“…Para mí la poesía no ha sido
un propósito, sino una pasión…”
E. A. Poe

 

¿Coincide esto último con su poética explícita? Dando por sentada su condición de poeta, el hombre que nos narra como compuso El cuervo partía de la intención de componerlo, es decir, del propósito de escribir un poema que lograra tales y cuales efectos. Pero en el prólogo al libro donde figura el mismo poema va a decirnos que la poesía no ha sido su propósito, sino su pasión. ¿Habría que distinguir aquí entre la poesía que es una pasión y el poema que es un propósito? No parece posible ni coherente. Y, además, esas palabras iluminan de rebote un párrafo de la Filosofía de la composición que podía pasar inadvertido: “Dejemos de lado, como ajena al poema per se, la circunstancia -o, la necesidad- que en primer término hizo nacer la intención de escribir un poema, etc.” Pasión y necesidad de poesía; frente a estos términos la intención instrumental del poema retrocede a un valor meramente técnico. La poesía es una urgencia y su satisfacción se alcanza cumpliendo ciertas formalidades, adoptando ciertos procedimientos. Pero la noción de “poema en frío”, que parecía nacer del texto de la Filosofía de la composición, se ve sensiblemente disminuida. A la luz de esta admisión de un ímpetu poético que tiene toda la violencia del que reconocían los románticos, El cuervo debe ser revalorado. No hay duda de que en este poema hay mucho de excesivamente fabricado, tendiente a lograr un profundo efecto general por medio de la sabia gradación de efectos parciales, de preparación psicológica, de encantamiento musical. En este sentido, el relato que nos hace Poe de cómo lo escribió parece corroborado por los resultados. Se sabe, sin embargo, que la verdad es otra: El cuervo no nació de un plan infaliblemente preconcebido, sino de una serie de estados sucesivos (y obsesivos, pues Poe vivió varios alias hostigado por el tema -nacido de su lectura de Barnaby Rudge, de Dickens-, probándolo en distintos planos, acercándose de a poco a la versión final), estados que se desalojaban o perfeccionaban mutuamente hasta alcanzar ese texto donde la tarea de poner y quitar palabras, pesar cuidadosamente cada ritmo, equilibrar las masas, alcanza una perfección menos arquitectónica que mecánica. Este cuervo es un poco como el ruiseñor del emperador de la China; es, literalmente, una “creación rítmica de la belleza”; pero una belleza fría, una magia elaborada por los conjuros impecables del gran mago, un estremecimiento sobrenatural que recuerda el vaivén de la mesa de tres patas. No se trata de negar estas evidencias. Pero sí es lícito sospechar, a la luz de un análisis global de impulsos y propósitos, que la relojería de El cuervo nace de la pasión más que de la razón, y que, como en todo poeta, la inteligencia es allí auxiliar de lo otro, de eso que “se agita en las profundidades”, como lo sintió Rimbaud.