Se abrazan dándose fuertes palmadas, como suelen hacerlo los hombres. Los abrazos femeninos en cambio son más serenos y sin palmadas, como si necesitáramos reposar durante unos segundos una sobre la otra.

Deben tener unos cuarenta y cinco años y pareciera que hace mucho que no se ven. Él lo invita a sentarse a su mesa y el hombre que acaba de entrar y que viste de negro acepta. No alcanzo a entender lo que dicen porque hacen ruido con las sillas mientras se acomodan.

De pronto escucho al hombre de negro reír fuerte y decir:
—Y… en la práctica me porto bien, pero con la cabeza…
Reapareció la rubia. Se deshizo del tipo y está renovada. «Me chupaba la energía», dice.
—Y ¿estás bien con ella?
—Creo que sí. Recién empieza la cosa. Por ahora podría decirte que sí. Qué increíble, che, venir a encontrarte aquí. Vos sabés que no me gusta meterme en la oficina desde tan temprano, entonces fui a la confitería que voy siempre, pero resulta que ahora abre a las ocho, y entonces me volví a subir al auto y me fui a la otra, la que está frente a la facultad, pero me entero que también abre a las ocho, entonces volví al auto ya dispuesto a irme a la oficina, y justo cuando doblo por Tagle veo este bar y te vengo a encontrar… Qué increíble.
—Sí, increíble.
—¿Y vos? ¿Cómo van tus cosas?
—Mal.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Cómo nada?
—En mi vida no sucede nada. Está apagada. Sin luz. Está oscuro. No me alegra verte. No me alegra encontrarme con mi pasado. No me alegra pensar en el futuro. No quiero estar solo y no quiero estar con nadie. Quiero que te vayas. Quiero que esa mujer que nos está mirando nos deje de mirar y también se vaya.

En ese preciso momento el hombre de pulóver negro me mira. —Quiero darte una trompada —continúa diciéndole mientras el hombre de negro me sigue mirando.
—¿Qué te pasa Óscar? —le pregunta finalmente el hombre de negro.
—Te voy a romper la cara, le contesta Óscar.

Y Óscar se pone de pie y le rompe la cara. Y el hombre de negro cae al suelo. Y Óscar lo pisa parándose sobre el cuerpo tendido. Luego se sienta sobre él y tomando su cabeza entre las manos llora. Se recuesta sobre el cuerpo tendido del hombre de negro dejándose caer con todo su peso. Y lo abraza, pero sin palmadas, como hacemos las mujeres.