Dice Wittgenstein que los hechos pueden despertar nuestras emociones, pero debe existir algo más que un hecho para que haya ética. El arte sería un hecho, pero no sería ética. Dice Wittgenstein que nada de lo que podamos pensar o decir es ética (esa cosa), porque si un hombre pudiera escribir un libro de ética que fuera realmente un libro de ética, éste libro destruiría todos los libros del mundo mediante una explosión. Dice Wittgenstein que nuestras palabras solo pueden expresar hechos, pero no ética, del mismo modo que una taza de té solo puede recoger una cantidad limitada de líquido, aun cuando vertamos en ella litros y litros. «La taza de té solo recogerá en ella la cantidad de agua que coge en una taza de té, aun cuando vertiera sobre ella un galón», dice Wittgenstein. De modo que la ética en sí no existe, tan solo la aspiración ética, generalmente asociada a la ambición intelectual. Para Wittgenstein el bien absoluto es una quimera, el bien absoluto sería todo aquello que la gente, independientemente de sus gustos o emociones, habría de producir o sentirse culpable por no producir. Si la ética es una quimera, entonces el lenguaje es incapaz de expresar el absoluto, y como consecuencia, el lenguaje se convierte en el cerco de nuestra expresión, el lenguaje es la jaula que nos impide expresar lo ético. Después del siglo XX se demostró que el bien absoluto no existía, pero paradójicamente sí podía existir el mal absoluto. Al contrario que sucedía con el bien, el lenguaje se acomodaba al mal absoluto sin ponerle cerco alguno, porque el mal absoluto exigía exclusivamente un lenguaje primitivo, de manera que nos quedó una sensación de insuficiencia de la palabra. El siglo XX empezó a carecer de sentido. Lo mismo se puede decir de este principio de siglo XXI, donde los conceptos de seguridad, libertad y defensa han quedado de nuevo unidos a la barbarie, y la justicia ha quedado vinculada a la venganza imitando tiempos remotos. Las cosas carecen de sentido cuando todavía no hemos encontrado una expresión correcta para ellas, la obra consiste en la búsqueda de la expresión correcta para todas aquellas experiencias que van más allá del lenguaje, más allá de lo que el lenguaje nos permite expresar. El pensamiento es el estado de crisis —es decir, el estado de búsqueda— que precede a la palabra, pero siempre precede a la palabra insuficiente, relativa, no absoluta. Así también lo expresa Auden en los siguientes versos: «…no hay palabra escrita del puño del hombre que pueda detener la guerra / ni estar a la altura del alivio / de su inconmensurable desdicha». De todo ello se deduce que el arte (el hecho del arte) no puede hacer más que establecer una discusión entre lo absoluto utópico y lo real relativo. Politizar la estética significa proponer una teoría sobre el bien, sobre lo bueno, a pesar de que la taza de té de Wittgenstein solo recoja el agua que coge en una taza de té. La catástrofe de nuestra época obliga a todos los ámbitos a reclamar la intervención del pensamiento, y uno de esos ámbitos es el estético. Sin lo bueno, aunque sea lo bueno relativo, la estética no existe. El placer estético solo ocurre cuando se produce la revelación del dolor y la alegría de los hombres. Esta revelación es lo bueno. Lo moderno es la bondad. Lo contemporáneo es la bondad. Sin lo bueno la estética deviene en forma autorreferencial y vacua, en esteticismo estéril, y por estéril también perverso, también culpable. Somos conscientes del tamaño de la taza de té. Verteremos galones y galones de agua que no cogerán en la taza de té, pero de alguna manera hay que resolver la tensión entre la desesperanza y el milagro ético, puesto que la ética, según Wittgenstein, es un asunto sobrenatural.

Hace poco tiempo me encontré con la taza de té de Wittgenstein, reconocí la taza de té de Wittgenstein en mi entorno más próximo, el entorno familiar, y por demasiado próximo resultó también demasiado doloroso, demasiado frustrante. En las noticias televisadas estaban informando de un nuevo naufragio y ofrecían cifras alarmantes no solo de africanos ahogados en su desesperado viaje hacia nuestras costas, sino de africanos que ya llegaban muertos dentro de los barcos a causa del hambre, la sed y el frío. Aparecían madres que ya nunca más habían vuelto a saber de sus hijos. Lloraban y mostraban las fotos de aquellos jóvenes y trágicos viajeros que compensaban el miedo con una valentía titánica, una valentía incomparable, una valentía que jamás nos atreveríamos a rozar ni siquiera con nuestra miserable sombra. No me canso de hablar de estos héroes, hermanos de Aquiles. No me canso. Me da vergüenza vivir la época de esta nueva aniquilación, la época en que la economía se ha convertido en una de las formas del crimen, y no voy a cansarme de repetirlo. No, no me canso. Pues bien, aparecían las madres mostrando las fotos de sus hijos cuando la persona que se alojaba por unos días en mi casa me preguntó enfatizando la palabra estos: «Angélica, ¿tú crees que si los negros estos tuvieran dinero, algo más de dinero, tu crees que estos vendrían todos y nos invadirían como los chinos?». Lo dijo con un desprecio, una superioridad y una ignorancia atroces. Se me revolvió el estómago. Me atreví a balbucear sin saber muy bien lo que iba a decir: «No se trata de invasión, sino de convivencia». Mi interlocutor hizo ascender una flema desde sus bronquios hasta la boca mediante un carraspeo ensordecedor y amasó el esputo con la lengua durante unos segundos antes de volver a tragárselo y conducirlo al estómago. Era como si hubiera querido untar su garganta de viscosa contundencia antes de rematar el diálogo con un ofensivo «¡Ya, convivencia!». Me quedé en silencio y continué poniendo los platos y los cubiertos sobre la mesa, impotente, lisiada. Este individuo había visto dos veces Y los peces salieron a combatir contra los hombres, uno de los Actos de Resistencia Contra la Muerte, allí donde hablábamos de los africanos ahogados, allí donde intentábamos verter toda la compasión de la que éramos capaces, convencidos de que, por supuesto, nuestra compasión no estaba a la altura del sufrimiento humano, pero albergando cierta fe en el milagro de la mejora del hombre, la mejora de los sentimientos del hombre. Dos siglos de teorías evolucionistas intentando derribar la idea de inmutabilidad tanto en la ciencia como en la educación, la economía, la política y las ciencias sociales no pueden pasar por encima del mundo sin sembrar la esperanza, aunque sea mínima, en la mejora del hombre. La cuestión es: ni una sola gota de Y los peces… había podido entrar a formar parte de la taza de té de mi ceñudo y fatuo huésped. Este no había conseguido sustituir su taza por una en la que cogiera una gota más. Y los peces… tampoco había conseguido sustituir su taza por una en la que cogiera una gota más. Una sola gota más. Los galones de agua sobrante no se desplomaron sobre su taza sino sobre mi cabeza, sobre mis buenas intenciones, sobre mi discurso, sobre la aspiración de ética, sobre el arte, sobre lo bueno y lo bello… Una vez más me di cuenta de que el arte era, además de un hecho, un derecho de expresión individual, el gran derecho de expresión individual, y de que, más que mejorar al hombre, su función consistía en medir el grado de tolerancia de una sociedad, y el respeto que esa sociedad tiene por la expresión individual; es decir, consistía en medir la capacidad de la taza de té de Wittgenstein.

Esta anécdota me hizo pensar en aquella masa proletaria soñada por Walter Benjamin. Benjamin deseaba un arte en el que lo político venciera sobre lo religioso. El arte comenzaría a ser cuando se emancipara de lo aurático, lo sagrado, para penetrar en lo profano. Benjamin soñaba con una masa proletaria postaurática, ejemplo del progreso moral del hombre. Pero mi propio entorno, mi propio entorno proletario-familiar, en su mayor parte espectadores de Y los peces…, y a su vez el gran entorno de mi entorno proletario-familiar, empantanado por deplorables discursos racistas y estereotipos intolerantes, me certifica con una falta de piedad verdaderamente violenta el sueño malogrado de Benjamin. A la masa no le interesa lo más mínimo el hecho arte, ya sea sagrado o profano. La masa proletaria benjaminiana ha sido cancelada por una masa intransigente, orgullosa de su ignorancia, narcisista, puesto que solo busca reconocerse en la propia masa, ver su cara repetida en un millón de caras, la masa satisfecha de sí misma, la masa-emperador, sin intención de realizar esfuerzo alguno para mejorar, puesto que se considera perfecta, incluso óptima, la masa-Pangloss. La masa que apela a la libertad de expresión para ondear estandartes xenófobos y desalmados. La masa que se apropia de la moral para condenar los derechos civiles. Una masa que no solo no se rebela contra aquello que la adocena y la encadena al estereotipo maligno, sino que lo reclama con todas sus fuerzas, lo imita y lo defiende. Busca lo obtuso y se siente feliz con ello. La masa proletaria benjaminiana ha sido sustituida por la masa consumista, devoradora de ocio perverso. El arte postaurático, pervertido por el mercado, lejos de perfeccionar las reglas morales con las que debe conducirse el hombre, ha sido destructivo, aniquilador, enajenador. La sumisión de la masa al mercado, en eso se ha transformado el sueño del arte profano, el arte postaurático. Se ha reducido la capacidad de la taza de té a límites increíbles. Esa reducción es la cultura. ¿Qué lugar ocupa Y los peces… en medio de esta orgía paralizante? Me pregunto, ¿llegar a la masa es una de las funciones políticas del arte? No lo creo. Todo me empuja hacia el individualismo, un individualismo responsable, el individualismo como resistencia civil, como derecho a la libertad de expresión, y vuelvo a preguntarme: ¿cómo compatibilizar el individualismo con la responsabilidad social? Por encima de todo creo en la educación. Mientras la educación siga siendo mediocre, la relación con el arte será mediocre, o no existirá relación. La educación tiene que luchar contra la cultura. Las artes deben luchar contra la cultura. El individualismo debe luchar contra la cultura. La utopía debe luchar contra lo cultural. El ideal postaurático benjaminiano se ha transformado en cultura. La masa es cultura. La cultura hoy es igual a ínfimo, a estatismo. Se inclina por lo cuantitativo en detrimento de lo cualitativo. La cultura existe porque nadie pone al lenguaje en situación de crisis. Nadie crea lenguaje. Thomas Bernhard ha sido uno de esos pocos que han puesto en una situación de crisis al lenguaje, porque solo sometiendo el lenguaje a un estado de crisis puede tener lugar la revelación, esa aproximación a lo ético mediante lo estético. La crisis existe gracias al pensamiento. Donde no hay pensamiento no hay crisis. ¿Cogerán estas palabras de Maestros antiguos en nuestras pequeñas tazas de té? «Una buena cabeza es una cabeza que busca los defectos de la Humanidad, y una cabeza extraordinaria es una cabeza que encuentra esos defectos de la Humanidad, y una cabeza genial es una cabeza que después de haberlos encontrado, señala esos defectos encontrados, y con todos los medios a su disposición, muestra esos defectos.» Tal vez solo queda señalar. Por supuesto señalar sin ánimo de genialidad, señalar sin esperanza. Como dice Camus en La peste, solo nos queda la contabilidad, es decir, contabilizar a los muertos, porque buscar, señalar y mostrar los defectos de la Humanidad irá irremediablemente acompañado de la inmensa frustración que nacerá del enfrentamiento del arte con la cultura.

Por supuesto, sería injusto hacer solamente responsable a la masa de la aberración cultural que demanda. La masa es más bien la prueba de la existencia de una clase de políticos, gestores y mercaderes de execrable categoría moral, carentes de ambición artística o intelectual. Esta cita de Los miserables de Victor Hugo puede arrojar algo de luz: «… estas palabras, […], mendigo, canalla, populacho, prueban, ¡ay!, más bien la culpa de los que reinan, que la de los que padecen; más bien la culpa de los privilegiados, que la de los desheredados.» La persona que me expresó su preocupación por la invasión de los negros ronda los 65 años. Es la prueba de que Franco hizo bien su trabajo. El dictador dejó como herencia una masa bruta, una masa de lacayos, ignorantes y bárbaros que para ocultar tanta basura espiritual solo cuentan con la basura de su arrogancia. Franco masacró la sensibilidad y la inteligencia de toda una generación, generación que paradójicamente todavía recuerda al asesino con nostalgia y le agradece incluso haberles hecho como son.

Cuando finalicé el primer borrador de este artículo acorralé a mi pareja para que lo leyera y me diera su aprobación. Pero lo que más deseaba era hacerle la siguiente pregunta: «¿Crees que G. se enfadaría si lo leyera?». Entonces Sindo me contestó sin titubear: «No, no podría enfadarse porque jamás se reconocería, está tan orgulloso de sí mismo que jamás, jamás se reconocería».