Malgrat la dramàtica situació econòmica en què es troba sumida Grècia des de l’inici de la crisi, l’activitat escènica ha mantingut aquests darrers anys una certa vitalitat creativa. Aquest article analitza els diversos factors històrics que expliquen la situació actual així com la paradoxal situació escènica que viu el país hel·lè, on grans produccions i festivals finançats amb diners públics conviuen amb un teatre independent cada cop més endeutat i empobrit i els grans èxits del teatre comercial que tan sols busquen el favor majoritari del públic.

Durante el invierno más pobre de los últimos años, el de la temporada 2012-2013, en Atenas se estrenaron más de 600 obras de teatro en más de 180 espacios. unas 150 de ellas fueron reestrenos del año anterior. La temporada que empezó a principios de octubre de 2012 y duró hasta el junio de 2013 fue, económicamente hablando, la más dura de los últimos años aunque la más prolífica a nivel de creatividad.

Entonces, ¿qué? ¿No hay crisis en Grecia? ¿No hay crisis en el teatro griego? La respuesta es simple, y la dio por adelantado en 1963 el primer ministro Geórgios Papandréu (el abuelo del homónimo ex primer ministro de Grecia [2009-2011]): «Los números prosperan, pero los griegos se empobrecen». Cincuenta años después, esta divisa refleja exactamente las condiciones en el teatro griego. Vamos a ver si los números dicen siempre la verdad.

 

Los actores

En Grecia, aparte de las dos escuelas estatales (la del Teatro Nacional de Atenas y la del Teatro del Norte de Grecia, con sede en Salónica), existen hoy más de 35 escuelas de teatro privadas y un número todavía mayor de talleres de teatro. Los prerrequisitos para matricularse en ellas, el nivel de los estudios o su modo de funcionar son aspectos que no vamos a examinar aquí, aunque merecería la pena. El resultado es que cada año contamos con más de 1.000 nuevos actores.

Según Andreas Manolikakis[1], «el boom en la demanda de estudios de interpretación empezó en 1989 con la irrupción de la televisión privada y de las primeras series, así como del dinero y la publicidad que traían consigo. Las escuelas privadas empezaron a aparecer una tras otra y a llenarse con gente que soñaba con ser estrellas de la televisión en primer lugar y del teatro o del cine en segundo. La televisión privada, junto con las revistas de televisión y la prensa rosa, crearon las nuevas «estrellas» para promocionar sus producciones —de pésima calidad la mayoría de veces— y llenar sus páginas. Crearon un «pseudo star system» local, que hizo creer a la gente que el oficio del actor era algo fácil, brillante y provechoso. Aumentó enormemente el número de actores, un número que sigue creciendo al no existir ninguna restricción para que cualquiera pueda actuar, con o sin título oficial de estudios de interpretación. El chiste «¿eres actor? ¿en qué bar trabajas?» ilustra la realidad profesional de la mayoría de los actores griegos, sobre todo en estos últimos cinco años de la crisis, en los que la televisión privada ha dejado de hacer series y prefiere importarlas de Turquía porque son muy baratas (y además, muy populares).

Teniendo en cuenta, pues, la enorme oferta y a la vez la poca demanda de trabajo, el paro no es algo nuevo para la mayoría de los actores griegos. A esa situación insostenible tenemos que añadir los recortes en las subvenciones estatales (si todavía podemos hablar de subvenciones, ya que las compañías aún no han cobrado ni un euro por producciones ya montadas desde hace 15 meses) y el riesgo de cierre de muchas salas alternativas al no cumplir con las normas de funcionamiento establecidas por el Ayuntamiento de Atenas, en virtud de una ley de 1948. Pero el verdadero talón de Aquiles del oficio, según Manolikakis, es su propia asociación (SEH), «que funciona como portavoz de los partidos políticos o como sindicato de artistas sensibles que no pueden cumplir con los requisitos legales, legislativοs, disciplinares y de organización. Aunque los dirigentes de la asociación han sido casi siempre miembros del Partido Comunista, y a pesar de los muchos actores que han sido elegidos diputados en el Parlamento —como es el caso de Melina Mercuri—, el actor fue y sigue siendo víctima de múltiples violaciones en los contratos de trabajo, trabaje donde trabaje. El problema del actor no se limita hoy en que cobra la mitad de lo que cobraba antes de la crisis, si es que trabaja. El principal problema fue y sigue siendo la falta de mecanismos de control por parte de la asociación para proteger al actor del productor explotador, que en muchos casos es también actor. Mecanismos para vigilar si hay contrato, si el sueldo y la seguridad social se pagan y, si es así, si se pagan a tiempo. Si el sindicato no puede garantizar este derecho básico, entonces no tiene por qué existir. Y si los actores no pueden unirse en esta cuestión fundamental, entonces merecen la suerte que tienen. Por supuesto, la crisis económica es responsable del deterioro de las condiciones muy difíciles del actor. Sin embargo, los principales culpables son todos aquellos que durante décadas han dejado al actor sin protección y a merced de los comerciantes, todos aquellos que convirtieron en hobby una profesión que produce cultura».

En estas condiciones, los actores griegos siguen haciendo teatro para mantenerse activos, «para no volverse locos», juntándose y levantando por su cuenta montajes, arriesgando menos, como dicen, porque así por lo menos la cosa depende de ellos mismos y no de un productor, quien luego ni siquiera contesta a sus llamadas para pagarles una miseria varios meses después de que haya acabado el montaje. Así es cómo llegamos la temporada pasada a los 600 montajes. De esos, hubo muchos que terminaron antes de lo previsto, por falta de público, a pesar de que casi todas las salas bajaron los precios de la entrada e hicieron más ofertas. Hubo compañías o actores que actuaban con solo dos o tres entradas vendidas y el resto eran invitaciones de emisoras de radio o de páginas web. Otra vez los números prosperan, pero los actores se empobrecen.

 

El repertorio

Gran parte de los montajes fueron comedias de varios tipos y obras de teatro político, que parece haberse reafirmado en los últimos tres años. Bertolt Brecht y Dario Fo fueron la temporada pasada los autores extranjeros con mayor presencia en la escena griega. Durante los tres últimos años se ha puesto de moda estrenar versiones teatrales de películas. El año pasado se estrenaron más o menos 12 grandes éxitos del cine, desde los años setenta (Kramer contra Kramer) hasta el siglo XXI (La vida de los otros), siempre en busca de la receta del éxito.

Otra «moda» que ha surgido a raíz de la crisis son los monólogos: en la revista de ocio de más tirada de Atenas, Acinórama, podemos contar ni más ni nada menos 35 en la temporada pasada. El bajo coste, la posibilidad de una gira que puede realizarse fácilmente y la esperanza del actor de poder lucirse explican también esta moda. Algunos de ellos fueron grandes éxitos el año pasado que se repitieron, elogiados y premiados por la crítica y el público, como es el caso de El sinaxario de Andréas Kordopátis, cuyo protagonista, Antonis Antoníu, ha sido galardonado con el premio del público de la revista antes mencionada. Es la historia real de un griego que emigra a América en 1903.

Los musicales tienen siempre su público, y el año pasado uno de los grandes éxitos fue la versión griega de Chicago, que va a repetirse de cara a la próxima temporada, junto con 11 nuevas grandes producciones musicales. Cabe también mencionar otro musical, esta vez griego, basado en la vida del gran compositor Mikis Theodorakis, que fue un gran éxito. Ya ha terminado sus funciones en Atenas, actualmente está de gira por Grecia y su última función se hará en presencia del mismo Theodorakis en la isla de Makrónisos, la isla árida e inhabitada donde estuvo exiliado el compositor durante la guerra civil (1946-1949).

La producción más discutida de la temporada pasada fue sin duda la del Teatro Nacional (en coproducción con el Piccolo Teatro de Μilán): Robert Wilson dirigió la Odisea de Homero, una producción original y en griego con una pléyade de los mejores actores del país. Un montaje impresionante, típico del arte del director estadounidense, un espectáculo para toda la familia. No obstante, levantó una gran polvareda entre la gente de teatro y periodistas respecto a su coste (el presupuesto total fue de unos 800.000 euros, 588.000 a cargo del TN y 200.000 a cargo del Piccolo Teatro) y a la necesidad que el TN se decantase por una producción tan costosa mientras el país está al borde de la quiebra y las compañías de teatro privadas no habían recibido las subvenciones prometidas (y siguen sin haberlas recibido todavía, como ya hemos mencionado).

En el Festival de Atenas-Epidauro 2013 que acaba de terminar (junio-agosto) los números muestran que el público aumentó este año en todas las funciones. Las salas se llenaron muchas veces al 100%, excepto en el teatro de Epidauro porque, para ir al «teatro más bello del mundo», uno tiene que pagar no solo la entrada, sino también el viaje, cuyo coste desde Atenas es bastante alto (si calculamos gasolina, peajes, comida, y posible alojamiento, porque las funciones terminan a las 23.30-24.00 y no es fácil volver a Atenas la misma noche). Robert Wilson fue invitado por el festival con su montaje The Old Lady, protagonizado por Mijail Baryshnikov y William Dafoe y llenó cuatro veces la sala grande de la Fundación Onassis (con aforo para mil espectadores) donde se presentó. La superproducción de la Ilíada de Homero, el poema escrito más antiguo de la literatura occidental, dirigida por Stacis Livacinós, fue otro éxito del festival y, cómo no, seguirá sus funciones la temporada próxima, además de presentarse en varios festivales y teatros en el extranjero.

 

La temporada próxima. Conclusiones.

En un mes empieza la nueva temporada teatral. Una temporada más incierta que nunca, a todos los niveles. Ya se han anunciado unas superproducciones musicales, las funciones que tuvieron éxito van a repetirse y actores y directores jóvenes, en grupos o solos, están buscando las soluciones más baratas para estrenar sus producciones: 1) utilizan espacios alternativos; 2) hacen coproducciones con el propietario del espacio para evitar el alquiler; 3) para evitar los impuestos, no venden entradas, sino que el público paga «a voluntad», en una caja; 4) por supuesto, tienen un segundo trabajo para asegurarse unos ingresos mínimos, y 5) en lugar de la práctica teatral individual, prefieren unirse y formar un grupo de teatro.

¿Es posible que todos esos espacios teatrales se llenen de público? La respuesta es: ¡un «no» contundente! «¡No tengo ilusión!», dice el joven director Vasilis Nulas, de la compañía Nova Melancholia. «No vivimos de nuestro trabajo en el teatro. Al contrario, ¡el mismo teatro vive de nuestro segundo trabajo!»

Queridos amigos, si todo lo que acabáis de leer sobre la crisis y el teatro griego os parece una paradoja, no olvidéis, por favor, que las tres palabras, crisis, teatro y paradoja, nacieron en Grecia. ¡y siguen viviendo aquí, junto con la tragedia, la comedia y otras peripecias de nuestro país!

 

[1] Andreas Manolikakis es director del posgrado de la Actors Studio Drama School (Master of Fine Arts) en Pace, universidad de Nueva York, profesor de dirección y actuación y miembro del Consejo de Administración del Actors Studio.