(Alrededor de una mesa, agitando recuerdos y dispuestos a lanzarlos a borbotones, no todos porque serían muchos, pero sí los que quepan en esas páginas para la nostalgia, esttan sentados Luis Miguel Climent, José Sanchís, Manuel Dueso y unos amigos de siempre y de ahora)

Y, a principios del ochenta, en pleno invierno, en Sabadell, antes de empezar una, la última representación de “Tiempos revueltos”, José Sanchis comenta:

– ¿Os leo unos diálogos que…?

… Y bueno, eran unas ocho páginas de unos diálogos entre Ríos y Solano pero… ¿era posible que esos personajes de Agustín de Rojas se asomaran a través de una ventana beckettiana? No sólo eso, sino que eran hijos de Sanchis, nietos de Rojas y huérfanos de Beckett.

– Quizás no fue así, en Sabadell, no. Quizás en un ensayo de “La noche de Molly Bloom”.

– …0, igual, todo empezó en un taller de interpretación en el Institut del Teatre. Una pequeña escena para el trabajo de futuros actores…

– El caso es que nuestra situación era tan precaria, que había que inventarse un espectáculo tremendamente barato y con capacidad de adaptación a cualquier espacio. Viable de representar en Institutos de Bachillerato, Centros Cívicos, al aire libre, etc. y a un precio “irrisorio”.

– Y empezaron los ensayos con esas ocho páginas.

– Y, claro, nadie cobraba.

– Casi seis meses de ensayos.

– Yo iba configurando el texto mientras Luis Miguel y Manel se iban embebiendo en la literatura del Siglo de Oro…

– Y de la pintura.

– Incluso hicimos unas audiciones a través de una grabación de Joaquin Díaz de formas populares de cantar y recitar.

– Se fue aderezando la ensalada textual: loas, autos, refranero, chascarillos, esos diálogos cada vez más emparentados con Beckett…

– Sí, por eso se decidió que esos personajes tuvieran en algún momento una acción que nos recordara a Beckett… el intento de descalzarse y la apetitosa zanahoria de Esperando a Godot.

– …Y había que rascarse, buscarse los piojos, simpatizar con ellos, o no…

– La tosquedad, encontrar la tosquedad…

– La forma de andar, de moverse…

– Fue un trabajo de fuera a dentro, pero huyendo del estereotipo, de tics farsescos.

– ¡Verdad! Buscar la verdad.

– Estamos tan acostumbrados a que el actor nos resulte elegante en escena, que en un principio resulta difícil dar forma a los conceptos de tosquedad, de lo “feo”, lo “guarro”, sin caer en los tópicos.

– Lo cierto es que había una entrega en los ensayos como pocas veces he visto.

– No se paraba de proponer cosas, desde posibles acciones a objetos diversos que pudieran pertenecer al mundo de Ríos y Solano.

– Recuerdo que traje un cuerno de cabra, un cráneo de gato, un cuchillo de cortar uvas…

– Y fueron rápidamente incluidos y utilizados en la obra.- Y, ¿el arcón?

– Ivars hizo un diseño, y luego Luis Miguel lo construyó artesanalmente.

– También nos faltaban unos palos, palos lo suficientemente rústicos…

– Sí, mi padre fue a cortarlos en pleno bosque.

– Y, ¿el vestuario?

– El vestuario que nos hizo Ramón Ivars era perfectamente adecuado.

– Pero nosotros lo queríamos más sucio, más roto, más viejo.

– En una tarde, algo que necesitaría años para envejecer, pasó a tener siglos. Alcohol, colas, cepillos de alambre, pintura, betún, cerillas, cuerdecillas, pieles y, claro, manos con ganas de encontrar los propios vestidos, como puestos encima durante siglos.

– ¿Dónde vamos a estrenar?

– Miraré en el Instituto de Sabadell.

– Pero surgió la posibilidad del Festival de Sitges.

– Tuvimos que hacer una función previa a modo de selección.

– Nos seleccionaron aunque no pudimos representar toda la obra, faltaba por montar la última parte.

– Y nos faltaba el objeto que se encuentra Ríos.

– Tenía que ser un objeto actual que luego pudiera utilizarse para la escena de Dios

– Cada día se iba confeccionando una lista interminable de objetos: un teléfono, una señal de tráfico, una percha, etc., hasta cuatro días antes del estreno que surgió, así, como por arte de magia o de esfuerzo continuado, el objeto decisivo, el único posible, la tapadera de water.

– Y además de plástico y de color rosa.

– Una verdadera maravilla.

– ¡Qué asquerosidad!

– Llegó el estreno. 29 de octubre de 1980.

– Pero que en realidad fue el día 30, porque la función se presentó a partir de las 12,30 de la noche.

– Con un 4L prestado llegamos a Sitges, con el arcón y los palos… Al terminar la obra “Fe, esperenza y caridad”, montaje del Teatro de la Ribera, que había actuado delante nuestro, se personaron los tramoyas del teatro… -¿El Teatro Fronterizo?-. -Si, aquí- contestamos apegados al arcón. -Bien, pues cuando quieran montamos-. -Pues ya nos sirve como está-. -¿Y la escenografía?-. -Esta es, el arcón y los palos-. -¿Dónde hay que ponerlos?-. -No. En ninguna parte. Nosotros los sacamos al escenario al comienzo…

– Este fue el primer punto ganado con los tramoyas. Ahí empezamos a minar su corazón y nos tuvieron en consideración y agrado.

– La función era a las once, pero como pasa en los festivales, pues nada, que venga a esperar hasta las 12,30…

– Luis Miguel, Pepe y yo estábamos sorprendidos.

– Con la energía desparramándosenos por las extremidades, con la alegría erizándonos los pelos, con unas tremendas ganas de dar la cara, de dar, me atrevo a decir, la vida…

– ¡No exageremos!

– ¿Tu crees?

– ¿Pero, y por qué estábamos asombrados?

– ¡Ah, sí! Por la gran cantidad de público.

– Sí, estaba hasta la bandera.

– No había bandera.

– Hasta el gallinero.No había…

– ¡Estaba a rebosar!

– ¡Sí!

– …Y empieza…

– ¡Solano! ¡Solano! ¡Solano!

– ¡Ríos!

– Íbamos Luis Miguel y Manel / Ríos y Solano… circundando el teatro Retiro por el exterior, llamándonos… y en esas que una señora sale del lavabo con un niño, y la gente empieza a reír e incluso alguien soltó una carcajada…

– Claro, es que la gran mayoría desconocía por completo la obra.

– Cierto, y entonces se creyeron que la señora con niño, que había despachado sus necesidades (se supone) era parte de la obra.

– Sí, esta es la primera anécdota de la historia de ÑAQUE.

– ¿Dónde estamos?

– En un teatro.

– ¿Seguro?

– Bien seguro, estábamos en un teatro. La aventura había empezado.

– El público desde el primer momento se entregó abiertamente.

– Creo que ninguno de nosotros había pensado concienzudamente en la gran cantidad de humor inmersa en el texto.

– Fue como una bomba de emoción. La gente se reía, aplaudía…

– nos entregamos como leones hambrientos.

– Las críticas así lo constataron.

– “Ñaque asombra y divierte”.

– Con sinceridad, los primeros sorprendidos fuimos nosotros.

– Incluso al día siguiente, cuando los ciudadanos de Sitges nos llamaban por la calle con el nombre del personaje… ¡Ríos! ¡Solano! ¡Poleo! ¡Poleo! ¡Poleo!

– Pero tuvimos que regresar a Barcelona. No nos pagaban más días de hotel y nuestra economía era inexistente.

– Pasan dos días y nos llama Salvat para que hagamos otra representación.

– Que fueron dos, dada la cantidad de público que se quedó en la calle en la primera.

– A partir de ese momento, la organización del Festival empezó a tratarnos con una curiosa benevolencia. Quiero decir, con el trato normal que se debiera dar a cualquier invitado.

– Llega la noche de los premios.

– Ñaque sonaba por ahí. Había gustado. Pero…

– “Mejor espectáculo del Festival… ÑAQUE O DE PIOJOS Y ACTORES!”

– El hormigueo, el sudor frío, el… no estaré sordo?, el… me puede usted repetir lo que han .. Estas fueron nuestras primeras actividades voluntarias-involuntarias.

– Miedosos y, sobre todo, desacostumbrados, subimos al escenario y… ya estaba… Igual podíamos representar ese “Ñaque” en alguna otra parte… seguramente saldrían algunos bolos…

– Y en plena celebración, esnifando burbujas de cava, un entrometido naipe en el suelo.

– Lo cogí y lo guardé durante tiempo. El as de oros.

– ¿Era un presagio?

… Y saltándonos cualquier rito religioso: la primera comunión, la confirmación, las horas de catecismo, etc., etc. … llegamos a los diez años… Diez años bastante geográficos… Países, ciudades, pueblos, barrios, villorrios, castillos y corrales.

– Realmente un ñaque verdadero en el siglo XX.

– En este tiempo hemos hecho actuaciones de todo tipo, en todos los lugares a todos los precios, para todos los públicos…

– A teatro lleno y también vislumbrando algún que otro espectador perdido por la sala.

– Como en el Teatro Espeñol de Madrid.

Un buen día deja de salir anunciado el espectáculo en la prensa, y ese día sólo vienen cinco espectadores: dos jubilados, dos japoneses y una japonesa (vendrían por lo de ÑAQUE).7/

– También en el Teatro Español, en la segunda función de tarde, nutrida de damas de la corte, luciendo pieles por doquier, y el crítico Hara Teglen. Como es de suponer, las damas se ofendieron ante lo que, posiblemente, les recordaba a sus ancestros en la corte.

– Don Pedro, el gerente del español, ya nos había dicho: “El suyo es un espectáculo de calidad, pero no para el Primer Coliseo de España.

– Por contraste, en los barrios y ante un público más popular, la respuesta nunca ha sido de ofensa.

– ¿Te acuerdas del niño de Santa Coloma?

– ¿El que jugaba con la pelota?

– Sí. Fue en una de las ocho funciones que hicimos por los barrios de Santa Colonia a catorce mil pesetas cada una.

– Esa representación la hicimos en el comedor de una escuela, en la ladera de una montaña clavada de cemento en forma de viviendas.

– Un público muy visceral, pero ocupado en sus tareas.

– ¡Qué gracia! Las mujeres haciendo calceta e inmersas en chismorreos de la vecindad. Los hombres, con el transistor pegado a la oreja, escuchando el carrusel deportivo. Los niños jugando, metiéndose el dedo índice en la nariz…

– En la primera fila había un niño haciendo botar un balón… Nosotros estábamos bastante crispados… y llega la escena del hueco, del olvido de texto…

– Y en el momento en que Solano intenta retomar su parlamento, el chaval del balón, sin darle tiempo, va y le da el pie… “caminando mucho, comiendo poco…”

– ¡Magnífico!

– Es increíble que un público que ante una representación se desdobla en otras actividades pueda estar atento a todas las que se desarrollan.

– También es verdad que ante una representación de esas características, los actores nos desvivimos para poder llegar, penetrar…

– Sí, aunque a veces, pocas, sea imposible.

– Como en Mojácar.

– Exacto, la plaza de Mojácar llena de bares, con la música a todo volumen, un tablao flamenco en plena actuación, coches y motos transitando, turistas perdidos, niños patinando y en bicicleta, etc. Y en medio de esa amalgama: “Ñaque”, como cualquier tapa de uno de los muchos bares. -¡Camarero!-. -Usted dirá-. -Póngame una de Ñaque-.

– Realmente esa fue una de las representaciones de las que no hay que hacer. Es desgañitarse para nada.

– Bueno, al final, vino una niña de unos seis años y nos pilló en medio de un cabreo de .. -¿Mañana volveréis a hacer teatro?-. -…¡ No, hoy mismo nos vamos-. -¡Qué lástima!, me ha gustado mucho-. Y esa vocecita dulce, tierna, inocente… nos dejó el corazón hecho añicos.

– La culpa la tuvo el Ayuntamiento. Era la hora de la función y aún no se había presentado nadie de la organización.

– Es esa moda “democrática”… ¡Hay que hacer cultura! ¡Que vengan y hagan teatro!… Y vas, y eso… a hacer teatro.

– Claro que no siempre es así.

– Esas son las menos de las veces.

– Sí. Porque incluso en situaciones adversas se han producido casos excepcionales.

– ¿Hablas de El Paso?

– Lo adivinaste.

– Aquello fue increíble… Atravesar el Atlántico para hacer un bolo en El Paso – Texas.

– En el Festival del Drama del Siglo de Oro.

– El director de dicho Festival era un ex-mayor de la guerra de Corea, convertido ahora en guardabosques, si, de los que persiguen al oso Yogui. ¡Esto es América!

– Y… nada, que llegó la hora de la representación…

– Inaugurábamos el Festival.

– Y nuestra escasa escenografía no había llegado.

– Al parecer nos esperaba en Houston.

– No vamos a poder representar-. -Ustedes tienen que hacer teatro-.- dijo el guarda­- -Pero es imposible. ¿No lo entiende?-. -No-.

– Con una excelente sonrisa, que le llegaba hasta las patillas… ¡Y qué patillas!, patillas pintadas, como el flequillo, porque el señor guardabosques estaba en vías de una calvicie total… Pues con una excelente sonrisa nos dijo: -Ustedes pueden hacerlo, ¡Háganlo!

– César Oliva, que estaba en el Festival, nos recomendó que saliéramos al escenario según las pautas del inicio de la obra, y que luego paráramos la función y contáramos lo sucedido.

– Y así lo hicimos. Con tejanos, zapatos deportivos, camisa a cuadros, jersey, con el texto en la mano… nos lanzamos al escenario.

– A los dos minutos paramos y contamos lo sucedido: – No vamos a poder continuar. Nuestra escenografía y vestuario ha ido a parar a Houston…-

– Y el público sonreía sin quitarnos ojo de encima, esperando…

– Nos miramos. A pesar de los americanos estábamos contentos, bien.

– Les dijimos: -Si ustedes quieren podemos ir contando la obra, explicando lo que sucede, mimando los objetos y las acciones que con ellos se desarrollan…

– Continuamos la representación, mimando, explicando… -ahora, aquí, estaría el arcón. Yo me subiría en él y recitaría una loa…- entonces recitaba la loa…

– Así fue pasándose la obra y ya no mimábamos nada…

– A excepción de dos cocacolas que utilizamos en la escena de la comida.

– Sí. Y hicimos la obra, de pe a pa.

– Al terminar, el público estaba entusiasmado, gritaba ¡bravo!… Y nosotros asombrados.

– Saludamos, supongo que con cara de pito, y nos fuimos.

– Pero reclamaban nuestra presencia. Nos esperaba un coloquio con los espectadores.

– Y cuál no sería nuestra sorpresa, cuando todos, unánimemente, estaban convencidos de que “Ñaque”, era realmente como ellos lo habían presenciado.

– Increíble!

– Que lo de la escenografía en Houston era un truco, una genialidad dramatúrgica.

– Y por mucho que insistíamos en negar tal genialidad, no nos creían.

– Suerte que estaba César Oliva y afirmó que el espectáculo, que el conocía bien, era diferente, que de verdad existían un arcón, unos palos y un vestuario.

– Sin duda en esa función se produjo la esencia del teatro. Sin nada material: edificar, crear, imaginar, etc.

– Seguramente esa fue una nueva obra.

– Esa experiencia nos confirmaría que el público siempre se ha entregado a la obra, a la historia que se les contaba…

– Es importante remarcar que en ÑAQUE se motiva al espectador a una asistencia. No se trata de teatro de participación tal como se ha venido entendiendo últimamente, sino a la implicación del público dentro del contexto teatral.

– Y eso se traduce en respuestas evidentes.

– Como en la escena de cambio de papeles.

– Bueno, ahí ha pasado de todo, pero nunca nadie se ha excedido.

– Normalmente el público tose, ríe, hace ademanes y muecas, saluda, silba, hace el indio, gestual y sonoramente… Una vez, alguien recitó un verso… Y, una vez, un señor de tez circunspecta se jactó con estas palabras: -Sois vosotros los que tenéis que actuar, para eso pagamos-.

– De todas formas la reacción del público es bastante standard.

– En la mayoría de las ocasiones es muy similar.

– ¿Yen las escenas que Solano baja al patio de butacas?

– Bueno, eso de patio…

– Cuando pregunto: ¿Cuándo es ahora? ¿Qué año es?… siempre terminan por decirlo, aunque a veces hay que conducirlos. Han sido pocas la veces en que han surgido respuestas extrañas.

– Me acuerdo de Vitoria.

– Sí, Vitoria. En pleno invierno y nevando. A todos quienes preguntaba respondían cosas como: -nunca, jamás, siempre…- y al final alguien se apiadó de nosotros y terminó por decir: -Estamos en el 27 de julio de 1927-. Bueno, pues allá usted con su temporalidad.

– También en un pueblo que no recuerdo, en la Plaza Mayor, llena de viejetes emboinados, con una mano en el cayato y la otra agarrada a la bota de vino… no tenían ningún interés en responder. Sólo invitaba a Solano a echar un trago, a que se sentara con ellos.

– Y Ríos desesperaba en el escenario esperando una respuesta. Pero al final uno de ellos soltó un año, 1908, el año en que había nacido.

– Y ese día hicimos la función en 1908. Es estupendo transgredir el tiempo.

– Como traspasar la timidez y piropear a una espectadora de buen ver.

– Que todo hay que decirlo, en la escena que Solano baja a flirtear, nunca se ha manifestado una respuesta amorosa excesiva.

– Oiga, me lo repite.

– No podría.

– Bueno, alguna vez me han mirado con unos ojos, con los labios humedecidos, cogiéndome las manos… que… que…

– ¿Qué, qué?

– Que nada.

– Es verdad. Esta frase ya ha durado demasiado.

– La mayoría de las veces, las piropeadas, sienten un rechazo simpático: simpatía por el personaje y rechazo por los piojos, supongo.

– Fue en Morón de Almazán, en la Plaza Mayor, con los niños en el escenario que daban más trabajo quitarlos de enmedio que espulgarse los piojos… donde una parte del público se ofendió.

– Sí, por lo de Abraham y Dios Padre… por la tosquedad de los personajes, por alguna que otra palabra… “La puta que nos parió”…

– Al acabar la función tuvimos que salir como conejos aperdigonados.

– Conejo tú. Tuvimos empero un buen recibimiento.

– Que ironía.

– Llegamos y el pueblo estaba vacío. Alguien, asomándose por una ventana, nos dijo: -¿Son ustedes los del teatro?-. -Pues sí-. -Pues la banda, los cabezudos, la guardia civil, todos les han ido a esperar a la estación.

– ¡Caramba! ¿Quién se habrán creído que somos?

– Lo cierto es que todo el pueblo estaba en la estación de Renfe esperando al tren del teatro.

– Durante una semana, un tren cargado con grupos de titiriteros, paraba en los pueblos y la armaba…

– Suerte que no nos promulgamos en alabanzas creyendo en tan apoteósico recibi­miento.

– Dejamos pasar a la guardia civil, a cabezudos y banda…

– Supongo que nuestras caras denotaban un pasmo de aquí te espero.

– Lástima que no hubiera fotógrafos.

– Esos sí que han padecido durante estos diez años.

– ¿Los fotógrafos?

– Como en ÑAQUE siempre se integra lo que sucede, pues los flashes de los fotógrafos han sido siempre ideales para crear un momento de comicidad.

– Solano y Ríos se sorprenden de tal efecto, y sienten miedo, curiosidad, peligro, etc.

– Más de uno se ha salido de la representación.

– Concretamente en Sabadell.

– En Sabadell teníamos a los espectadores tan cerca, que parte de ellos, a la mitad de la representación empezaron a rascarse manos, brazos, piernas, cabeza… Algún extraño síndrome se produjo. El síndrome del piojo.

– De piojos y actores.

– ¿Os acordáis de una función en una iglesia de barrio?

– Nos acordamos… ¿de qué?

– Fue casi al principio, cuando aún no teníamos muy la medida de cómo funcionaría la obra, de que la obra era quizás para un público de teatro, que si era un poco pedagógica, que…

– ¿Y?

– Y,… nada. Que al terminar la función, en pleno altar, un obrero se acercó encantadísimo por haber asistido al teatro y comentó: -Es que ustedes me acaban de contar mi vida-. -¿Cómo?-. -Sí, ustedes pueden hablar de actores, de esa vida puteada y tal, pero es que mi vida es lo mismo, nosotros también somos unos piojos…

– Piojos, todos, al fin y al cabo.

– Todos, menos muchos.

– Esta apreciación creo que nos dió el primer destello de lo que podía ser el ÑAQUE a través del tiempo, y de los caminos, y…

– Caminamos hasta tantas partes…

– México.

– ¿Qué les pasó a Camilo y Miguel en México?

– Hicieron una actuación en la plaza de un pueblo, y ya al final de la obra, cuando Ríos y Solano se preguntan: -¿Nos olvidarán?-. Un espectador respondió: -Yo no, me llamo Octavio-.

– Y yo Ríos.

– Y yo Solano.

– Y… “ÑAQUE”… Dos hombres que no llevan sino una barba de zamarro, tocan el tamborino y cobran a ochavo. Estos hacen un poco de un auto, un entremés y dicen unas octavas y dos o tres loas. Viven contentos, duermen vestidos, caminan desnudos, comen hambrientos, espúlganse en verano entre los trigos, y en el invierno no sienten con el frío los piojos.

 

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