Una obra teatral es el registro verbal, literario, de mil posibles acontecimientos escénicos, entendiendo por acontecimiento escénico el encuentro de unos actores y unos espectadores en un tiempo y en un espacio concretos.

Leer un texto teatral consiste en asistir a una representación imaginaria, todos los niveles del discurso dramático remiten a un referente teatral, escénico, a un espectáculo que todavía no (o ya no) tiene lugar, por lo tanto, leer teatro es poner en escena: el lector es un director virtual.

Hay buenos y malos lectores de teatro, del mismo modo que hay buenos y malos directores de escena. El mal lector, com el mal director, es aquél que sólo es capaz de imaginar, de poner en escena, la superficie y la linealidad del texto. Su representación imaginaria es plana, literal; en el mejor de los casos, literaria: organiza imágenes (visuales o acústicas) y significados (simples o complejos) en un teatro fantasmal, inconcreto, difuso, discontinuo, plástico, como el que erige mentalmente el lector de novela, de poesía o de ensayo.

Puede captar y gozar con las sutilezas del texto con la mayor penetración, pero las proyecta en un escenario mediocre, mal dotado técnica y estéticamente, con unos actores que se le parecen mucho y que interpretan de un modo monótono uy convencional. Puede poseer una gran cultura y una fina sensibilidad, pero escaso o ningún sentido escénico. Puede entender todas las implicaciones sociológicas, psicológicas, filosóficas, éticas y estéticas d ella obra, pero se le escapa su teatralidad.

El buen lector de teatro, en cambio, es aquél que configura su representación imaginaria en un espacio escénico preciso, delimitado, sólido y altamente sensorial, aunque no responsa a las convenciones y límites vigentes. Y es capaz de tener presentes, en el curso de su lectura, todos los elementos, humanos o no, que ocupan este espacio; de percibir la simultaneidad y la interacción de todos los sistemas de signos que está ajó, funcionando, aunque el discurso textual no los focalice o ni siquiera los mencione.

Las palabras y las acciones de los personajes le sorprenden, le extrañan, le resultan sospechosas, le desconciertan: cree adivinar aquí y allí segundas y aun terceras intenciones, mentiras deliberadas, autoengaños inconscientes, referencias veladas a otras palabras y otras acciones, propias o ajenas… Pero en todo ello no ve solamente el genio de un autor o la complejidad de unos seres que parecen humanos. Percibe además otras voces: voces del autor en los personajes, voces de otros autores en el autor. Imágenes insólitas invaden la escena, imágenes que proceden de viejos escenarios, de otros dominios artísticos, del borroso filme mudo de la historia y del mito… y también de su propio tiempo biográfico: jirones de la infancia, deseos y temores presentes, noticias, sueños, libros, experiencias. Y todo tiene forma, color, sonido, ritmo. Y todo resuena y espeja.

También hay algo suyo en los personajes, quizás mucho, pero son como fragmentos de su ser diseminados, distorsionados, contrapuestos incluso;: su yo ilusorio y compacto se le revela múltiple, plural, inconciliable. Casi irreconocible, y la lectura le expande y le disgrega.

Y cada nueva lectura, más; pero, al mismo tiempo, en cada nueva lectura se esboza un movimiento de signo contrario: algo se reconstituye , se articula, se ordena. Emerge del caos la sombra de una forma, un sueño impreciso pero más y más consistente, com el plano cifrado de un nuevo microcosmos que reclama su espacio y su tiempo, su materia, sus leyes.

De esa necesidad, de ese reclamo agudo del ser disgregado, efervescente, felizmente perdido en la escena imaginaria, de ese afán por alcanzar la contingencia que simula lo real, nace la vocación —llamada, sí— de poner en escena. Y culmina cuando, además, este microcosmos quiere ser compartido, confrontado, puesto a prueba como dispositivo de encuentro e interacción con ese Otro concreto y abstracto que es el público. Deseo el lector totalitario, pasión de demiurgo vulnerable: “director teatral”, por mal nombre.