PERMISO PARA MIRAR

Estaba en la cama con dos amigos a punto de follar. Apenas quedaba ya nadie en el apartamento. Nos habíamos refugiado en una habitación que debía de ser el vestidor. No teníamos condones y fui a pedirlos a los que quedaban por allí. Uno de los inquilinos dijo que tenía algunos en su habitación y que nos los traería. Apareció al rato con unos amigos. Lo único que nos pedía a cambio de los condones es que les dejáramos mirar. No sé cómo ocurrió, pero al cabo de unos momentos me encontré con un palo en la mano tirando al suelo un enorme espejo sobre los cinco chicos que me acorralaban. Mi cara también quedó bastante destruida. Luego nos fuimos.

Ahora me pedís que describa mi relación con la escenografía y sólo me viene a la cabeza esa noche en la que unos chicos querían mirar algo que no debían. Los chicos no sabían que la intimidad no se vende a cambio de unos condones. Hace falta ganarse ese derecho. Eso es lo que hago desde que empecé mi trabajo: crear las condiciones para poder mirar.

No hay ninguna diferencia entre lo que somos y lo que nos rodea. Somos la radio que escuchamos, los pisitos en los que vivimos, la ropa que llevamos. ¿O acaso pensaste que eras impermeable? Por eso a Rodrigo le gusta tanto hablar de Ikea, piensa que los lugares en los que compramos nos retratan mejor que nuestros estudios. No, no hay ninguna diferencia entre los actores y sus escenografías. Por lo tanto, cuando empiezo a pensar en un espectáculo no hago distinción entre las dos cosas, me interesan tanto las personas que subirán al escenario como los lugares en los que habitarán. Y sin embargo, luego apenas entran en contacto. Los actores apenas «usan» las escenografías. Los objetos y las personas están allí para ser mirados. Yo me encargo de que nadie os señale con el dedo por ello.

Al igual que los gestos y expresiones de una persona, los rasgos de una habitación traen consigo cientos de años de historia, como decía Pérec citando a Marcel Mauss, «Hechos triviales, observados en silencio, pasados por alto, que se dan por sentados, […] remiten, con mucha más agudeza y presencia que la mayoría de las instituciones e ideologías de que suelen nutrirse los sociólogos, a la historia de nuestro cuerpo, a la cultura que modeló nuestros gestos y posturas, a la educación que moldeó nuestros actos motores no menos que nuestros actos mentales». Y si es así con los seres humanos, lo es todavía más con los espacios que éstos habitan, superposición de señales que testimonian una necesidad de acomodo a un mundo que no se hizo a su medida.

Y sin embargo, todavía ahora, después de cuatro párrafos, me pregunto porqué pegamos a los cinco chicos que querían mirarnos haciendo el amor. ¿Por qué no los dejamos quedarse allí de pie mientras nosotros nos enzarzábamos? Mi relación con la escenografía, que es como decir mi relación con el escenario, está directamente ligada a esta pregunta. ¿Qué hacer para que el espectador tenga derecho a sentarse ante la casa de un desconocido y mirar lo que éste está haciendo? Quizás todo se limite a poner un cartel con la palabra teatro ante la puerta de la casa e imaginar que el mundo no es más que la escenografía de la comedia.