E1 arte es decoración cuando no tiene contenido. El arte que encuentra su origen en una sedimentación discursiva, en un contenido evidente aunque no por su evidencia tenga que ser lineal, también puede transformarse en ornamentación cuando se le enmudece con la mordaza del descontexto o con el blindaje de la ignorancia. Los objetos rituales africanos colocados en una sala de estar, por citar un ejemplo, se transforman en algo muerto, en un producto de taxidermia objetual emparentado con los trofeos de caza arrestados entre la muerte y la descomposición. Esta mismo puede hacerse con artefactos menos exóticos, parte de nuestra propia cultura cuando deliberadamente transformamos el contenido en estilo o el compromiso en tendencia.

En Estados Unidos a mediados de los ochenta, cuando el arte más o menos politizado empezó a entrar en galerías, los artistas recibíamos cuestionarios de inclusión en enciclopedias de arte con infinidad de casillas que pretendían dar el retrato robot de cada uno. Rellene la casilla o casillas que mejor definan su trabajo. ¿Abstracto? ¿figurativo? ¿geométrico? ¿étnico? ¿político? -transmutando lo ético en estético se untaba de vaselina el arte más incómodo para facilitar su penetración en el mercado del arte.

En Europa, particularmente en España, el problema del qué hacer con el arte de contenido social o político se ha resulto, de momento, por la vía expeditiva; o se hace ver que no existe o se le desplaza del presente identificándolo con un momento singular (la Revolución Rusa, el franquismo, los años sesenta, etc. que explica su anormalidad y que implica, de paso, lo innecesario en nuestra realidad actual de respuestas estéticas y contenidos parecidos. Lectura entre líneas: vivimos en el mejor de los mundos posibles y el que no se conforma es porque no quiere.

Es importante, en cualquier caso, aclarar qué es y qué no es arte político y, simultáneamente, diferenciar entre arte “comprometido” y arte de contenido político o social. Con respecto a lo primer, cabe señalar que para que una obra de arte pueda calificarse sin paliativos de política, necesita como condición sine qua non que tenga una ideología inequívocamente definida. Dicha obra no puede ser ideológicamente ambigua; el espectador debe ser capaz de discernir si la obra está hecha por un comunista, un socialdemócrata o un militante de Ordine Nuovo. De ahí que el único arte realmente político sea el agit-prop. Por contra, si la obra hace referencia de una manera amplia y paradigmática, por ejemplo, a aspectos de comportamiento político, al ejercicio del poder, a la guerra, a la explotación del débil, etc., su significado y comentario es social y se convierte en político, o se utiliza políticamente, sólo a posteriori.

Hagamos un poco de historia-ficción: si el fascista Marinetti hubiese pintado una tela sobre el bombardeo de Dresde, un acto revanchista y militarmente innecesario que cobró más muertos que el bombardeo de Hiroshima, mostrando el dolor de las víctimas (aunque fueran alemanas) y la crueldad evidente del verdugo (aunque fuera inglés), esta tela inexistente hubiera podio ser muy bien parecida, en cuanto a contenido y grito de denuncia, al Guernica de Picasso. También es posible que su estética la hubiese ubicado dentro de la vanguardia histórica y que su mancha hubiera radicada en factores extraartísticos como el reaccionarismo ideológico de su autor y el colaboracionismo letal de gran parte del pueblo alemán durante la guerra. En otras palabras, en arte el comentario social y el acto político no son equivalentes ni intercambiables.

A otro nivel, no muy distante de lo que acabo de exponer, me parece necesario remarcar las diferencias entre el arte comúnmente calificado de comprometido y el arte preocupado por el comportamiento político y las relaciones de poder. El primer caso representa una respuesta ética a una realidad coyuntural como pudo ser el franquismo en España. Cuando dicha realidad cesa de existir, el compromiso se diluye, algo que queda muy claro con la súbita desaparición del arte engagé en nuestro país después de la muerte del dictador. En relación al segundo caso, sin embargo, nos encontramos con algo muy distinto; ahí se trata de un interés intelectual en el hecho político en sí, en la fenomenología del poder y de las relaciones humanas en el ámbito de lo social. Aunque la realidad imperante informe al artista involucrado en estas cuestiones, éste no necesita de condiciones extremas para reaccionar; no necesita de siniestros dictadores de opereta ni de enemigos fácil y justamente demonizables. Al contrario, este artista reacciona contra la infinita complejidad, la interminable gama tonal de grises que constituye la normalidad política y social de la democracia liberal y capitalista, gran ganadora de la carrera de vallas de la historia. En cualquier caso de los expuestos, y sin duda alguna, lo que hace que una obra de arte sea de primer orden como tal es siempre su valor estético. Sin embargo, lo que la hace relevante es su contenido y el diálogo que dicha obra establece con la realidad total del momento y su capacidad de seguir hablando a generaciones venideras. Como El Bosco, como Goya, como el pintor anónimo de la Cueva de Caballos.

Si todo esto puede acabar redondeando una sala de estar de diseño ilustrado, es algo que tiene que ver mas con la necesidad de trivialización del entorno social, político y cultural que la mayoría de los mortales parecemos tener para poder vivir tranquilos, que con un fallo congénito del arte que pretende ir más allá de la decoración de lujo. Aunque hay, sin duda, personas que coleccionan privadamente arte con una intensidad, necesidad, curiosidad, obsesión y urgencia comparables a las del artista a la hora de realizar la obra, el contexto natural para el arte que plantea cuestiones profundas sobre la naturaleza humana es el museo, sobre todo si es un museo público. El fondo de obra de los museos nacionales pertenece a todos los ciudadanos, no sólo a los que pueden comprarla, y es en este contexto donde el arte preocupado por cuestiones sociales y políticas cumple su función primordial: plantear preguntas a la caza de respuestas que iluminen la obligación moral que todos tenemos de no aceptar como el mejor de los mundos posibles el que hemos heredado de la historia.

Miento; no es una cuestión moral, es una cuestión de supervivencia.

 

Barcelona, veintitrés años después de la última verbena de Sant Joan.