y a la fantasía, ya que la ópera nos abre un mundo que es exclusivamente teatral; no es televisión o cine, en los que la cámara se mete por todas partes y nos muestra una realidad que tiene lugar en ese momento… En cambio, estos espacio de telones pintados nos abren una enorme margen a la fantasía, nos invitan a sentarnos, a relajarnos y a ver un mundo completamente diferente a través de esa ingenuidad que hay en la escenografía.

Yo sostengo, desde mi punto de vista, que esta tendencia moderna (aunque ahora parece que volvamos a lo que era en un principio la escenografía), que este modo de construir [Kraus se refiere a las escenografías volumétricas construidas con materiales industriales] tiene sus inconvenientes, ya que olvida lo que era —para mí y para todo el mundo entonces— el elemento principal de la ópera, la voz. Con la utilización de materiales absorbentes, la voz se queda desamparada. Las antiguas escenografías, en cambio, servían de caja de resonancia del mismo modo que el suelo de teatro —de madera y vacío— hacía de resonancia y reforzada lo más importante —vuelvo a decirlo— en la ópera: la voz.

[1] Extracto de una entrevista del programa Entorno de TVE dedicada al Liceu. En L’escenògraf J. Mestres Cabanes. Consorci del Gran Teatre del Liceu, 1994.