La intuïció, una curiositat inesgotable i una fascinació creixent per la vida han estat les guies principals d’Ernesto Collado a l’hora de crear. Narrar és resistir.

 

Mi guía ha sido siempre la intuición. La teoría dramática no ha regido, en ningún caso, mis pasos creativos. Sí la lectura, ávida e indiscriminada de todo tipo de literatura, comenzando por los grandes autores de aventuras —Kipling, Jack London, Stevenson y Conrad— que me pasaba mi padre. Creo que fueron estos autores los que inscribieron en mí la necesidad de la narrativa. Explicar historias se convirtió en una práctica vital, que me explicaba a mí mismo y al mundo que me rodeaba. Esto, sumado a una curiosidad inagotable por infinidad de temas (egiptología, física cuántica, veterinaria, apicultura, religión, cocina, construcción o fabricación casera de jabones y cervezas) y una fascinación siempre creciente por la vida, configuran mi pulso creativo. Por supuesto, están los referentes escénicos: de estudiante, Christoph Marthaler, Jan Lawers, La Zaranda, Theatre de Complicite o Pina Bausch, y más recientemente algunos con quien he podido charlar y compartir cartel como Philippe Quesne, Teatro del Ariete o Nature Theater of Oklahoma. No menos importantes e influyentes para mí son los referentes cinematográficos: Vittorio de Sica, Fellini, John Ford, David Lean, Pasolini, Orson Welles, Spielberg, Kapra, Wilder, Win Wenders, Lars Von Trier y el gran Kaurismäki

Como podéis ver, la variedad es algo confusa, tanto temática como formal. Es difícil trazar una línea clara, pero sí cierta direccionalidad, que ahora, con el tiempo, creo que me puedo explicar. Podríamos decir que practico una dramaturgia de la digresión, o dialógica. Mis historias no son lineales ni dialécticas. Evolucionan como las ramas de un árbol, configurando un todo, que en el mejor de los casos, cobra sentido en conjunto y visto desde cierta distancia. Yo antes lo llamaba teatro de efectos secundarios. Te diviertes y emocionas mientras lo vives de forma algo confusa y reflexionas a posteriori. Cuando menos te lo esperas, te viene y te alcanza una idea, o mejor aún, una pregunta, que con suerte, te lleva a otra. Por supuesto, no lo consigo siempre, pero el objetivo es ese. Y esto es importante, hay un objetivo.

El lugar que ocupa la textualidad en todo esto ha ido variando a lo largo de mi carrera. Comenzó siendo el motor y el inicio de las primeras creaciones. Todo comenzaba con un texto, que se iba transformando con los ensayos y las aportaciones de los intérpretes. Nunca me he tomado muy en serio mis textos y diálogos. Siempre esperaba que estos fueran afinados y mejorados por las aportaciones de quien tenía que decirlos. Buscaba que los hicieran suyos. Me interesaba más la verdad que la forma, mi obsesión era llegar al espectador, comunicar mis ideas de la manera más directa y efectiva. El humor y el absurdo han sido siempre mis aliados y los mejores vehículos para conseguirlo. La mayoría de las veces, escribía para mí. Aquello me daba mucha libertad, y me exigía menos precisión en la escritura. Yo ya me entendía y sabía lo que quería decir. Cuando comencé a escribir para otros la cosa cambió. Debía afinar mejor las palabras, escoger los adjetivos y transmitir más claramente el mensaje. Pero el texto seguía siendo más una partitura que el cuerpo de la pieza. Con el tiempo, fui experimentando con otras formas de escritura: el movimiento, las imágenes, la iluminación, los paisajes sonoros, las proyecciones de texto. En algunos casos, el texto llegaba tras un proceso largo de improvisaciones y lecturas varias que alimentaban una idea, o una pregunta que constituía el inicio del proceso creativo. Pero siempre sin abandonar cierta narrativa que, como he dicho antes, sigue siendo mi motor, no solo a nivel escénico sino vital.

Me explico. Yo lo veo así: la vida es narrativa. Cada uno se la explica y la vive en consecuencia. Existen las grandes narrativas, que rigen nuestra cultura: la religión, la historia, la ciencia, los medios. Todo ello construye una realidad que se actualiza día a día y cada uno crea en mayor o menor medida. El Poder, desde siempre, ha impuesto e impone su narrativa. Mediocre y unidireccional, sin variaciones, simplista y alejada de la complejidad. Y en este contexto están las nuestras, personales, diferentes, ínfimas que encajan más o menos en esas otras grandes e impuestas. Narrar, a mi modo de ver, es una forma de resistir. Y el teatro me ha dado esa oportunidad. A través del teatro, he sido capaz de crear otra narración, de inventarme mi vida y la de los demás. De hacerla fascinante, atractiva, diversa y brutal. De aportar complejidad y diversidad a un panorama sin aristas, que no asume la contradicción. Mis espectáculos celebran la contradicción, porque la asumen como imperativo humano, que nos hace avanzar, creando tensión, desequilibrando. De ahí mi gusto por la digresión, de ese irme por las ramas, de crear líneas paralelas de narración, subtramas que no parecen conducir a ninguna parte, pero que en su devaneo nos acercan a otro lugar desde donde continuar y que constantemente desafían a la gran trama. Narrar es resistir. No aguantar sino oponer resistencia, mantener la musculatura tónica, activa, despierta y bien diferenciada. No dejarse llevar por el pensamiento único. No diluirse en la marea mediática, en las mentiras que nos cuentan desde arriba. Antes que vivir una verdad mediocre e impuesta prefiero vivir en una mentira fascinante, creada por mí. Convertir mi vida en una novela.

Y esto enlaza con la ficción. En mi trabajo, la realidad y la ficción se confunden. Cuesta adivinar cuánto hay de verdad o de invención en lo que cuento. Utilizo referentes históricos y los transformo levemente, a mi antojo, mezclándolos con supuestos pasajes autobiográficos. Al final lo inventado parece real y lo real una farsa. A veces voy muy lejos, y la ficción traspasa el escenario. Recientemente, en Uruguay, nos entrevistaron a Piero Steiner y a mí con motivo de nuestras funciones de Constructivo. En el dossier de prensa, como pasaba ya con el de Vida de Lázaro, la ficha artística se mezclaba con los personajes de la ficción, despistando sobre la auténtica autoría de la pieza. En el caso de Constructivo, los creadores e intérpretes son Luigi Maestrini y Rafael Lanza, dos albañiles ilustrados que comenzaron haciendo conferencias dramatizadas en su pequeño piso compartido de inmigrantes en Ginebra para pasar con el tiempo a los escenarios del panorama underground europeo. Según el dossier, ellos nunca dejaron sus trabajos en la construcción, que compaginan como pueden con sus giras. A la entrevistadora solo parecía interesarle este aspecto, y nos preguntaba con curiosidad sobre cómo llevábamos esa doble práctica de albañiles-actores. Nosotros, lejos de decepcionarla con una verdad nada atractiva, decidimos seguirle el juego y responder como lo harían Luigi y Rafa. Creo que ha sido una de las mejores entrevistas que me han hecho en la vida.

No se trata de engañar. Sería absurdo, teniendo en cuenta que en el teatro todo es mentita. Se trata, precisamente, de atravesar esa barrera, esa distinción. Ir más allá de esa dicotomía absurda. Los italianos dicen: si non è vero, è ben trovato. Yo lo subscribo. No existe una Verdad. Se trata más bien de en qué quieres creer tú. El texto, en mis piezas, apoya esa confusión, junto con otros muchos elementos, haciendo que sea el público quien escoja lo que prefiere creerse.

Mis últimas creaciones se distinguen por tener una estructura que parece muy abierta. Diríamos que el público tiene la sensación de que los intérpretes saben lo que quieren decir pero que lo dicen de forma distinta cada noche. Mucha gente me pregunta sobre el grado de improvisación. La verdad es que es relativamente escaso (teniendo en cuenta que somos unos grandes improvisadores). Sí es verdad que existen premisas de juego como la de sorprendernos, como mínimo, una vez por función, pero en realidad está todo bastante pautado. El error, los des-tiempos, las irregularidades rítmicas, los silencios en lugares inesperados, los fallos técnicos. Todo ello forma parte de la escritura, que confiere a la pieza una sensación desmadejada y de gran libertad. Esto, sumado a una forma particular de estar en escena por parte de los intérpretes y a la disposición del público (tanto en Nueva Marinaleda como en Constructivo el público se encuentra en el espacio de juego, junto a los intérpretes, formando parte de la escena), convierte la pieza más en una experiencia que en una función al uso.

En nuestra nueva tentativa escénica, pretendemos ir más lejos y acercarnos más a una práctica. Queremos buscar la forma de convertir el acto escénico en un espacio donde pensar juntos. Pero pensar a través de los cuerpos. Para ello, estamos investigando, a nivel textual, con la proyección de frases incompletas, verbos copulativos, preguntas y datos objetivos de forma que el público, o mejor dicho, los participantes de la práctica, construyan su propio recorrido. Al leer, las decisiones las toma uno mentalmente. Decides el ritmo, el tempo, la intención. A través de la puntuación, vas construyendo el sentido, pero si esta no existe, o hay algunos vacíos sintácticos, uno se ve forzado a decidir, a escoger. Este ejercicio mental, que se hace de forma íntima, combinado con una serie de acciones o de imágenes que se generan en escena de forma colectiva, pretende llevar al grupo a cierto sentimiento común, es decir, al pensamiento hecho carne, pasado por el cuerpo. En este caso (la nueva pieza se llama Catarsis ), finalmente invitamos al público a bailar entero el Bolero de Ravel, que dura unos 17 minutos y con el que pretendemos llevar a los participantes a una catarsis colectiva de dimensiones inimaginables (y digo inimaginables porque no hay forma de preverlo, pero como decía, ese es el objetivo).

No tengo ni idea del lugar que ocupará la textualidad en las dramaturgias por venir, pero sí tengo claro que la fuerza de la narración no puede desaparecer. Mientras haya historias que contar y que contarse, los creadores buscarán el modo de hacerlo de forma cada vez más atractiva y eficaz. Lo mismo sucede con la ficción. No creo que sea un tema, sino una circunstancia imposible de obviar. Por mucho que busquemos e investiguemos, que pretendamos transformar el espacio escénico rompiendo convenciones formales o de relación con el público, lo único que dará valor a lo que hacemos es que tengamos algo que contar. Esa es nuestra responsabilidad como artistas. Nuestro compromiso como personas es inherente a nuestra existencia. Estamos comprometidos con la vida y con los demás, y está en nuestras manos decidir cómo nos relacionamos con ese compromiso. El teatro, para mí, ha sido y será una poderosa vía.