Lo teatral nunca ha tenido que ver con las palabras “espectáculo” o “espectador”. Lo teatral se refiere, directamente, a las palabras “presencia” y “ausencia”.

Quizás lo específico del sentimiento teatral se produzca allí donde algo venga reconocido simultáneamente presente y ausente. Algo está ocurriendo ahora, pero fue en otro tiempo; algo sucede aquí, pero es en otra parte; se asiste a algo, pero llega representado; brota algo en el aire, pero ya estaba escrito.

¿Qué otro nombre puede tener ese sentimiento para distinguirlo netamente del espectáculo, para impedir la complacencia beata y convencida en la imagen, para rechazar su funcionamiento como productor de “nuevo público”, participativo, entusiasta, moderno y bobo?

El nombre verdadero y propio de lo teatral es: “tiempo”. Lo teatral no es sino la imagen consciente, construida, de la experiencia de la temporalidad. Es en la experiencia del tiempo donde se constituye esa impracticable relación entre lo que hay y lo que falta. El gesto teatral, como re-presentación, como vuelta a hacer presente, no es sino la figuración ritual, simétrica e invertida, del tiempo, su construcción.

Por eso lo que se despierta en el sentimiento teatral no es una comunión soldada alrededor de la escena, sino todo lo contrario, una dispersión entre quien asiste y cuanto ocurre, y una quiebra en el interior mismo de cuanto está ocurriendo. Nietzsche llamaba “desgarro” a ese espacio abierto entre escena, coro y espectador, y exigía un vacío que preservara cada aislamiento, que permitiera el desarraigo, la afirmación de lo extemporáneo, de lo intempestivo. Después, otros han llamado a esa pausa “descarte fecal”, “grito” o, más cerca nuestro, “frontera”.

 

1.”Agonía” no es lento desfallecimiento, corriente fluida cada vez más escasa y debilitada, continuidad que se apaga, agotada. Es, por el contrario, “1. Lucha o combate. 2. En lenguaje corriente, ansia del moribundo” (Moliner).

“Agonía” es lucha, combate o ansia.

De “agonía” se producen palabras como “antagonista” o “protagonista”.

La referencia, dicen los sabios, procede de las fiestas agonales, donde los romeros griegos representaban en su procesión las disputas entre los dioses, dialogando sus forcejeos.

En el principio del acto del protagonista, en el principio de lo teatral, pues, hay una doble escisión. Lo que se conmemora es un enfrentamiento. Y la conmemoración no es lo que se conmemora, sino otra cosa -y por ser otra cosa está enfrentada a lo que se conmemora.

 

2.”Tiempo” no es transcurso, corriente lineal irrefrenable, continuidad acompasada, hilo de medir.

Esa es la imagen de tiempo que han adoptado los dominadores para conseguir medir a los dominados, ¿pues qué, si no el tiempo de nuestras vidas, quiere medirse cuando se mide el paso por el cielo del sol, la luna y los planetas? Medir quiere decir descalificar lo medido, secar, matar, vaciar de toda dimensión excepto una, aquella que permita registrar el paso de la vara de medir por los lomos del medido.

Por el contrario, quien vive es incapaz de medir y definir su tiempo: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me pregunta, no lo sé”. (Agustín de Hipona)

El proyecto histórico de una sociedad sin clases, de una vida histórica generalizada, es el proyecto de una extinción de la medida social del tiempo, en provecho de un modelo lúdico de tiempo irreversible de los individuos y de los grupos, modelo en el cual están simultáneamente presentes tiempos independientes federados”. (un revolucionario de nuestro tiempo)

Contra el tiempo lineal, discursivo, vacío, encadenado, hay que imaginar esos tiempos independientes federados, simultáneamente presentes, como forma de nuestra vida.

 

3.”Agonía” y “tiempo” son palabras.

“Palabra” no es algo que esté disuelto en el lenguaje, no forma un flujo derramado, una corriente continua de expresión de la consciencia y el cuerpo.

Las palabras no expresan cosas -sentimientos, paisajes, sucesos…-, sino que las representan, las significan: expresan, por lo tanto, la ausencia de las cosas, sólo caben en el espacio abierto por la ausencia de las cosas.

(Frente a la presencia, como sabe bien el místico, no cabe la palabra -sólo la exclamación: –¡Oh!)

La palabra sólo tiene lugar en la representación. Es la representación. Alguien que supo de representaciones -Bertolt Brecht- lo escribió en su diario: “En el principio no era la palabra. La palabra está al final. Es el cadáver de la cosa.” La palabra es la partícula de lo teatral. Y, viceversa, no hay teatralidad sino allí donde se reconozca abierta, tras la palabra, esa sombra vacía que sustituye a las cosas.