Sinfonía de los Adioses. Es el nombre con el que popularmente se conoce la Sinfonía número 45 en Fa# menor, de Hayden, compuesta en 1772. Catalina Saavedra es actriz independiente chilena. Participó, junto con otros diez becarios iberoamericanos, en el Primer curso de Nuevas Tendencias de la creación y producción teatral, impartido por El Teatro Fronterizo en la Sala Beckett, el último trimestre de 1992.

 

Querido Víctor:

Dentro de pocos días se cumplen seis meses desde que salí de Chile. Por primera vez cruzaba ese gran charco de agua llamado Atlántico. Llena de temores y expectativas, de imágenes i colores inventados, leídos, soñados… una fantasía. Europa se me presentó de golpe. Un golpe extraño. Ahí estaban intactos los monumentos, los museos, las calles angostas, los balcones. Eran las mismas fotografías del Atlas Universal que había visto en el colegio. Espectacular. Pero como todas las fantasías (o casi todas) se confrontan con la realidad, hoy miro a este viejo continente con prudencia.

Es difícil explicar las sensaciones, son tantas y tan contradictorias. En este corto y largo tiempo aquí, me doy cuenta lo lejos que estamos los unos de los otros. Me recibe la Sala Beckett, una pequeña cueva, un clan que ofrece la posibilidad de crecer, lleno de energía creativa que se contagia: alquimistas del arte, hombres y mujeres que creen en los lazos, en los encuentros fronterizos sin fronteras, y un poco más arriba, cerca de los -15 grados, me despide un monstruo poderoso llamado xenofobia; ahí, real. Entonces así, casi sin darme cuenta, se derrumban en mis pies los balcones. Lo que el uno crea, el otro lo destruye. Las nuevas imágenes en mis sueños son violentas, individuos que no logran mirarse entre sí. Un bate de beisbol reventando la cabeza de un turco y una familia feliz comprando almohadones de pluma en el Kuffhof de Berlín. Hombres enemigos de otros hombres y yo sin poder abrir la boca por miedo al golpe, a la sangre, buscando soluciones ingenuas, creyendo a dura penas en un futuro con tintes de armonía, sólo unas pinceladas en común serian suficientes, porque la pintura entera es otra fantasía.

Pero hay otra cosa, me llevo de aquí un poquito de orden, de eficacia; creo en el caos, pero para ciertas cosas, para otras no me sirve de nada. Hablo, sobre todo, en lo referente al teatro: me parece necesario mezclar la pasión con la razón. En la otra orilla del charco nacen, día a día, más ganas de crear, de crecer, de avanzar: la locura creadora postdictaduras se abalanza sobre nuestros pueblos; sobre Chile puedo hablar con certeza, reconociendo que las realidades son bastante opuestas. Europa me enseña a buscar caminos y espacios para seguir avanzando.

Y surge  aquí, aunque parezca extraño, una unión: once latinoamericanos nos descubrimos aquí, en Barcelona, a más de diez mil kilómetros de nuestras tierras, en la Sala Beckett, asombrándonos juntos del largo camino que tuvimos que recorrer para vernos las caras y saber un poco más de nuestras propias historias: y es que no sólo aquí hay que buscar soluciones de unidad, allá también es urgente la cercanía, y aquí nos enteramos de eso. Pero a pesar de todo, aparece la gran alegría, al darnos cuenta de que tanto aquí como allá, hay hombres que creen en la fuerza del dialogo sin fronteras, los chauvinismos descarrilan el alma, la xenofobia la envenena y la mata.

Cómo me gustaría en este instante escribir otras cosas, teclear anécdotas, describir risas… Sin embargo, todo lo dulce que he recibido aquí, se avinagra con mi encuentro con los neonazis en Rostock; la alegría se anula, desaparece, se hacen presentes rostros que se miran el ombligo, seres egoístas que lideran en cada pueblo y en cada pueblo nómadas, subrazas para algunos, indiferencia en otros, impotencia para los que restan.

Así me recibe Europa. Agridulce. El encanto ensordecedor de este continente lo guardo en mi equipaje de mano. Y me regreso a Chile contenta a pesar de las historias amargas. De este modo somos más los felices que creemos en que todo esto tiene algún sentido.

Besos, CATALINA