Autor: Daniel Veronese
Editorial: Cuerpo de Prueba 1, Ed. Atuel Teatro. 2005
Personajes: Gómez, Rodríguez, Fermín, Hija y Luis
Espacio: casa de Rodríguez, Luis e Hija

Sinopsis: Gómez dice haber sido secuestrado por un grupo de hombres desconocidos y haber sido trasladado en coche a casa de su hermano Luis. La acción empieza ya en la casa de Luis, su esposa Rodríguez y la hija de ambos. Gómez aparece allí de repente, ahogándose, desubicado, sin saber dónde está. Rodríguez lo recibe sin dar crédito a su explicación sobre el secuestro y creyendo que simplemente los visita sin previo aviso. Fermín, un vecino amigo de la familia, llega preguntando por la Hija, a la cual quiere acompañar a la plaza. Rodríguez le dice que la Hija no está. Sin embargo, una escena siguiente nos muestra que la Hija y Luis están en el piso de arriba. Más tarde, descubrimos que Fermín es el conductor del coche que ha secuestrado a Gómez, aunque él declara que actuaba bajo las órdenes de unos «desconocidos». Una familia desestructurada e infeliz que, a medida que avanza la acción, va desvelando detalles que oscurecen cada vez más la relación entre sus integrantes: un vínculo pasado de amor entre Gómez y Rodríguez; tocamientos de Fermín a las mujeres de la casa; una relación pésima entre Luis y Rodríguez; una posible adopción —o apropiación— de la Hija; pertenencia y uso de armas; un barrio decadente… Al final, Gómez, el «secuestrado», es expulsado a punta de pistola de la habitación familiar a la que, en un inicio, se le obligó a entrar.

Comentario: El nombre de Veronese empieza a ser muy conocido en España. Este año Temporada Alta traerá su adaptación del Tío Vania, de Chéjov, y el año pasado tuvimos el placer de ver la de Las tres hermanas, del mismo autor, espectáculo que hemos podido admirar en el Teatre Lliure esta temporada. En Madrid ha estrenado Mujeres que soñaron caballos. En la Argentina es uno de los nombres más importantes de la dramaturgia contemporánea. Veronese se inició en el teatro como titiritero y fue el fundador, junto a Ana Alvarado, Emilio García Wehbi y Paula Nátoli, del grupo de investigación teatral El Periférico de Objetos, con el que el autor estrenó diez espectáculos de relevante importancia en la trayectoria del teatro independiente argentino de los noventa.

«Lo de periférico nos gustaba por la manera de pensar nuestra ubicación en el teatro», dice el autor en una entrevista de 1993.

Ha pasado más de una década y su evolución hace pensar en un autor vital, polifacético, que nunca ha dejado de experimentar y de enfrentarse a los límites de la representación. El interés de su producción, extensa y extraordinaria, no es fruto de una genialidad aislada. Si bien su labor teatral resalta en el panorama argentino, está acompañada por muchos otros nombres, salas, compañías, autores, actores, escuelas… En definitiva, un ambiente teatral vivo y estimulante que está generando artistas formidables.

Esta obra que recomiendo pertenece a su primera época como autor, a una época de autoría en solitario; cabe decir que en la actualidad Veronese escribe más desde la escena, con la colaboración de los actores. Sin embargo, he querido recomendar esta obra más antigua (1992) porque, aparte de su interés y actualidad dramatúrgica, desvela características que siguen intactas en el teatro del autor. Acabo de ver en Buenos Aires una de sus últimas obras: Teatro para pájaros. Una pieza construida desde la escritura escénica que contiene un lenguaje diferente al de Los corderos, un lenguaje tal vez más cotidiano, en un punto más actual, aparentemente menos «armado», menos literario. Sin embargo, existen muchos puntos en común entre ambas obras, principalmente una insistencia en mostrar la fragilidad y a veces degeneración de los vínculos humanos, la confusión, el extrañamiento de la cotidianidad… Como dice Dubatti en su prólogo a esta edición: «Mundo violento, teatro de la violencia: tal parece ser la ecuación simbólica de la que parte Veronese, ya que en su dramaturgia la violencia está en la base de los vínculos humanos y de la sociabilidad de la desigualdad. Violencia practicada física y simbólicamente, que avasalla todos los derechos… Violencia mostrada obscenamente, a la vez que negada verbalmente, encubierta por el eufemismo…».

En Los corderos, la inquietud generada desde el inicio de la pieza, con profunda carga simbólica en la historia reciente de la Argentina —el secuestro de Gómez—, va creciendo y se mantiene hasta el final. La situación dramática está extrañada desde el principio: un hombre aparece contra su voluntad en la casa de su hermano y su cuñada; el resto de personajes no sabrán dar una explicación razonable a esta situación ni a ninguna de las que van sucediendo. La atmósfera general, siempre cargada de violencia, irá manteniendo la situación teatral en un clímax permanente. Se trata de una violencia aparentemente aceptada, con obscenidades subterráneas que, por momentos, afloran en la superficie sin más, como si formaran parte de la normalización de un mundo degenerado. La deformación de la realidad es incisiva. Los vínculos son mezquinos, al mismo tiempo que desprenden un humor absurdo y hasta tierno, plagado de ironía y sentido teatral. Dubatti dice en su prólogo: «Veronese no reivindica ninguna ortodoxia para su dramaturgia, y aspira a ubicarla en la periferia con otras expresiones, por ejemplo, los títeres. Resulta productivo para inteligir la poética de toda su dramaturgia imaginar que Los corderos ha sido escrita para muñecos, no para actores. De hecho, se advierte en todo su teatro el procedimiento de la síntesis y la repetición obsesiva del elemento sintetizado, según Veronese una proyección en su dramaturgia de los saberes adquiridos en el teatro de títeres.»

«Trazar un mapa con las zonas de teatralidad periféricas, allí es donde esas distintas razas, las del “teatro bastardo”, se deben encontrar y enfrentar», declara Veronese en una entrevista de 1995.

Es esa insistencia en traspasar y jugar con las convenciones y normas teatrales, esa impureza liberadora, esa carencia de especializaciones profesionales estancadas, esa originalidad…, lo que hace del teatro de Veronese, y de muchos otros autores argentinos actuales, un teatro vivo, atractivo y profundamente estimulante.

Cabe decir que Catalunya está llena de compañías independientes que trabajan también desde un espacio periférico y poco estandarizado. El problema es que aquí el teatro independiente no tiene el prestigio ni el reconocimiento que tiene en la Argentina, y muchos de esos grupos se asfixian en el intento de mostrar su trabajo. Disculpen que use esta ficha para insistir en algo que llevo tiempo diciendo: sin espacio para la experimentación y la prueba, para el juego, no hay teatro nuevo. Desde aquí admiramos a los argentinos, a los alemanes, etc. Pero tal vez haría falta encontrar la manera de desarrollar libremente y estimular el teatro local. Y, sino, pregúntenselo a Los corderos.[1]

 

[1] Compañía teatral catalana que, curiosamente, lleva el mismo nombre que la obra de Veronese. A pesar de los inconvenientes para desarrollar su trabajo, esta compañía ha obtenido últimamente un éxito considerable en el ambiente alternativo y su nombre empieza a ser una referencia para aquellos que aún habitan las periferias. Desde aquí, también los recomiendo.