Una epidemia por la que el individuo queda suspendido y la masa se vincula íntimamente a una muchedumbre de espíritus. Así es como en El nacimiento de la tragedia caracteriza Nietzsche la excitación dionisíaca desencadenada por el coro trágico. Nietzsche atribuye a Eurípides la responsabilidad mayor en la liquidación de esa fuerza transformadora de la tragedia esquileo-sofóclea. La escena había sido invadida por el racionalismo socrático, que sustituía la consideración trágica del mundo por su contemplación teórica. El conflicto entre libertad y necesidad había sido desplazado por el diálogo psicológico. El misterio era sacrificado al concepto; la vida, a la ciencia; el cuerpo, al espíritu; Dioniso, a Apolo. El teatro ya no era capaz de excitar, descargar y purificar la vida del pueblo. Nietzsche creyó posible la inversión de esa decadencia: un nuevo despertar de Dioniso. Murió en 1900, loco, quince años antes de que un adolescente llamado Antonin Artaud ingresase por primera vez en una clínica psiquiátrica. Cuando hoy leemos a uno y otro, cuando recordamos sus gestos, reconocemos en Artaud al igual que Nietzsche no encontró en su tiempo. Y descubrimos que nadie como Artaud buscó en la escena el retorno, tan anhelado por Nietzsche, de la demencia dionisíaca.

Como Nietzsche contra Eurípides, Artaud protesta contra un teatro que convierte al espectador en voyeur de peleas entre caracteres. Lo que interesa a Artaud no es el conflicto entre subjetividades, sino otro, cósmico, que late en cada vida: el conflicto del hombre con la naturaleza, de la conciencia con la voluntad misteriosa del todo, de la carne con el espíritu, de lo humano con lo inhumano. Al teatro psicológico quiere oponer Artaud un teatro metafísico. O, mejor, una metafísica en acción.

Igual que Nietzsche, cuando Artaud contrapone formas de teatro, está contraponiendo formas de vida. Artaud aborrece la empequeñecida existencia del burgués, carente de azufre y de peligro. Su proyecto de refundación del teatro ha de entenderse dentro de un esfuerzo más amplio contra una cultura que asfixia la vida. Y es que, como Nietzsche, Artaud descubre en el teatro una patria para una vida más alta, apasionada y convulsa. Un espacio para la embriaguez, es decir, para la emancipación de lo reprimido. El teatro haría reconocer al hombre «su gusto por el crimen, sus obsesiones eróticas, su salvajismo, sus quimeras, su sentido utópico de la vida y de las cosas y hasta su canibalismo». Despertando en el hombre los conflictos aletargados, el teatro le devolvería a su lugar «entre el sueño y los acontecimientos».

Pero de esa hazaña sólo sería capaz un teatro del cuerpo, en el que incluso la palabra fuese antes un cuerpo que el soporte de un concepto. En ese teatro, no habría escisión entre el lenguaje y la carne. Porque la suya tendría que ser poesía —no registrable, no reducible a escritura— del espacio y de los sentidos. Artaud intuye que el lenguaje de esa nueva poesía estará en algún lugar entre el gesto y el pensamiento, donde las palabras tendrán —ni más ni menos— la importancia que tienen en los sueños.

Artaud dio a su deseo el nombre de teatro de la crueldad. Aclaró que en lugar de crueldad podía haber hablado de vida y de necesidad, porque allí donde hay conciencia de la necesidad, aparece la crueldad como una «severa pureza moral que no teme pagar a la vida el precio que ella exige». La crueldad se da, trágicamente, en el encuentro del apetito de vida y una necesidad implacable. El teatro artaudiano se hace cargo de ese apetito y de esa necesidad, consciente de que no hay ascensión sin desgarramiento.

Como en el nacimiento de la tragedia, este teatro futuro no conocerá división entre el espectador y el actor, entre el cuerpo y el espíritu, entre la seriedad y la risa. Devolverá sus derechos a la imaginación y, al mismo tiempo, tendrá un intensísimo sentido de realidad. Será un teatro inhumano, pero sólo porque la humanidad ya no está preparada para él o no lo está todavía. Por eso, en el hombre de hoy este teatro desencadenará una crisis que sólo se resolverá en muerte o en sanación. Las fuerzas del nuevo teatro serán las de la antigua magia. Nietzsche le llamó epidemia. Artaud le llamó peste.