Apenas he escrito este título para mi nota cuando ya me parece que, viajero en el tiempo, he retrocedido a viejas polémicas y reiteradas discusiones que casi nunca nos condujeron a alguna parte aunque sí nos ayudaron a caminar. La publicación hace cuarenta y cuatro años —¡nada menos!— de nuestro Manifiesto por un Teatro de Agitación Social (TAS) nos situó en una zona ardiente, en la que Erwin Piscator había encendido una luz orientadora después de la primera guerra mundial. No piscatorianos a ultranza sino discutidores con él —como más adelante haríamos con Brecht—, convivimos en cargar, en cuando gentes de teatro, con una responsabilidad que trascendía los límites de lo meramente lúdico, sin negarlo, y afirmando yo (abandonando el plural) mis derechos a la expresión en el drama de mis propias agonías individuales o, si se quiere, existenciales.

Viene todo esto a la cuento de la lectura en el número 15 de esta revista de unos fragmentos de un trabajo de Botho Strauss que ha alarmado a algunos de sus lectores que han reído advertir en él aires de un desplazamiento, si no a posiciones decididamente «nazionalsocialistas», sí, por lo menos, a una posición tan crítica contra los usos actuales de la democracia que parece colocar al señor Strauss no muy lejos de la alcantarilla xenófoba y racista. Yo he leído tales fragmentos, no con demasiado interés (tengo que confesarlo), y se me ha ocurrido pensar que probablemente quienes ahora se sienten turbados han depositado en algún momento grandes esperanzas en el autor Botho Strauss. En cuanto a mí, leí en su momento muchos de sus artículos y me pareció siempre uno de esos autores radicales que luego puede encontrarse uno, de pronto, en la derecha o en cualquier otro lugar. Hay tantos casos que no es preciso ponerse a recordarlos. En mi experiencia de corredor de fondo muchas veces he visto a corredores radicales que me adelantaban por la izquierda y me miraban de soslayo como diciéndome «ahí te pudras» al rebasarme y dejarme prácticamente en la cuneta —yo, un militante comunista rebasado, claro está, por mis colegas maoístas, trotskistas u otros comunistas de izquierda—, para, al poco tiempo, encontrármelos caminando a mi derecha y situándose, al fin, al abrigo de las instituciones más reaccionarias, mientras yo seguía, dale que te pego, golpeando el sistema como dios me daba a entender, y más sólo que la una cuando mi partido (el PCE) se consagraba definitivamente como un partido del orden.

He hablado de mi caso y creo que deberíamos tratar de nuestros propios casos y dejarnos alguna vez de nuestra fea costumbre de que nuestro pensamiento se reduzca al comentario del pensamiento de los demás, signo de nuestra terrible dependencia cultural, pues la cultura ha de consistir en una relación bilateral entre las diferentes culturas, y no en la traducción pro parte de las culturas marginadas de las otras, privilegiadas en virtud de supuestos históricos que consagran la francesa o la norteamericana o, en su caso, la alemana (etcétera), como culturas hegemónicas. Estoy seguro de que Botho Strauss desconoce lo que opinan sobre este o cualquier otro tema Francisco Nieva o Josep Maria Benet i Jornet, si es que conoce —que puede ser, porque hay excepciones que confirman la regla— sus nombres. Hace unos años, cierto filósofo publicó un documentado libro sobre la relación de las minorías egregias y las masas en el campo de la cultura. Cuando un periodista de por aquí le preguntó qué pensaba sobre las opiniones de José Ortega y Gasset al respecto, manifestó que había oído hablar bien de ellas.

El que Botho Strauss se manifestara incluso como simpatizante decidido de la ultraderecha alemana —que no parece tan grave el caso—, no tendría más importancia que la que han tenido las numerosas metamorfosis que han sufrido muchos intelectuales de nuestro tiempo a lo largo de sus vidas, en un sentido o en otro. Yo he tratado con Jorge Semprún cuando era miembro del aparato del PCE y me lo he encontrado después como ministro de un gabinete de Felipe González (es un ejemplo). Póngase el señor Botho Strauss donde le plazca y miremos nosotros los problemas que hay en la realidad «democrática», y que explican y han justificado de algún modo muchas ilustres tomas de posición «antidemocráticas» e incluso caídas en el nazismo, como la de Martin Heidegger. ¿O es que gentes como Ezra Pound o Ferdinand Céline eran seres intrínsecamente perversos? Yendo más lejos encontraríamos posturas antidemocráticas en escritores que admiramos como Edgar Allan Poe o Henrik Ibsen.

Miremos la cara de la verdad: la «democracia del mercado libre» es un sistema que cubre —protegido por la idea, coreada por tantos intelectuales bien pensantes, de que es el menos malo de los sistemas posibles— las mayores ignominias, injusticias e indecencias, y evidencia una y otra vez su terrible carácter de dictadura encubierta, que ni siquiera sitúa en el poder a unas mayorías ignorantes de los derechos de las minorías (lo que ya sería bastante para someter ese sistema a fuerte crítica) sino que pone en ese tono a minorías privilegiadas y arropadas por el voto de sus virtuales ideas, ahogadas en el maremágnum de una propaganda tan rabia que convence a los ciudadanos de que son ellos los que piensan de la manera que el sistema introduce en ka circulación de su sangre.

El señor Kohl acaba de avisar en Alemania a sus virtuales electores de que «los comunistas son fascistas vestidos de rojo». Esto no es una verdad (es una mentira que ha podido ser verdad en muchos casos), pero ha de llamarnos la atención sobre el hecho, delicado, de que ambas posturas —fascistas y comunistas— son respuestas de opuesto signo a la misma realidad: la democracia liberal; y yo no he de refugiarme ahora en el neoliberalismo económico para «purificarme» de mi militancia comunista (que llegó hasta finales de 1974), de la que me siento muy orgulloso, y que me impulsa a seguir pensando en la realidad, apartando para ello todos los velos que la ocultaban. Es lo que he tratado de hacer siempre. Es lo que quiero seguir haciendo.

¿Cómo ha de reflejarse esta situación en el teatro? ¿Cómo ha de ser el cántico tráfico en estos tiempos en que la utopía ha mordido el polvo, asesinada por los agentes del «mundo libre» en estrecha colaboración con esa mala ralea de los burócratas comunistas? Desde luego, hay una posibilidad, que es el suicidio, ante el tamaño del infiero en que han desembocado las tentativas de que la humanidad estableciera las bases de una justicia futura, de una sociedad sin clases y, por ende, sin Estado, ese gran monstruo triturador de nuestras esperanzas. Pero también es posible continuar, y yo veo —como he visto desde hace muchos años— el escenario del drama como una plataforma en la que expresar nuestras angustias pero también nuestros proyectos de una vida nueva, socialista y libertaria.

Desde luego, la salida a esta situación no está —muy al contrario— en meterse en el agujero con el que parece coquetear Botho Strauss, pero hemos de agradecerle la insatisfacción que él manifiesta ante un sistema defendido por miles de intelectuales áulicos, recostados complacientemente en las supuestas delicias —que lo son para ellos, privilegiados en un mundo más horrible que nunca— de lo que ellos llaman, cínicamente, la libertad.