Uno, a veces, se encuentra con compañeros de oficio o de vicio, teatreros, en fin, o gente aficionada al teatro, lo que sea, del resto de España. Sobre todo de Madrid, pero ya no digamos de cualquier otra parte. Y siente, apenas la conversación entra en los raíles del tema, inevitable en colegas de oficio -o de vicio-, del teatro, digo que siente una inquietud progresiva, una incomodidad creciente. Cataluña, si da uno crédito a sus oídos, es el paraíso. El paraíso teatral, claro. Ese público inquieto y magnifico que al parecer tenemos, esas compañías que inventaron la modernidad y sobreviven a ella, esos circuitos, esa abertura a Europa, y dale que te pego. Trata uno desesperadamente de recordar que ese público será, tal vez, magnífico, pero que es tan escaso que no permite a la profesión una supervivencia digna, y que, para postre, ese magnifico público mengua año tras año; trata uno de argumentar que alguna de las míticas compañías ha superado el cuarto de siglo de existencia y se le notan las arrugas, que no aparecen por ninguna parte sus sucesores; trata uno de decir que los circuitos se llenan a golpe de comercialidad y a redoble de mediocridad, trata uno de argüir que los Pirineos siguen existiendo, altísimos. Pero pronto se percata uno de que la conversación no funciona, de que, como siempre, pesa más el prejuicio que el juicio, el tópico que la realidad. Entonces uno sonríe, endereza la espalda, trata de adoptar unos aires inequívocamente europeos, suelta un “psé, se va tirando”, por la comisura del labio. Abre uno las vocales, exagera el acento catalán. Y el interlocutor remata: “ves como tengo razón”, y nos empieza a poner el hombro perdido de lágrimas, llorando sus desgracias. En fin. Uno lo ve así, poco más o menos.

Y lo bueno -o lo malo- del caso, es que últimamente se añaden más elementos al discurso. Referidos ahora a la dramaturgia, a la escritura teatral. Parece ser que también en este campo se nos abre el cielo. Que también en este campo Cataluña es Canaan, la tierra prometida, la cálida California de la escritura del futuro. Zarandajas. Pues no.

Hace bien poco tiempo, pongamos cinco años, los escasísimos dramaturgos catalanes en activo se lamentaban con cronométrica regularidad de la poca atención que les prestaba el teatro del país. El que dependía directamente de las instituciones públicas no les hacía ni repajolero caso, no les incluía en sus programaciones ni por equivocación. Los grupos más modestos, necesitados de sastrería a medida, recurrían a veces al trabajo de los dramaturgos, pero no recogían su labor más personal, de gabinete. Toda una generación que trabajó hombro con hombro con los esfuerzos renovadores del teatro independiente se encontraba de repente huérfana y sin arrimo (véase el artículo de Jaume Melendres, que muy elegantemente se ahorra la lágrima o la pataleta y ni siquiera menciona esta situación). Los poquísimos premios que conllevaban un compromiso de montaje y estreno incumplían sistemáticamente tal compromiso. ¿Cómo iba a encontrar sucesores la “generación de los premios Sagarra”? ¿Para qué iba nadie a malgastar tiempo y esfuerzos en escribir para el teatro? Los últimos cordeles que unían el oficio del papel y el de las tablas se iban deshilachando sin remedio, con ellos se rompía la tradición, desaparecía el futuro, se iba todo a la mismísima porra.

Los argumentos acerca de la crisis del teatro de texto, como gran concepto que englobaba la mínima anécdota del genocidio de los dramaturgos locales, ya no se los creía nadie. No los podía creer nadie porque el ochenta, el noventa por ciento del teatro que pese a todo subía al escenario, era teatro de texto. Pero de “otros” textos. Textos de autores clásicos, textos de contemporáneos extranjeros con pedigree, textos “puzzle”, trabajos de “recorto y pego” adaptados a las necesidades concretas de un grupo modesto. Y los escritores teatrales se reciclaban precipitadamente como traductores, adaptadores, artesanos de las tijeras y el pegamento. En cierta medida era una especie de suicidio alegre, o cuando menos resignado, porque parecía que éste era el precio que había que pagar para ponerse a tono con la cultura europea. Y si los ganaderos del Pirineo tenían que ordeñar a sus vacas directamente en los desagües, o comérselas para pasar el invierno, ¿de qué iba uno a quejarse? ¿Con qué autoridad moral? Además, Europa, la princesa deseada, también vivía una crisis de dramaturgia. ¿O no leíamos eso en las revistas? ¿Así pues?

Releo las últimas parrafadas y me pregunto, sinceramente, por qué he situado este panorama un lustro atrás, por qué he escrito en pretérito imperfecto. La verdad es que, con mínimas salvedades, con algunas inquietantes añadiduras, podría haberlo hecho perfectamente en presente. Claro está que se puede exagerar la importancia de las mínimas salvedades —es decir, se puede hinchar el perro—, claro está que se pueden pasar por alto las añadiduras inquietantes, y dibujar así, con cuatro trazos, un presente esperanzador, abierto a la escritura contemporánea, con un horizonte tras el que apuntan un puñado de estrellas nuevas presididas por el brillo modernísimo de Sergi Belbel. Yo mismo, algún día en que me sentía harto de mi propio pesimismo, he contribuido al equívoco y he publicado en la prensa artículos rimbombantes acerca del renacimiento de los autores teatrales. Claro está que este mismo número de la revista Pausa, en la medida en que habla de la “dramaturgia catalana contemporánea” como si se tratara de un objeto de dimensiones apreciables y formas precisas, puede contribuir perfectamente al engaño. Pues no. No se haga ilusiones el lector. No ceda a fáciles euforias o depresiones comparativas, en el monte de Cataluña hay muy poco orégano, y lo único que dibuja con precisión el presente del teatro catalán es la extremada fragilidad de su futuro.

Atendamos, por ejemplo, a uno de los tópicos que últimamente saltan a la conversación cuando se compara lo que se está escribiendo para el teatro en, para simplificar, Barcelona y Madrid. He escuchado repetidamente una opinión que se podría resumir así: “en Madrid, cuando no hacen neosainete, los escritores se limitan a un mimetismo mal digerido de la moda europea (léase Koltés, Bernhard, Botho Strauss) o americana (Shepard, Mamet) del momento, en Barcelona, en cambio, están apareciendo novedades con personalidad propia”. Si tratáramos de vestir esta opinión con nombres y ejemplos se vería fácilmente que no se sostiene en pie. De todos modos, aceptando lo que de veraz tiene el refrán “cuando el río suena…”, aceptemos el tópico como portador de algún tipo de constatación de la realidad. Entonces tal vez observemos que la realidad que vehicula el tópico es muy distinta a su expresión. Si en Madrid abunda más el neosainete -porque en Barcelona también hay quien lo practica- es porque el éxito de Alonso de Santos ha demostrado su viabilidad comercial, y porque en Madrid existe todavía una estructura comercial suficiente para sostener otros posibles éxitos. En Barcelona tal estructura no existe. Y en cuanto a la escritura que mimetiza una cierta modernidad, no veo tantas diferencias entre Madrid y Barcelona. Y en cualquier caso no me preocupa tanto este supuesto mimetismo como otras características de tal escritura. La simplificación estructural, por ejemplo, la desaparición del conflicto, como señala con mucho acierto Melendres en su artículo, parecen rasgos más pertinentes. La casi inexistencia de un público para este teatro tampoco es un rasgo menor. Y tal vez lo que sugieren estos rasgos es una profunda desconfianza en el teatro, en su presente y en su futuro. Sobre todo en Barcelona. Cosa que no es de sorprender en una aglomeración de tres millones de habitantes cuyas salas de teatro se pueden contar con los dedos de ambas manos, sin ninguna compañía estable de repertorio, sin casi teatro comercial. La verdad es que al conjunto de la sociedad el teatro le sigue importando un pimiento.

La pléyade de las estrellas del futuro se levanta sobre un horizonte desierto. Hay serias sospechas de que, tras tantos años de constante gimoteo de crisis dramática, vamos a poder asistir finalmente a la muerte del teatro. Acaso sea uno de los espectáculos que nos reserva este fin de siglo.