Mientras escribo estas líneas, se están produciendo en Santiago de Chile y en Sao Paulo, a esta misma hora, los ensayos de las versiones chilena y brasileña de la obra Argumento contra la existencia de vida inteligente en el Cono Sur, texto resultante de mi paso por el Obrador d’Estiu 2011, conducido por Simon Stephens. A la intensidad artística del curso de verano de aquel año le debo mi dramaturgia posterior, política y personal al mismo tiempo.

La enorme sensibilidad, talento y cariño de un docente como Simon me permitió abrirme a la posibilidad de entender la dramaturgia de un modo nuevo, radical y concreto. Aprovecho el pedido que me hiciera Víctor Muñoz de la Sala Beckett para repasar los apuntes de aquel curso, breve y revolucionario, que atesoro con profunda estima. «Al escribir una obra es necesario preguntarse dos cosas: ¿ella dice algo de mi relación respecto del mundo? Y, en seguida, ¿ella dice algo con respecto a mí? La clave está en el equilibrio entre las dos». Ese es el primer apunte que aparece en mi cuaderno. La escritura basada en restricciones como condición liberadora y creativa, las escrituras automáticas a partir de palabras sugerentes, la determinación de cincuenta deseos y cien cualidades de un personaje, fueron solo algunos ejercicios con los que se abría cada mañana, siempre después del vóley inicial, que nos permitía entender que el teatro es tiempo, espacio y equipo.

Sigo repasando los apuntes de aquel curso y redescubro frases que uso desde aquel entonces: «¿De qué deben hablar todas las obras? No hay dos respuestas posibles: todas las obras hablan sobre el ser humano». Más adelante: «¿Qué diferencia a los seres humanos de los animales? El ser humano tiene la capacidad de sostener la mano sobre una llama y elegir dejarla ahí. El hombre tiene la capacidad para anular el instinto». Solo mucho después me daría cuenta de que una frase tan simple resumía varios capítulos de Hegel… De esos ejemplos se desprende la claridad y la certeza de un dramaturgo tan excepcional como Stephens, capaz de ampliar el registro de lo posible en la mente de un joven estudiante de dramaturgia.

«En las buenas obras, el interés está en el comportamiento de los personajes más que en las palabras que dicen. Y el comportamiento está condicionado por la conciencia de la muerte.» Es imposible salir del Obrador d’Estiu sin cuestionamientos ni dudas aumentadas. «Escribir es como saludar: lo hacés para que alguien responda», leo a continuación en mi cuaderno. Y, más adelante, el concepto de yuxtaposición como esencia de lo teatral: manifestar un sentimiento acompañándolo de una acción que le es ajena y contraria (alguien declara su amor y se rasca el ombligo). Ese mismo concepto sería fundamental en mi escritura futura como medio para entender la relación entre teatro y política en la dramaturgia latinoamericana contemporánea.

Su brillante análisis de Far away, de Caryl Churchill, y las apreciaciones finas de cada uno de los textos presentados por los estudiantes participantes dieron muestra de una sabiduría técnica y ética singular. A él le debo el acercamiento a las novelas de William Burroughs, así como a gran parte de la dramaturgia contemporánea británica, siempre desde una lógica emancipatoria y respetuosa de las singularidades, y nunca impositiva.

El Obrador de la Sala Beckett se ha vuelto una referencia ineludible para los dramaturgos noveles. Así lo entienden todos los escritores uruguayos que han asistido, luego de compartir sus experiencias con otros dramaturgos del mundo. En 2011 coincidieron en el mismo grupo autores como Nick Payne (Inglaterra), Saara Turunen (Finlandia), Wolfram Lotz (Alemania), Ana Candida Carneiro (Brasil/Italia), José Padilla (España) y Julia Holewińska (Polonia), solo por nombrar a algunos. En este sentido, el Obrador es también un modo de reconocerse en el otro, en el cual las discusiones estéticas y políticas cobran una relevancia particular. De las implicancias ideológicas del naturalismo inglés hasta el estudio de la abstracción simbólica de la dramaturgia libanesa, nada queda sin discutir en el verano de Barcelona, haciendo nacer en cada joven dramaturgo el germen de preguntas de largo aliento.