Hay pocas obras tan perfectamente estructuradas como las de Samuel Beckett y sin embargo, la primera impresión que éstas nos causan es de confusión, de extrañeza, a veces incluso de “caos” y la obra que vamos a comentar es un buen ejemplo de ello. No obstante, como luego veremos, bajo el “caos” superficial encontramos una forma perfecta, que el autor consigue mediante la repetición de imágenes, temas y motivos que estructuran la confusión aparente. Beckett mismo nos explica en parte su método cuando habla de la tensión que existe en todas las artes contemporáneas entre, lo que él denomina: “la confusión y la forma” y añade: “Lo que digo no significa que en lo sucesivo no habrá forma en el arte. Significa solamente que habrá una forma nueva, y que esta forma será de tal género que admita el caos y no intente decir que el caos es en el fondo otra cosa. La forma y el caos permanecen separados… Encontrar una forma que incluya la confusión: tal es actualmente la tarea del artista”.

En todas sus obras, Beckett ha tratado de delimitar y estructurar el “caos” real que se da en la experiencia humana, de modos muy diversos, tendiendo siempre a expresar más, con menos palabras. En su teatro esto lo consigue, además de con su magistral uso del lenguaje, mediante la presentación de unas imágenes escénicas tan penetrantes y concretas que consiguen un impacto en el espectador muy superior a los medios empleados para su creación. Las características principales de sus espacios escénicos son: escenarios casi vacíos, un mínimo de gestos y palabras junto con un uso original y fascinante de la luz y oscuridad escénicas. Con un mínimo de recursos técnicos, suprimiendo todos los elementos que considera superfluos, Beckett consigue crear unas situaciones, casi arquetípicas, en las que cada palabra, gesto o silencio, adquieren una expresividad infinitamente superior a lo que estas palabras, gestos o silencios indican. Sus últimas piezas teatrales duran quince minutos o media hora y, sin embargo, como cuenta Martin Esslin, refiriéndose a Yo no, “Contiene una sustancia temática, que otros escritores hubiesen necesitado tres o cuatro horas de escena o una novela de quinientas páginas (¡por lo menos!) para abarcar, y moldea ese caudal de sufrimiento humano, toda una vida de experiencias humanas, en una imagen tan expresiva, tan gráfica, en palabras tan deslumbrantemente significativas, que un mero cuarto de hora es suficiente para decirlo todo.” Escrita en marzo de 1972, Yo no es sin duda una de las obras más impresionantes del teatro beckettiano. Tratar de interpretar Yo no fuera de su contexto escénico, es prácticamente imposible, pues lo más importante de la obra es la impresionante imagen escénica que Beckett ha creado, para dar vida a unos temas y motivos ya bien conocidos por el lector/espectador beckettiano, como son: la brevedad de la vida, la soledad, la falta de amor, el sufrimiento, y sobre todo la obligación que parecen tener sus personajes de contárselo todo a otra persona.  Quizás una de las razones de la continua repetición de temas dentro de sus obras, la da el propio autor cuando en un artículo sobre pintura moderna escribe con su peculiar ironía: “Felizmente no se trata de decir lo que todavía no se ha dicho, sino de repetir con la mayor frecuencia posible y en un espacio cada vez más reducido, lo que ya se ha dicho antes Sino se aburre a los “amateurs”.

Yo no es un buen ejemplo de este “repetir… en un espacio cada vez más reducido”. En un espacio escénico en casi total penumbra oímos una voz, ininteligible en un principio y que se hace algo más clara cuando descubrimos su procedencia. La voz procede de una boca que es un círculo de luz en la oscuridad a casi tres metros de altura del nivel del suelo. Es Boca la protagonista de la obra, que habla constantemente. A la izquierda de la escena y casi formando parte de las sombras, descubrimos a un segundo personaje: el Auditor. Una figura gris, de perfil, alta y encapuchada que parece haber salido de uno de los Caprichos de Goya, o de un cuadro de Zurbarán. Este personaje con el rostro totalmente cubierto por una capucha, tiene unas dimensiones totalmente sobrehumanas al estar de pie sobre un “pedestal invisible” al parecer totalmente concentrado en escuchar lo que boca dice. Aunque la imagen teatral de Yo no es completamente original, sin embargo, nos encontramos ante una situación típica dentro del teatro beckettiano: dos personajes, uno que habla constantemente y otro que escucha y apenas responde. En esta obra el Auditor es totalmente mudo. Esta pareja, Boca y Auditor nos recuerda a Winnie y Willie en Los días felices (1961). En esta obra, Winnie, hundida hasta la cintura en un montículo de arena en el primer acto y hasta el cuello en el segundo, habla constantemente a su marido Willie que permanece prácticamente invisible durante toda la obra, excepto por su sorprendente aparición final, y que contesta a su mujer pocas veces y casi siempre con monosílabos. El espacio escénico, no obstante, es totalmente distinto. En Los días felices la protagonista está rodeada de una luz radiante, no hay sombra alguna en la escena. Esta “luz infernal” como Winnie la llama, se convierte en una no menos “infernal oscuridad” en Yo no. Hay otras muchas diferencias, quizás una de las más significativas es que los recuerdos del pasado que Winnie evoca le ayudan a pasar el tiempo y por lo general son recuerdos agradables, es más, Winnie nunca niega que estos recuerdos pertenecen a su propia vida. Boca por el contrario niega constantemente que la historia que nos cuenta sea la suya, de aquí el título de la obra: Yo no. Sin embargo, a medida que su relato avanza, la situación de la mujer que describe se va pareciendo cada vez más a la imagen escénica que estamos contemplando, por lo que, para el espectador, es claro que lo que Boca cuenta es su propia vida, aunque ella lo niegue cuatro veces en el transcurso de la representación, siempre del mismo modo: “¿Qué?… ¿Quién?… ¡no!… ¡Ella!”. A estas repetidas negaciones el autor las denomina “negativa vehemente de abandonar la tercera persona”, que es una característica de sus últimos protagonistas, -igual en sus novelas, que en su teatro-, todos rehúyen el pronombre personal de primera persona: “yo”, y se escuchan tras una segunda: “tú”, o tercera persona, “él/ella”, aunque, como hemos dicho, tarde o temprano el escudo cae y vemos al personaje detrás de la máscara.

Lo más impresionante de Yo no es el maridaje escénico entre Boca, una boca iluminada en constante movimiento y Auditor, una gigantesca figura, muda e inmóvil, excepto por un ligero movimiento de los brazos después de que la protagonista niegue que lo que narra es su vida. A este leve movimiento, repetido cuatro veces en la obra, Beckett lo llama: “un gesto de impotente compasión”. Esta sorprendente imagen escénica, parece haber surgido de una combinación de dos vivencias que impresionaron profundamente al autor. Por un lado la contemplación de un cuadro de Caravaggio, El Degüello de San Juan que vio en la catedral de Valetta (Malta), según el propio autor le dijo al profesor Knowlson en una carta fechada el 30 de abril de 1974. La segunda imagen es la de una figura solitaria, cubierta totalmente con una túnica, inmóvil, apoyada contra una pared, que Beckett vio desde un café en Túnez, cuando pasaba allí sus vacaciones. Al parecer el personaje era una mujer que esperaba la salida de su hijo del colegio, aunque a Beckett le pareciese que estaba escuchando algo atentamente. Lo importante en este caso, es saber que Yo no igual que el resto de las piezas teatrales beckettianas surge de unas imágenes reales, concretas y que las palabras, el texto de la obra, nacen posteriormente, adecuándose y completando dichas imágenes. El texto de Yo no es una sucesión de frases, en muchos casos inacabadas, separadas -o quizás unidas- por puntos suspensivos, que forman parte del texto de la obra y no son pausa, en el sentido teatral. Como espectadores tenemos la impresión de que Boca no para ni siquiera para respirar. Las primeras palabras de la obra son: “…fuera… a este mundo… este mundo… criatura pequeñita… antes de tiempo… en un aguje- …¿qué?… ¿niña?… sí.. niña pequeñita… a este… fuera a este… antes de tiempo… agujero olvidado llamado… llamado… no importa… padres desconocidos… desaparecidos… él se esfumó… como el aire… nada más abrocharse la bragueta… ella igualmente… ocho meses más tarde… casi al instante… así ningún cariño… se libró de eso…

Boca nos cuenta el nacimiento prematuro de una niña, de padres desconocidos, ya que como puede verse el padre la abandona en el momento de su concepción y la madre, nada más nacer. Esta niña nunca fue amada, las frases: “ningún cariño” o “ninguna clase de cariño”, se repiten frecuentemente en la obra. El comentario caustico que hace la narradora al respecto es “se libró de eso”. Las líneas citadas son una clara muestra de la maestría con la que Beckett mezcla la tragedia y comedia en sus obras. La situación que presenta es ciertamente trágica: una niña abandonada en el momento de su nacimiento, pero la manera de narrar este abandono es claramente cómica: “él se esfumó… como el aire… nada más abrocharse la bragueta… ella igualmente… ocho meses más tarde… casi al instante”. De esta manera el autor nos hace reír, justo en uno de los momentos más tristes de la obra, corroborando así una vez más, la famosa frase de Nell, en Fin de partida (1975),: “nada es tan divertido como la desgracia”. La sonrisa desaparece pronto de nuestros labios cuando oímos que esta niña, sin darse cuenta, pues no le ha sucedido nada significativo en toda su vida, se transforma en una mujer de setenta años, que un buen día se encuentra en la más completa oscuridad. La brevedad de la vida humana, la proximidad de nacimiento y vejez -o muerte-, son temas recurrentes en la obra beckettiana. Estos temas no se presentan nunca de una manera retórica, Beckett es un poeta, no un filósofo, sino mediante imágenes teatrales concretas y con un lenguaje de una expresividad y belleza poco comunes. La voz narradora de Yo no, Boca, después de contarnos el nacimiento de la niña, pasa a describirnos la situación presente de la anciana de la siguiente manera: “… se encontró en la oscuridad… y si no exactamente… insensible… insensible… ya que todavía podía oír el zumbido… por llamarlo así… en los oídos… y un rayo de luz que apareció y desapareció… apareció y despareció… como los rayos de luna… trepidando… entre las nubes fugaces…

Aparte de la indudable belleza de las palabras, lo importante de esta descripción es que la anciana del relato, el Auditor y el espectador, parecen encontrarse en la misma situación. El Auditor está en la penumbra de la escena y el espectador en la de la sala. Ambos, como la anciana del relato, están oyendo un murmullo en la oscuridad, el torrente de palabras que Boca llama “el zumbido”… y viendo un rayo de luz en el continuo movimiento, al parecer posado en los labios de la protagonista. Esta es otra característica del teatro de Beckett. En todas sus obras personajes y espectadores comparten, aunque sólo sea brevemente, la misma situación, y dadas las situaciones ciertamente extrañas que el autor nos presenta, esto no deja de ser una ironía por su parte.

Entremezclados con reflexiones acerca de la situación presente de la protagonista del relato, que coinciden casi siempre con la imagen escénica que estamos viendo, Boca nos cuenta los momentos del pasado que parecen haber quedado grabados en la mente de su personaje. Uno de estos recuerdos nos presenta a una mujer solitaria y silenciosa que sobrevive llevando la lista de la compra escrita en un papel y luego esperando en la cola de un supermercado hasta que le devuelven su cesta llena: “Entonces paga y se va… ni siquiera un adiós”.  En otro recuerdo la misma mujer está sentada en “Croker’s Acres”, viendo cómo se humedecen las palmas de sus manos. “…lágrimas probablemente… suyas probablemente… nadie más en millas”. La última imagen del pasado es una especie de juicio en el que la mujer tiene que confesarse, “…culpable o no culpable… en pie mujer confiesa mujer…”, pero ella como de costumbre permanece en silencio. Estos recuerdos del pasado están intercalados con la experiencia presente que es lo que constituye la parte más importante de la obra. Boca nos narra los esfuerzos que hace la protagonista para entender su situación actual. Primero piensan que el estar forzada a hablar continuamente en la oscuridad, quizás sea un castigo, “por algún pecado… o por todos… o por nada en particular…”. a estas reflexiones las llamará “vanos razonamientos”. Lo único claro para ella es, “el zumbido en el cerebro” y “el rayo de luz”. Este zumbido lo conforman sus propias palabras pues no sabe lo que dice, la mayoría de las veces, por esos su voz es más un ruido que lenguaje coherente. A veces esta voz le parece tan extraña que piensa que no es la suya, hasta que “… poco a poco ella sintió… sus labios moviéndose…”. Al sentir el movimiento de sus labios, no tiene más remedio que admitir las palabras que escucha como suyas. En otro momento nos describe sus sensaciones: “…Todo el cuerpo invisible… sólo la boca… labios… mejillas… mandíbulas… ni …¿qué?… ¿lengua?… sí … labios… mejillas… mandíbulas… lengua… ni un segundo inmóviles… boca ardiendo… torrente de palabras…”.

Esta descripción nos da la imagen central de la obra. Como ya he señalado anteriormente las experiencias de la protagonista narradas por Boca coinciden a menudo con la experiencia del espectador. Lo narrado y lo observado son equivalentes. Los esfuerzos que hace Boca para acabar su historia, sus dudas y vacilaciones, expresadas en los continuos “¿qué?” del relato y las múltiples preguntas que ella misma se formula y trata de contestar, se reflejan por así decirlo en los esfuerzos que hace el espectador para entender el torrente de palabras procedentes de la boca iluminada en la escena. Por eso nos identificamos totalmente con Boca cuando oímos: “… todo ese… torrente continuo… esforzándose a escuchar… y comprenderlo… y sus propios pensamientos… comprenderlos”. La boca escénica presta voz a nuestros pensamientos. El espectador comparte también la angustia de Boca por acabar su relato y por no identificarse con la protagonista de una vida tan absolutamente estéril como la narrada.

Yo no es una obra que consigue un impacto sensual que afecta verdaderamente a nuestro sistema nervioso. En este sentido consigue lo que su autor se propuso. Beckett dijo a la actriz americana Jessica Tandy, protagonista de la obra, que esperaba que ésta afectara “los nervios del público, y no su intelecto”. La obra es la expresión dramática de un caos interior y este se refleja perfectamente en escena en el caos verbal de la voz y en el febril movimiento de la boca. Ambas cosas consiguen poner los nervios del espectador verdaderamente de punta, por esto quizás es una obra tan breve, pues sería imposible exigir al espectador el nivel de concentración que esta pieza exige, por más de los quince minutos de su duración. También sería imposible encontrar a una actriz que pudiera representarla si la obra durara más tiempo. No es de extrañar que los críticos, a la vez que ensalzan la originalidad de la obra y su impresionante imagen escénica, todos coinciden a alabar “las actuaciones virtuosas de Jessica Tandy, Billie Whitelaw y Madeleine Renaud en “este papel tan exigente”. La velocidad y la claridad con que las actrices de Boca tienen que decir el texto forma parte de esta dificultad, junto con la ausencia total de pausas. Billie Whitelaw ha señalado: “no hay tiempo para respirar; la caja torácica late con violencia y es insoportablemente doloroso; yendo a esa velocidad los ensayos; …Ahora sé lo que sienten los deportistas cuando sus músculos están fatigados”. El torrente de sonido que es el texto se va haciendo inteligible de una manera musical, gracias a la repetición continua de palabras y frases, a la estructura cíclica de la obra que aunque no se repite de nuevo, como Comedia, el espectador queda convencido cuando se corre el telón que Boca continúa ahí en la oscuridad contando su historia ad infinitum, ya que es capaz de identificarse con ella.