(Traducido y extractado por J. Sanchís Sinisterra)

“Les beaux livres sont écrits dans une sorte de langue étrangère.”
Marcel Proust

Bartleby no es una metáfora del escritor, ni el símbolo de cualquier cosa. Es un texto violentamente cómico, y lo cómico es siempre lite­ral. Es como un relato de Kleist, de Dostoievski, de Kafka o de Beckett, con quienes forma un linaje sub­terráneo y prestigioso. Sólo quiere decir lo que literalmente dice. Y lo que dice y repite es “I would prefer not to” ([1]). Es la fórmula de su gloria, y todos sus devotos lectores la repiten a su vez. Un hombre delgado y lívido ha pronunciado la fórmula que enlo­quece a todo el mundo. Pero, ¿en qué consiste la literalidad de la fórmula?

Se advierte, en primer lugar, cierto manierismo, cierta solemnidad: prefer se emplea raramente en este sentido, y ni el jefe de Bartleby, el abogado, ni los pasantes la utilizan habitualmente. La fórmula ordinaria sería más bien I had rather not. Pero sobre todo la rareza de la fórmula desborda la palabra misma: sí, es gramaticalmente correcta, sintácti­camente correcta, pero su abrupta terminación, NOT TO que deja in­acabado lo que rehusa, le confiere un carácter radical, una especie de fun­ción-límite. Su repetición y su insis­tencia la vuelven, en su conjunto, tanto más insólita. Murmurada con una voz tenue, paciente, átona, al­canza lo irremisible, formando un bloque inarticulado, un único aliento. En este aspecto tiene la misma fuer­za, el mismo papel que una fórmula agramatical (el límite de una serie de variables gramaticales ordinarias).

(…)

¿La fórmula de Bartleby no sería (…) a la vez estereotipo del propio Bartleby y expresión altamente poética de Melville, límite de una serie como preferiría esto, preferiría no hacer esto, no es esto lo que prefe­riría…? A pesar de su construcción normal, resuena como una anomalía, una atipia.

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La fórmula tiene diez ocu­rrencias principales, y en cada una puede aparecer varias veces, repe­tida o variada. Bartleby es copista en el despacho del abogado: no cesa de copiar, “de una manera silenciosa, lívida, mecánica”. La primera ocu­rrencia tiene lugar cuando el abogado le pide que coteje, que repase la copia de los dos pasantes: “I would prefer not to”. La segunda, cuando el abogado le dice que venga a leer sus propias copias. La tercera, cuando el abogado le invita a revisar con él personalmente, cara a cara. La cuarta, cuando el abogado quiere enviarle a comprar. La quinta, cuando le pide que vaya al cuarto contiguo. La sexta, cuando el abogado quiere entrar en su oficina un domingo por la mañana y descubre que Bartleby duerme allí. La séptima, cuando el abogado se conforma con hacerle preguntas. La octava, cuando Bartleby ha renun­ciado a copiar y el abogado le despide. La novena, cuando el abogado hace una segunda tentativa para despe­dirle. La décima, cuando Bartleby ha sido expulsado de la oficina, se ha instalado en la escalera, y el abogado enloquecido le propone otras ocu­paciones inesperadas. (…) La fórmu­la rebrota y prolifera. A cada ocurren­cia, el estupor crece en torno a Bartleby, como si se hubiera es­cuchado lo Indecible o lo Irremedia­ble. Y crece también el silencio de Bartleby, como si lo hubiera dicho todo y el lenguaje, de golpe, se hubie­ra agotado. A cada ocurrencia se tiene la impresión de que la locura crece: no particularmente la de Bartleby, sino la de su entorno, y en especial la del abogado, que se lanza a extrañas propuestas y a conductas aún más extrañas.

No cabe duda: la fórmula es devastadora, depredadora, y no deja subsistir nada tras de sí. Se advierte, en primer lugar su carácter contagio­so: Bartleby trastorna la lengua de los demás. Las insólitas palabras, I would prefer, se insinúan en el len­guaje de los pasantes y del propio abogado. Pero esta contaminación no es lo esencial, lo esencial es el efecto sobre Bartleby: después de haber dicho PREFERIRÍA NO (revisar), tampoco puede ya copiar más. (…) La fórmula-bloque tiene como efecto no sólo rechazar lo que Bartleby prefiere no hacer, sino tam­bién volver imposible lo que hacía, lo que supuestamente aún preferiría hacer.

Se ha señalado que la fórmula, I prefer not to, no era ni una afirma­ción ni una negación. Bartleby “no rehúsa, pero tampoco acepta, avanza y se retira en este avanzar, se expone un poco mediante un leve retraer del habla” ([2]). El abogado se sentiría aliviado si Bartleby no quisiera, pero Bartleby no rechaza, tan sólo rehúsa una no-preferencia (la relectura, las compras…). Y Bartleby tampoco acepta en mayor medida, no afirma una preferencia que consistiría en continuar copiando, solamente plan­tea su imposibilidad. En suma, la fórmula que rehúsa sucesivamente cualquier otra actividad ha engullido ya el acto de copiar, que ya ni siquie­ra necesita rehusar. (…) La fórmula aniquila “copiar”, la única referencia con respecto a la cual algo podría ser preferido o no. Preferiría nada antes que algo: no una voluntad de nada, sino el crecimiento de una nada de voluntad. Bartleby ha ganado el derecho a sobrevivir, es decir a mantenerse inmóvil y erguido frente a un muro ciego. Ser en tanto que ser, y nada más. Se le insta a decir sí o no. Pero si dijera no (revisar, hacer compras…), sería rápidamente vencido, tildado de inútil y no sobre­viviría. Sólo puede sobrevivir dando vueltas en un estado de suspensión que mantiene a todo el mundo a dis­tancia. Su medio de supervivencia es preferir no revisar, pero también, y por eso mismo, no preferir copiar. Le resultaba necesario rehusar lo uno para volver imposible lo otro. La fórmula actúa en dos tiempos y no deja de recargarse a sí misma, al volver a pasar por los mismos esta­dos. Es por eso por lo que el abogado, en cada ocasión, tiene la impresión de que todo vuelve a empezar desde cero.

En primera instancia se diría que la fórmula es como la mala traducción de una lengua extranjera. Pero, escuchándola mejor, su esplen­dor desmiente esta hipótesis. Es quizás ella quien excava en la lengua una especie de lengua extranjera. Pero, si es verdad que las obras maestras de la literatura forman siempre una especie de lengua ex­tranjera en la lengua en que están escritas, ¿qué viento de locura, qué aliento psicótico pasa de este modo al lenguaje? Es propio de la psicosis instaurar un procedimiento, que con­siste en tratar a la lengua ordinaria, a la lengua estándar, de tal modo que le haga “restituir” una lengua original desconocida que sería quizás una proyección de la lengua de Dios y que arrebataría todo el lenguaje. (…) ¿No es acaso principalmente la vocación esquizofrénica de la literatura ameri­cana, hacer evacuar así la lengua inglesa, a fuerza de derivas, de desviaciones, de detaxis o de sobretaxis (por oposición a la sintaxis estándar)? ¿Introducir un poco de psicosis en la neurosis inglesa? ¿Inventar una nueva universalidad? A tal efecto serán convocadas las otras lenguas en el inglés, para mejor hacerle producir un eco de esa len­gua divina de tormenta y de trueno. Melville inventa una lengua extranjera que discurre bajo el inglés y que lo arrebata : es el Outlandish, o el Deste­rritorializado, la lengua de la Ballena (…): excavar en la lengua una espe­cie de lengua extranjera y confrontar todo el lenguaje con el silencio, hacer que se derrumbe en el silencio. Bartleby anuncia el largo silencio en que entrará Melville, solamente roto por la música de los poemas, y del que no saldrá hasta “Billy Bud”. El mismo Bartleby no tenía más salida que callar y retirarse detrás de su biombo, cada vez que pronunciaba su fórmula, hasta su silencio final en la prisión.

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Si Bartleby rechazara, aún podría ser reconocido como rebelde o insumiso, y poseer de este modo un papel social. Pero la fórmula des­activa todo acto de habla, al tiempo que hace de Bartleby un puro excluido al que no puede atribuirse ninguna situación social (…): separa el len­guaje de toda referencia, en con­formidad con la vocación absoluta de Bartleby de ser un hombre sin refer­encia, el que surge y desaparece, sin referencia a sí mismo ni a ninguna otra cosa.

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Bartleby es el hombre sin referencias, sin posesiones, sin propiedades, sin cualidades, sin par­ticularidades: es demasiado liso para que se le pueda colgar particularidad alguna. Sin pasado ni futuro, es ins­tantáneo. I PREFER NOT TO es la fórmula química o alquímica de Bartleby, pero puede leerse a la in­versa, I AM NOT PARTICULAR no soy particular, como indispensable complemento. Todo el siglo XIX es­tará atravesado por esta búsqueda del hombre sin nombre, regicida y parricida, Ulises de los tiempos modernos (“Yo soy Nadie” ): el hombre aplastado y mecanizado de las grandes metrópolis, pero de quien quizás se espera que salga el Hombre del futuro o de un nuevo mundo. Y en un mismo mesianismo se le percibe tan pronto del lado del Proletario como del lado del Americano. También la novela de Musil continuará esta búsqueda e inventará la nueva lógica, de la cual El hombre sin atributos es a la vez el pensador y el producto.

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El americano es aquel que se ha liberado de la función paternal inglesa, es el hijo de un padre des­menuzado, de todas las naciones. Desde antes de la independencia, los Americanos piensan en la com­binación de los Estados, en la forma de Estado que sería compatible con su vocación; pero su vocación no es reconstruir un “viejo secreto de Es­tado”, una nación, una familia, una herencia, un padre, es ante todo constituir un universo, una sociedad de hermanos, una federación de hombres y de bienes, una comunidad de hombres anarquistas, inspirada por Jefferson, por Thoreau, por Mel­ville. Tal la declaración de Moby Dick (cap. 26): «Si el hombre es el her­mano del hombre, si es digno de “confianza”, no lo es en tanto que perteneciente a una nación, ni en tanto que propietario o accionista, sino en tanto que hombre solamente, cuando ha perdido esos caracteres que constituyen su “violencia”, su “idiotez”, su “crapulería”, cuando no tiene más conciencia de sí que bajo los rasgos de una “dignidad de­mocrática” que considera todas las particularidades como otras tantas manchas de ignominia provocadoras de angustia o piedad. América es el potencial del hombre sin particulari­dades, del Hombre original.»

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El cuadro del proletario en el siglo XIX se presenta así: el adveni­miento del hombre comunista o la sociedad de los camaradas, el futuro Soviet, puesto que excluye la propiedad, la familia y la nación, no tiene más determinación que ser hombre, Homo tantum. Pero es tam­bién el cuadro del Americano, por otros medios, y los rasgos de uno y de otro se mezclan o se superponen a menudo. América pensaba hacer una revolución cuya fuerza sería la emi­gración universal, los emigrados de todos los países, así como la Rusia bolchevique pensará en hacer otra cuya fuerza sería la universal prole­tarización, “proletarios de todos los países”…: dos formas de la lucha de clases. Tanto es así que el mesianis­mo del siglo XIX tiene dos cabezas, y no se expresa menos en el pragma­tismo americano que en el socia­lismo finalmente ruso.

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La novedad del pensamiento americano se comprende cuando se ve en el pragmatismo una de las tentativas para transformar el mundo, y para pensar un nuevo mundo y un nuevo hombre mientras se hacen. (…) Contemporáneo del trascenden­talismo americano, Melville dibuja ya los rasgos del pragmatismo que va a prolongarlo. Es primero la afirmación de un mundo en proceso, en archipiélago. Ni siquiera un puzle cuyas piezas, al adaptarse, reconstruirían un todo, sino más bien como un muro de piedras libres, no cimentadas, en donde cada elemento vale por sí mismo y sin embargo por su relación con los otros (…). Pero para esto, es preciso también que el sujeto consciente, el propietario Único, ceda el puesto a una comunidad de explora­dores, precisamente los hermanos del archipiélago, que reemplacen el conocimiento por la creencia, o más bien por la “confianza”: no creencia en otro mundo, sino confianza en este mundo, y en el hombre tanto como en Dios.

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El pragmatismo, como ya Mel­ville, no dejará de luchar en dos fren­tes: contra las particularidades que oponen el hombre al hombre y nutren una irremediable desconfianza; pero también contra lo Universal y el Todo, la fusión de las almas en nombre del gran amor o de la caridad. ¿Qué les queda, no obstante, a las almas cuando no se aferran a las particulari­dades? ¿Qué les impide entonces fundirse en un todo? Les queda pre­cisamente su “originalidad”, es decir, un sonido que cada una emite, como un estribillo en el límite del lenguaje, pero que solamente emite cuando toma el camino (o el mar) con su cuerpo, cuando conduce su vida sin buscar su salvación, cuando em­prende su viaje encarnado sin fin particular, y encuentra entonces al otro viajero, a quien reconoce por el sonido. (…) Y si se le impide realizar su viaje, entonces su puesto no es otro que la prisión en donde muere de “desobediencia civil”, como dice Thoreau, “el único lugar en donde un hombre libre podrá residir con honor”.

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No es posible separar el fra­caso de las dos revoluciones, la americana y la soviética, la prag­mática y la dialéctica. La emigración universal no triunfó, (en mayor me­dida) que la universal proletarización. La Guerra de Secesión ya redobla sus campanas, como lo hará la liqui­dación de los Soviets. Nacimiento de una nación, restauración del Estado-nación, los padres monstruosos vuelven al galope, mientras que los hijos sin padre comienzan de nuevo a morir. (…) Pero al igual que muchos bolcheviques escuchaban desde 1917 las potencias diabólicas que llamaban a la puerta, los pragmatis­tas, y ya Melville, veían llegar la mascarada que arrastraría la so­ciedad de los hermanos (…), diag­nosticaban el mal americano, el nuevo cemento que restablece el muro: la autoridad paterna y la inmunda cari­dad. Así pues, Bartleby se deja morir en la cárcel.

[1] Traducido habitualmente por “Preferiría no hacerlo”. (N. del T.)

[2] Philippe JAWORSKI, Melville, le désert et l’empire Presses de l’École Normale, p.19