En aquest article, l’autora ens parla de les similituds i diferències entre teatre i narrativa i sobre el treball d’adaptació dramatúrgica de novel·les a l’escenari que inclou el suggeriment de paisatges, els personatges que creen vida o la gestualitat que amplien les paraules escrites.

 

Cuando David Lodge vino a Buenos Aires a ver mi adaptación teatral de su novela homónima Terapia, tuve la oportunidad de conversar mucho con él acerca de la diferencia entre el teatro y la literatura. Y ahora siempre recuerdo esta reflexión suya que me resulta entrañable: «Gaby, ¿sabés cuál es la diferencia entre escribir teatro y escribir novelas? Escribir novelas es como tirar una botella al mar con un mensaje. Rara vez vuelve una respuesta. En cambio, en el teatro sentís el contacto y la comunicación. El mensaje siempre vuelve.»

 

¿Por qué traslado novelas al escenario? Porque el teatro y la narrativa se complementan. ¿Qué me da la novela y qué me quita? ¿Qué me da y qué me quita el teatro?

 

Los paisajes

 

La novela me regala paisajes. Me lleva de un espacio a otro libremente. Estoy en una playa, de pronto dentro de un departamento, en un almacén o en una cancha de fútbol. El escritor me describe el paisaje, yo lo sigo en su descripción y en él me sumerjo.

El teatro en cambio concretiza, limita el paisaje. Por más que se escenifique una playa, un viaje en tren, una calle, el espectador nunca dejará de ver un interior con todas las limitaciones que eso conlleva.

En el teatro, lo ficticio se hace presente. Los paisajes solo pueden sugerirse, si intento copiarlos, se vuelven vulgares y mentirosos. El teatro no puede competir con el paisaje real que nos brinda la vida o el cine, como tampoco puede competir con la descripción que de él se hace en una novela. No me regala el paisaje real pero me lo sugiere. Y el espectador completa lo que no está.

 

Los personajes

 

A través de la lectura de una novela o de un cuento podemos conocer, si así lo decide su autor, el pensamiento del personaje, sus vericuetos, sus dudas, sus fantasmas, contradicciones y temores. Podemos recorrer su laberinto interno. A pesar de no verlo, podemos llegar a conocerlo profundamente gracias a la posibilidad que nos da el autor de adentrarnos en su mundo interno.

En cambio, el teatro me regala su gesto vivo, su cuerpo, su voz, el sonido de la respiración. Su expresión se impone sobre nuestra imaginación. El teatro da vida a los personajes. Los saca de la biblioteca, de las páginas del libro, y los corporiza. No podemos conocer sus pensamientos, pero nos los pone de frente. Lo mismo sucede en la vida: solo podemos intuir qué piensa o siente el otro. Sus expresiones verbales y corporales lo expresan, pero al no poder leer sus pensamientos algo siempre nos quedará afuera. La expresión de los cuerpos y de las palabras no siempre expresa lo que sentimos o pensamos. Ni el teatro ni la vida real pueden participarnos del mundo interno del otro. El ser humano es enrevesado, es incógnita permanente, apenas alcanza a conocerse o comprenderse a sí mismo. Y el personaje teatral, como también está corporizado, se nos muestra en forma limitada en comparación con el personaje de la novela. A pesar de verlo y escucharlo, siempre nos perderemos sus pensamientos, pero en cambio, veo su sonrisa, la lágrima que se desprende, el beso, su boca que se abre para hablar, para gritar. La expresión del gesto. Esto es lo que me brinda la maravilla de la escenificación.

 

El teatro concretiza

Una novela tiene cien, doscientas, trescientas páginas. La obra de teatro, si dura dos horas, ya es exceso. Entonces el teatro es tirano, no solo con respecto al diseño espacial, sino también con respecto al tiempo. Una rica situación en una novela, llena de descripciones del autor, al pasarla al teatro se transforma en un diálogo de apenas cinco minutos. Un día de veinticuatro horas en la vida de dos enamorados recorriendo Venecia en una góndola debe transformarse en el teatro en escasos minutos en un ámbito cerrado sin río ni Piazza San Marco.

En el teatro debo ir a lo puntual, a lo más efectivo, debo deshacerme de lo no esencial, dejando en el camino descripciones de las que me cuesta desprenderme.

Debo capturar al espectador para que no nos abandone. Cuando el lector se cansa, cierra su libro para retomarlo al otro día. En el teatro, si un espectador se levanta para irse es señal de que algo anda mal.

 

¿Por qué traslado una novela al escenario?

Todo lo descrito anteriormente es lo que me lleva a esta pasión de unir dos expresiones artísticas tan distintas: la literatura y el teatro. Las limitaciones y generosidades que plantean cada una respectivamente hacen que en mi cabeza se complementen y se ayuden mutuamente.

Nina Berberova dice: «Hay libros que dejan su marca. Su cuerpo reposa sobre un estante, pero su alma ocupa el aire que nos rodea. A esos libros los respiramos, viven en nuestro interior.»

Esto es lo que me sucede cuando leo una buena novela. Al terminarla la sigo respirando, sigue viviendo en mi interior. Y no me conformo con dejarla apoyada en una biblioteca. Empieza a circular por mi escenario mental. Empiezo a escuchar las voces de los personajes pidiéndome vida, y es ahí cuando me pongo en acción y el camino de la dramaturgia se despliega.

Me gusta crear diálogos donde no los hay. Partir de una descripción de una situación que me da el autor de la novela, por ejemplo, entre dos o tres personajes y crear ahí su diálogo, construido muchas veces desde lo no dicho. A veces los escritores escriben en sus novelas breves diálogos que me capturan rápidamente y que me sirven de disparadores para inventar los que sigan.

El pasaje de la narrativa a la dramaturgia no me da demasiadas libertades y eso me gusta. Pero me da todo lo necesario para poder trasladar el relato a la acción dramática. Es mi guía. Me dice qué es lo que sucede, entre quiénes, dónde, qué sienten, y yo lo traslado al escenario.

Soy una ferviente lectora de narrativa, pero mi cabeza funciona teatralmente. Si normalmente cuando un director monta un texto teatral hace modificaciones de texto para ajustarse a su puesta en escena, en el pasaje de la narrativa a la dramaturgia las modificaciones, invenciones, acortamientos son infinitos.

Otra anécdota ligada a David Lodge que me divierte al recordarla es la que me contó una tarde mientras tomábamos un té en un bar de Buenos Aires. Escribió una obra teatral llamada Trapos sucios para la compañía estable del Teatro de Birmingham. Compartía los ensayos con los actores y el director mientras sufría al ver cómo modificaban y cortaban sus textos. Aunque lo soportó airoso, luego de estrenar la obra se dirigió a su escritorio, encendió la computadora y escribió una nouvelle titulada también Trapos sucios tan solo para recuperar todos los textos perdidos.

 

En el teatro contamos con la gestualidad, algo de lo que carece la literatura

La teatralidad se me hace presente a cada paso, y no puedo evitarla. En cada gesto que observo la encuentro, hasta en los recuerdos, que se abstraen en mi cabeza en forma de escenas.

Contemplo a una misma persona asumiendo infinidad de roles que se corporizan en expresiones únicas e irrepetibles, como observo a un actor asumiendo distintos personajes.

Solo la soledad desteatraliza. Porque no hay nadie observando. Peter Brook dice: «Un hombre camina por un espacio mientras otro lo observa y esto es todo lo que se necesita para realizar un acto teatral.»

Estas son las cosas que pasan: que cada gesto se hace visible de una forma distinta y única ante cada estímulo, a pesar de que el que los ejecute sea siempre el mismo. La gama de gestualidad es infinita, porque los estados anímicos de los que se desprende también son infinitos. Somos universo. Cambiamos de ideas, de estados emocionales, de compañías, de lugares, reemplazamos recuerdos por otros, los distorsionamos, mientras nuestra gestualidad se multiplica. «La gestualidad gana en dimensión y diversidad a las palabras», diría un amigo que anda siempre con una filmadora sin sonido al hombro. La gestualidad no tiene seudónimos, es única.

El paso del tiempo cansa al cuerpo, lo envejece, limita su gestualidad. Pero lo que no puede es cansar a la emoción… es inagotable. Se hace tan difícil acallarla… El paso del tiempo tampoco puede envejecer a la novela.

La función teatral se termina, la novela también, pero el libro quedará en el estante para recuperarlo cada vez que lo deseo. Mientras yo viva siempre podré volver a ella; en cambio, nunca podré volver a aquella función teatral que vi, será por siempre única e irrepetible.