¿Éste?, pregunta Esteban señalando el menú.
No, éste, le muestra Mabel.
Ah, bueno, compartámoslo, le propone Esteban.
No.
¿Por qué?
Porque me lo quiero comer yo sola.
¿Todo?
Todo.
Mabel mira por la ventana que está junto a su mesa. La plaza de Echeverría del barrio de Belgrano. Es el final de una hermosa tarde porteña, con ese cielo celeste, llano e inmenso, que suele instalarse en los veranos de Buenos Aires.
Sin dejar de mirar a través de la ventana, Mabel le dice que podría convidarle a un mordisco.
Sí, un mordisco va a estar bien, Mabel. Y riéndose agrega: Me gustan los mordiscos.
Mabel no se ríe. Tal vez no lo haya escuchado. Esteban toma la servilleta y la retuerce mientras la mira mirar por la ventana.
No lo puedo evitar.
¿Qué cosa?, le pregunta ella.
Quererte.
Ah, sí. A veces no se puede evitar.
El mozo se acerca a la mesa.
Mabel está comenzando a llorar. Esteban le seca las lágrimas con la servilleta y le acaricia las mejillas.
¿Qué se van a servir?, pregunta el mozo, seguramente un poco entristecido.

Mabel baja cautelosamente la escalera para entrar a la librería. Abre su cartera y se pone los anteojos. Ve una foto de Antonio Tabucchi recortada de un diario que está pegada en una columna. «Es él», piensa, «es él». Antonio está sentado en una silla de madera. Pero está sentado al revés. Con su pecho apoyado sobre el respaldo, sosteniendo su cabeza con ambas manos. Sonriendo, mira a la cámara. «Me mira a mí», piensa Mabel,
«me está mirando a mí».
El empleado teclea en una computadora. Ella se acerca aún más a la fotografía.
Esta foto…
Sí, dice el empleado.
¿De dónde la sacaron?
La recorté del diario. El mes pasado estuvo aquí.
¿Aquí en la librería?
No, aquí en Barcelona.
Ah.
Se miran. Parece que la conversación ha terminado. Él vuelve a su teclado.
Me gusta, dice ella.
Si quieres la despegamos.
No, por favor, no quisiera que se rompa. Me gusta él, él, y señalando la imagen, dice: Tabucchi.
A mí también.
Mabel se aleja de la columna. Camina hacia la zona «Poesías». Le llama la atención ver un libro de Alejandra Pizarnik en una librería de Barcelona. Una compilación. Toma el libro, lo abre. «Y yo sola con mis voces, y tú, tanto estás del otro lado que te confundo conmigo».
«Quiero memorizar esto», piensa, «cada palabra». Deja el libro en su sitio. Vuelve a la columna.
¿La podemos despegar?
Por supuesto, responde el empleado, poniéndose de pie y dejando a un lado su trabajo. Cuidadosamente despega cada pedacito de cinta Scotch. Cuatro pedacitos. Se la entrega. Toda tuya, le dice. Gracias. La voy a fotocopiar ampliada.
No conviene porque tal vez se deforme. A veces cuando amplías las cosas se deforman. Mejor verlas como son.
Sí, es cierto. ¿Dónde puedo ir a fotocopiarla?
Sales y vas hacia la izquierda hasta llegar a la avenida. Justo en la esquina. Pero puedes quedártela. Es un obsequio.
No, gracias. Te la voy a devolver. Enseguida.
Vuelve a pasar por «Poesías». «Ya me olvidé del poema», piensa. «Ya me lo olvidé…» «Sola con mis voces…», «con mis voces»… «No puedo, me lo olvidé».
Y ya está en la puerta de la librería. Qué linda sos Barcelona, murmura.

«Tal vez la caminata la debería haber dejado para después», piensa Mabel sosteniendo la fotografía de Antonio Tabucchi, frente a la puerta ya cerrada de la librería. «No importa, vendré mañana», piensa. «Vendré mañana».
En la esquina, donde está la vieja farmacia, hay un árbol. Detrás del árbol se asoma el empleado para mirarla.

Ya es de noche. Desde el teléfono público que está frente a su hotel, Mabel llama a Esteban.
Mabel, ¿dónde estás? Hace cuatro días que te estoy llamando. Estoy en Barcelona.
¿Cómo? ¿Qué hacés ahí?
A Mabel se le nubla la vista. Le brotan lágrimas, demasiadas, lo que sorprende a Mabel. «Qué cantidad», piensa. «¿Por qué sale agua salada de los ojos cuando uno se pone triste? ¿Por qué?»
Mabel…, dice Esteban desde el otro lado del teléfono.
Pero ella cuelga el auricular y luego camina por la avenida Diagonal.

Es de madrugada. Mabel pone la foto como señalador en la página cuarenta y dos de Le fil de l’horizon y cierra el libro. Lo apoya en la mesita de luz. Se acurruca entre las sábanas en posición fetal. Respira serenamente y se duerme.

Ahora en Buenos Aires también es de madrugada. Esteban se sostiene la cabeza con ambas manos, sentado al revés, apoyando su pecho en el respaldo de una silla de madera. Pero él no mira a ninguna cámara. Ni tampoco sonríe.

Es una mañana fresca en Barcelona. Mabel baja cautelosamente la escalera de la librería. Él la ve venir pero baja la vista hacia su teclado simulando no verla.

¿La pegamos de nuevo?, le ofrece Mabel. Bueno. ¿Me ayudas?
Sí, y le tiende la foto.
Saca de su cajón una cinta Scotch, y comienza a despegarla, cortando pedacitos con los dientes que tiende a Mabel uno a uno. La foto ya está pegada nuevamente en la columna. Tabucchi sonríe y ellos dos también.

Él está sobre ella besando su cuello. Mabel respira agitadamente en su oreja dejándose besar. Las sábanas están enredadas entre las cuatro piernas. El empleado tiene un nombre: Jordi. Y un segundo nombre, que es Antonio.

Antonio Tabucchi está desayunando en su casa de Pisa. Toma un capuchino mientras lee Il Corriere della Sera. Y ya fuma su tercer cigarrillo, a pesar de que el día recién ha comenzado.