A Rafael Spregelburd no le gusta el sushi. En realidad, no come pescado bajo ningún punto de vista. Y cuando inocentemente se le propone ir en busca de un lugar donde sirvan sushi no se preocupa por rechazar la propuesta con el gesto de disculpa propio del que constituye la excepción, del que tiene la desgracia de padecer esa manía. Más bien tiende a considerar con gran calma —y con el peso ineluctable de lo que es autoevidente— que el resto de la humanidad, que sí come esos escamosos habitantes del mar de gélida sangre, es perversa. De todos modos, es un tipo extremadamente sociable. Lo conocí en 1998, en Londres, en la residencia de verano del teatro Royal Court, y ocurrió que una noche nuestro grupo resolvió incursionar en un restaurant de sushi que acababa de abrirse. Por una cinta sin fin van desfilando los diferentes bocaditos de pescado, servidos en coloridos platitos, para que cada uno se quede con aquello que su apetito le dicte. El apetito de Rafael obviamente no le dicta nada, pero sin embargo ha venido con nosotros y permanece sentado en absoluta quietud y discretamente repugnado, viendo cómo sus camaradas engullen sin más esos pedazos de pescado crudo. En un momento dado su atención es capturada súbitamente por un platito repleto de algas fritas, que es algo que más o menos se podría comer dado que no es pescado. Rafael decide satisfacerse con esas algas. Y para no dejar ningún plato a medio comer y porque hay que moverse rápido, acomete de lleno al huidizo platito, con lo que finalmente se le resbala una tonelada de esa cosa verde y grasienta sobre la cinta transportadora en laxo devenir, y la bonita secuencia, de asiática precisión, hecha de coloridos platitos, acaba en desorden. Las algas se apilan ahora sobre los próximos nigiris y makis a guisa de guarnición de ensalada, extendida generosamente sobre la cinta, y los intentos de Rafael, raro engranaje de esa máquina tratando de corregir las cosas, no hacen más que empeorar la situación. Va a los empujones a un lado de la cinta, agarrándose de los comensales, hasta que logra alcanzar de la maquiavélica cinta el rollito de pescado salpicado de algas, los reordena un poco sobre el platito e intenta volver a depositar sobre la cinta —ya de por sí superpoblada— su propia creación culinaria. La situación está ya fuera de control: algas marinas por donde se quiera mirar; el cardumen móvil de pescaditos, estancado; algunos platos mal colocados empiezan a salirse al doblar en las curvas y se hacen añicos; un arroz pegajoso tapiza la lustrosa lámina de la cinta; los clientes se dan la vuelta y murmuran… en fin, es el caos. Pagamos rápidamente y dejamos el sitio. Rafael se encoge melancólicamente de hombros, como si la confusión no tuviese nada que ver con él, sino más bien con una implacable ley universal que todo lo rige. Él parece conocer bien el caos, convive con él; y ya no le sorprende mucho.

Fue allí, en Londres, donde me contó por primera vez de su proyecto de reinventar los siete pecados capitales: la Heptalogía de Hiëronymus Bosch. Incitado por la pintura apocalíptica de El Bosco, Rafael se proponía configurar un ciclo de siete piezas, cada una de las cuales estaría dedicada a un pecado «moderno». La inapetencia, La extravagancia y La modestia fueron los nombres para las tres primeras.

Cuando luego me visita en Berlín a principios del 2000, Rafael viene enfundado en un enorme gorro de piel y se pregunta cómo puede ser que la humanidad en algún momento hubiera podido decidir asentarse en estas latitudes. Me trae un regalo original: se trata de un rompecabezas del Guernica de Picasso. Así que por las noches nos sentamos a la luz de una lámpara en la mesa de la cocina a poner en orden, una tras otra, las muchas piezas blanquinegras. «Acá hay otro pedacito de toro», «¿Tenés algo de caballo?», «Acá tengo más o menos un par de dedos».

Bajo nuestras manos crece sobre un montón de trocitos laminados impresos un nuevo universo lustroso, cuyo secreto orden ya estaba dispuesto en el caótico barullo de la caja de cartón. Que esta ocupación sea absurda y obscena poco importa. Tampoco hay forma de saber cómo le hubiera caído a Picasso enterarse de que su grandiosa imagen en contra de la guerra es cortada en pedacitos para el esparcimiento de unos tipos que después las van a rejuntar con alegría en el orden correcto.

Rafael ha venido a Berlín en busca de sus antepasados. «Spregelburd» es probablemente un apellido alemán reinventado por la administración de migraciones de la Argentina. El gobierno de Buenos Aires ha premiado a Rafael con un subsidio vitalicio para que resida y produzca teatro en su país, y aun así la situación política en Argentina es demasiado incierta como para no interesarse por las raíces en el extranjero. Rafael habla un alemán fluido, lo aprendió de los cassettes del Instituto Goethe, no comete un solo error y emplea una gramática y pronunciación correctas hasta lo grotesco. Está obsesionado con los idiomas. En sus incontables e-mails —no conozco a nadie que escriba más cartas que él— ha intentado incluso enseñarme esperanto. Lo aprendió porque es fácil y está construido de un modo lógico, y sacude la cabeza ante las caóticas inconstancias del idioma alemán, de cuyas reglas está mejor enterado que yo mismo.

Con el correr de los años siguió viniendo a Berlín, aunque la pesquisa de sus antepasados pasó a segundo plano. En la Argentina se ha convertido mientras tanto en una figura indiscutible del mundo teatral, y ahora mismo está de gira por Europa con su compañía, para la cual escribe sus piezas, que también dirige y en las que a su vez actúa cuando es posible. En uno de sus viajes se metió en una tienda de usados y se compró un bombín, sombrero que tuvo que transportar puesto hasta Buenos Aires porque en la valija ya no cabía nada más. Más tarde habría de usar este mismo sombrero para su última obra, en el rol del dudoso traficante de arte Richard Troy.

La obra se llama La estupidez y es la cuarta parte de aquella heptalogía sobre los pecados capitales. La idea de esta obra surgió de unas reuniones con un grupo de trotskistas argentinos, cuya perseverante sujeción a las ideas de Trotsky lo impresionaron profundamente. «¿Qué debe hacerse —se preguntaba uno de los activistas— cuando se sostiene la doctrina correcta pero el mundo es demasiado estúpido para abrazarla? Sólo se puede procurar conservar con vida esta doctrina, como un tesoro, y salvaguardarlo para futuras generaciones, en la esperanza de que éstas sean menos estúpidas y puedan alguna vez hacer buen uso de él.» Este pensamiento anida en el núcleo de La estupidez: un físico ligado a la teoría del caos ha descubierto la ecuación con la cual se puede predecir el futuro. Por miedo de lo que sus coetáneos —básicamente estúpidos— puedan hacer con su descubrimiento intenta mantenerla en secreto y conservarla para una época venidera, posiblemente más inteligente.

A comienzos del 2004 Rafael vino una vez más a Berlín, esta vez para montar una lectura escénica de La estupidez dentro del IV Festival de Nueva Dramaturgia Internacional en el teatro Schaubühne. La lectura tuvo un éxito fulminante y no hizo más que confirmar nuestra decisión de montar la obra en nuestra temporada 2004/05 en condición de estreno en idioma alemán. La estupidez es una comedia y una fiesta de actores: cinco intérpretes interpretan a veinticuatro personajes. La multiplicación del reparto tiene un sistema: la urgencia de los actores, que en cuestión de segundos deben cambiar un vestuario por el siguiente, se esconde en la urgencia de los personajes. La pieza es una máquina infernal de producir caos. Cinco líneas narrativas que tienen lugar en diversos moteles en las afueras de Las Vegas se entretejen unas con otras: dudosos marchantes intentan vender un cuadro en estado de desvanecimiento —o que más bien ya se ha borrado por completo— y a tales fines se lo adjudican a un pintor inventado. Unos policías corruptos, a los que les cae por accidente una valija llena de dinero, buscan infructuosamente la ocasión para su primera noche de amor prohibido. Un grupo de apostadores han dado con un sistema infalible para ganar a la ruleta, pero que sólo produce sus exactos 151 dólares por noche. Un actor está a las puertas de un casting decisivo para su carrera, pero debe hacerse cargo de su hermana discapacitada. En el centro de la turbulencia, nuestro científico busca a un discípulo que valga la pena para dejar en sus manos la ecuación que predecirá el futuro. Su hijo tiene deudas con la mafia y eventualmente venderá un cassette con la fórmula a una periodista, que por equivocación confundirá el cassette con otro que contiene canciones pop en italiano. Las historias y los géneros se entrecruzan y se enmarañan, y cuanto más luchan los personajes por reconquistar el control sobre sus vidas, más caótico se vuelve el argumento.

En algún momento durante los ensayos para la lectura —Rafael está allí enseñándoles a los actores a hablar en lenguaje de señas de sordomudos para una escena específica, un lenguaje que, como buen obsesivo, también domina—, en algún momento vuelvo a pensar en el devastado restaurante de sushi, donde mi colega —que desprecia el pescado— peleó su batalla decisiva contra el caos iterativo de algas marinas. Hubiera sido imposible restaurar el orden de esta cinta transportadora porque permanecía en constante movimiento y seguía desencadenando desorden, al igual que la implacable mecánica de la obra de Rafael, que apenas da tiempo a los actores a respirar y en la que siempre que se intenta echar un vistazo sobre el estado de las cosas se presenta una nueva curva inesperada.

Por lo demás, desde aquella noche en Londres yo mismo he dejado de comer pescado. Por la noche todo nuestro grupo fue acometido por un terrible estado de intoxicación a raíz del pescado. Sólo Rafael permaneció sano, y a salvo. Cuando a la mañana vio nuestros rostros virados al verde se encogió de hombros una vez más, sumido en la melancolía. El fenómeno le es familiar: uno se siente muy solo estando en posesión de una verdad que evidentemente nadie ha querido escuchar. Pero quizás sí valga la pena conservar esta verdad para las generaciones futuras, y quizás a la larga la humanidad termine por salir del error terrible de comerse animales que vienen del mar.

 

Marius von Mayenburg, «Im Besitz der Wahrheit», Theaterheute, núm. 13. 2004, pp. 169-172.

Traducció de Rafael Spregelburd.