Dentro del canon reductivo que caracteriza a toda la obra beckettiana, Compañía (1979) es una magnífica excepción, difícilmente imaginable después de los textos cortos que la preceden, recogidos en: Pour finir encore et autres foirades, (Minuit, 1976). Escrita entre mayo de 1977 y agosto de 1979, Compañía es sin duda la mejor obra narrativa de Samuel Beck­ett desde Comment c’est (1961). Incluyo en esta valoración sus dos últimas novelas: Mal vu mal dit (Minuit, 1981) y Worst­ward Ho (John Calder, 1983). Compañía fue escrita origi­nalmente en inglés y luego vertida al francés por el propio au­tor. Beckett es quizás un caso único en la historia de la litera­tura de escritor perfectamente bilingüe, que escribe todas sus obras dos veces en dos lenguas diferentes, alcanzando un nivel de perfección equiparable en ambas lenguas. Se puede afirmar, sin embargo, que la mayoría de sus obras narrativas tienen el francés como primera lengua, así como sus piezas teatrales están, con pocas excepciones, escritas originalmente en inglés. Al convertirse en traductor -“recreador” es una palabra más adecuada- de sus propias obras, Beckett se asegura, en cierto modo, contra la falsificación que suponen las traducciones.

A principios de los sesenta se da un cambio importante en el estilo narrativo beckettiano, el autor decide acabar con el todo­poderoso narrador de Molloy, Malone muere y El innombrable y sustituirlo por una voz impersonal que se limita a repetir lo que oye. Así, Comment c’est, por ejemplo, no es más que una larga cita, donde el protagonista no hace sino repetir lo que otro le dicta: “lo digo como lo oigo”, es la frase más recurrente en esta novela. Después de esta obra, Beckett escribió una serie de relatos cortos que él mismo calificó de Residua, en los que en voz pseudo-objetiva habla de un tercer personaje generalmente mudo e inmóvil. Surge así la dicotomía, voz por un lado e imagen del protagonista por otro, dúo típico de la última narra­tiva beckettiana. En Compañía Beckett convierte a este dúo en un trío al conceder a la voz de la memoria -las “escenas del pasado”, como el autor las llama en el manuscrito de la obra- un espacio narrativo equiparable al de la voz de la imaginación, es decir, la que nos relata la vida actual del protagonista, que no es sino un receptor escéptico de dichas voces.

El tema central de la novela es la búsqueda de compañía; las imágenes del presente y los recuerdos del pasado se evocan, mejor dicho se inventan, con el único propósito de hacer com­pañía al “oyente”, como se denomina al protagonista. El relato avanza por medio de preguntas, respuestas, hipótesis, nega­ciones y afirmaciones que, como diría Molloy: “se niegan in­mediatamente o más tarde o más temprano”. Todos los narra­dores beckettianos se plantean innumerables preguntas que se esfuerzan denodadamente en contestar sin llegar nunca, sin embargo, a una respuesta aceptable. En Beckett no se afirma nada ni se niega nada, o lo que es lo mismo, se afirma y se niega todo al mismo tiempo. El suyo es un terreno de arenas movedi­zas al excluir el sí y el no de sus respuestas y sustituirlo por un quizás. En Compañía, por ejemplo, el narrador se esfuerza inútilmente, para que el “oyente” reconozca el pasado que se narra como suyo. El truco que emplea es unir pasado y presente -ya que el protagonista parece reconocer que la voz se dirige a él cuando habla en presente-.

Así, afirma: “viste la luz primera en tal y tal día y ahora yaces tendido de espaldas en la oscuridad”. El protagonista reconoce que está tendido en la oscuridad, ya que siente “la presión que siente sobre sus huesos”, sin embargo nunca acepta, aunque tampoco niega, la fecha que se da de su naci­miento. El conflicto realidad-ficción en Beckett queda casi siempre resuelto en favor de la ficción como realidad, de aquí en en Compañía los recuerdos de un pasado “real”, acaben pareciéndonos tan “ficticios” como la historia del protagonista, de cuya creación somos testigos. Gracias a la maestría narrativa de Beckett, el lector siente los esfuerzos, dudas frustraciones del escritor en el momento de dar forma a su obra, al igual que sus vacilaciones a la hora de escoger la palabra o frase más adecuada, siendo, probablemente, el único creador que ha escrito obras maestras mostrando, paradójicamente, la inadecuación del lenguaje para escribir tales obras.

Racine decía que: “toute invention consiste á faire quelque chose de sien”. Al reducir la situación y condiciones físicas de sus personajes hasta extremos tan insólitos como en Com­pañía, Beckett condena a sus narradores a inventar una historia partiendo prácticamente de la nada. Se nos detallan minuciosa­mente las condiciones físicas del protagonista y las dimen­siones del espacio cenado donde habita, con el corrosivo sen­tido del humor beckettiano que, afortunadamente, vuelve a aparecer en esta novela. El narrador se autodenomina “the crawling creator”, (el creador a gatas), y piensa que para mejo­rar al “oyente” podría dotarle de: “un intento de reflexión… de habla… todo ello claro está sin pérdida de carácter”. En otro momento quiere obsequiar a su criatura con “una mosca viva que le confunda con un muerto”. La autoparodia ha sido siempre una fuente de humor en las obras de Beckett y una de sus imágenes favoritas es presentar al novelista como un “cadáver viviente”, aislado y escuchando voces en la oscuri­dad.

Se da una curiosa coincidencia entre los recuerdos del pasado que aparecen en esta novela y algunos episodios del pasado del propio Samuel Beckett, tal como lo narra Deirdre Bair en su biografía del escritor[1]. Esto es posiblemente un guiño irónico por parte del autor de Compañía que piensa que contar deliberadamente el pasado es mentir, ya que todos somos “víctimas del tiempo” que transforma con su movilidad a todos los seres vivientes. Para Beckett, el pasado sólo se recu­pera de una manera casual, por asociaciones de ideas o por la repetición inconsciente de sensaciones similares, lo que él llama en su ensayo Proust (1931), “memoria involuntaria”. Esta clase de memoria recupera el pasado de una manera más fidedigna, que la “memoria voluntaria”, ya que actúa antes que nuestros hábitos y rutinas tengan la oportunidad de intervenir. Buñuel dice en sus maravillosas Memorias que el pasado se re­cupera por “uno de esos azares del subconsciente que trabaja incansablemente en la oscuridad”. Todos los recuerdos de Compañía  parecen ser “azares del subconsciente”, es decir, momentos del pasado rescatados de una manera involuntaria y sensorial.

Las imágenes y las palabras acompañan ciertamente al pro­tagonista de Compañía. Cuando el relato acaba éste tiene que enfrentarse con su propia soledad, “alone”, (solo), es la última palabra de la novela. El lector comparte la soledad del prota­gonista cuando las palabras se acaban, las palabras becke­ttianas que son, especialmente en esta obra, una excelente “compañía”.

[1] Deirdre Bair: Samuel Beckett, a Biography, Jonathan Cape, Londres, 1978. Esta biografía ha sido duramente criticada por los mejores críticos de Beckett, ya que la autora llega a conclusiones de dudosa evidencia, dando así una falsa imagen del biografiado y de su obra.